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El pasado sábado, 23 de septiembre, ha fallecido nuestro querido amigo el historiador, periodista y profesor Jesús Gutiérrez Flores.  Expresar la tristeza que nos produce este hecho (como siempre que se nos marcha para siempre un familiar o un amigo cercano) no resulta fácil hacerlo en este breve  escrito.

Jesús se encontraba estos días en plena campaña de presentación de su último libro, centrado en uno de los temas a los que dedicó con pasión gran parte de su vida como investigador: la Guerra Civil española.

Para este blog, podría decir que, de alguna manera, fue un colaborador más, gracias a todas las informaciones que nos regaló y por atender tan amablemente las solicitudes que se le hicieron desde él.

A Jesús tuve la fortuna de conocerlo hace unos nueve años, y, si no recuerdo mal, la primera vez que nos encontramos -por mediación de nuestro amigo común Antonio Martín- fue en la ya desaparecida cafetería Lisboa de El Sardinero. Puedo decir que desde el primer momento empaticé con él.

De Jesús siempre me quedará en el recuerdo la imagen de una “buena persona en el sentido machadiano de la expresión”, de un hombre educado y de amena y alegre conversación, de un compañero de viaje en el sentido estricto de la palabra, y de un hombre volcado en sus investigaciones, alguien que siempre que pudo ayudó a todo aquel que le pedía algún dato sobre familiares desaparecidos en la guerra.  Permanecen ahora su obra y su recuerdo.

De él siempre he aprendido, y a él le he querido con un cariño especial.

Se ha marchado un amigo. Desde aquí solo me queda enviarles un abrazo y darles mucho ánimo a todos sus familiares.

Siempre te recordaré, Jesús.

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‌Una de las manifestaciones de la romanización en Cantabria, tras su conquista, fue la difusión de un nuevo urbanismo que incluía, entre otras cosas, edificios con tejados de teja. Hasta entonces las construcciones se cubrían con elementos vegetales y pieles curtidas, en ocasiones reforzados por manteado de barro.

tejado-barcelonaEl tejado romano constaba de dos tipos de tejas: la tegula plana, de, al menos, 40 x 30 cm, caracterizada por dos rebordes laterales salientes, y el imbrex semicircular, el cual se disponía sobre la intersección de dos tégulas para evitar que se filtrase la lluvia. La teja medieval y posteriores seguirán el modelo del imbrex romano, si bien, normalmente, de factura más pequeña y sin decoración de digitaciones o sellos, que a veces llevaban en época romana para marcar el taller. En cambio, la tégula plana con reborde saliente es típica romana, por lo que cuando aparece no hay duda de su cronología.

Las tégulas se usan preferentemente para techar un edificio, aunque también se han constatado más usos. De este modo, se han descubierto tumbas cubiertas a base de tegulae, especialmente en inhumaciones cristianas desde el siglo IV (en Cantabria no se han encontrado tumbas altomedievales completamente cubiertas, sino solo en parte con imbrices o usándolos como almohada u orejeras del muerto, en Maliaño, Santa María de Hito y Camesa) o desagües hechos a base de imbrices (en espacios termales de Maliaño y Camesa, por ejemplo). Así mismo, los romanos usaban fragmentos de teja para mezclarlos con mortero y construir muros y suelos.Techar un tejado con estas piezas de barro cocido suponía un gran peso, ya que al menos miden 2 cm de grosor. Para un edificio de 180 m2 de planta, M. L. Ramos calcula más de 2.500 tejas y  14 toneladas de peso. Esto implica que los muros, vigas y soportes interiores tenían que ser bastantes más sólidos que en los casos en que se cubría con elementos vegetales. De hecho, no todos los edificios de una ciudad romana se cubrían con teja, como se aprecia claramente en Julióbriga. Por eso, cuando se techa con estas piezas de barro cocido se trata en todos los casos de edificios romanos importantes.

 

Tejas romanas en Cantabria se han descubierto en:

a) Yacimientos romanos urbanos:

– Maliaño: más de un millar de fragmentos de tegulae (c. 700) e imbrices (c. 900) cubrían unas termas y una casa, cuyo tejado apareció desplomado en el suelo.

Castro Urdiales-Flavióbriga: más de 200 fragmentos de tegulae y 235 imbrices, que son bastantes, teniendo en cuenta lo escaso de la excavación: apenas una insula y un espacio termal.

Retortillo-Julióbriga: muy pocas tejas (4 tegulae y 24 imbrices), lo que implicaría que la mayoría de las edificaciones (más de 10 casas excavadas) estaba techada con elementos vegetales, incluido el foro, pese a la reconstrucción de la domus-museo (más propia de una casa pompeyana o emeritense).

Camesa-Rebolledo: 8 tegulae y 125 imbrices, muchos de ellos usados como elementos constructivos en El Conventón: 14 ímbrices completos se han recuperado en la atarjea, y hay bastantes trozos unidos con mortero para hacer los muros de tapial, por lo que es posible que en este yacimiento del interior no se usara la teja como elemento de cubrición (pero también es cierto que la zona termal fue entera desmontada y no se conservan in situ ningún ladrillo de suspensurae que sin duda tuvo que haber). Disponían de tejado de teja un edificio al Noroeste de El Conventón y, seguramente, en la zona de La Cueva, donde son numerosos los fragmentos de teja romana esparcidos por el suelo. En tumbas visigodas-altomedievales de niños se han recuperado tejas curvas como tapa y almohada.

b) Villae o edificios romanos aislados, ya sea en ambientes rurales o portuarios:

La Magdalena: una quincena de fragmentos de tegulae pertenecientes a una villa altoimperial no exmagdalenacavada bajo el Tenis y el Balneario  (y en la torre que estaría ubicada en el actual recinto de los patos aparecieron tejas curvas, acaso  imbrices). Pese a no estar excavada, la existencia de un edificio romano importante es indudable por los restos de un mosaico, toscos pedestales, muros de mampostería, ladrillos circulares de un espacio termal y abundante cerámica sigillata sudgálica e hispánica.

Catedral de Santander: fragmentos de tejas romanas en termas bajoimperiales. No son muchas, pero es que sobre ellas se asentó la iglesia medieval, que destruyó las termas.

Santa María de Hito: numerosas tejas, algunas con marcas, se recuperaron en esta villa bajoimperial. Algunas se reusaron en las tumbas visigodas-altomedievales como almohadas y orejeras para el cráneo de muertos, al igual que en otras necrópolis de la época (Maliaño y Camesa).

c) Yacimientos sin construcciones descubiertas (sin muros), pero que por la cantidad de fragmentos de tejas halladas debieron contar con edificios romanos  de entidad:

San Bartolomé de Elechas: alrededor de un centenar de tegulae e imbrices fueron recogidos en la línea de costa, prueba de que era un embarcadero romano que contaba con, al menos, un edificio importante.

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En pequeña isla de La Campanuca se han descubierto al menos cinco fragmentos de tegulae e imbrices, así como varios ladrillos romanos, que acaso se correspondan a la construcción de la cercana Elechas y que hayan sido arrastrados por el mar. Del mismo modo, en Gajano y Galizano se mencionan posibles tejas romanas, pero seguramente sean materiales intrusivos, traídos por el mar desde el yacimiento cercano de Elechas.

Sta María de Santoña: más de 20 tegulae y de 20 imbrices, así como otros restos de material constructivo (ladrillos, clavos) y numerosas cerámicas. Teniendo en cuenta lo escaso del terreno excavado, las tejas son indicativas de la existencia, al igual que en Elechas, de un puerto con edificaciones romanas de buena factura.

Huerta de Quintana (Suances): numerosas tejas romanas se observan formando parte del muro actual junto a la iglesia, por lo que debieron ser reaprovechadas de un edificio ignoto romano cercano.

Maoño: recientemente ha aparecido un depósito con un buen número de tegulae y algún imbrex.

Alto del Gurugú (Guarnizo): solo se han recuperado en una intervención de urgencia una tegula y un imbrex decorado, pero, asimismo, un inequívoco ladrillo termal. Además, en foto aérea se ve una construcción absidiada típica de las termas romanas. Con estos hallazgos seguramente se pueden relacionar también la tegula y el ladrillo romanos recogidos en el cercano barrio del Infierno en Guarnizo.

d) Castella o estructuras defensivas romanas en acrópolis o junto a oppida prerromanos del interior, conquistados en las Guerras Cántabras, por lo que acaso los escasos fragmentos de teja hallados en ellos respondan a elementos constructivos del muro y no siempre a tejados:

Peña Amaya: M. Cisneros refiere el descubrimiento de numerosos fragmentos de tejas romanas en la acrópolis.

Monte Bernorio: una quincena de tegulae.

-Mave: 10 tegulae y 14 imbrices, según M. L. Ramos.

Pico del Oro (San Felices de Buelna): para M. Serna las tejas halladas en el Pico del Oro indicarían que el castellum estaba techado con estos elementos de barro.

Pico Jano (Vega de Liébana): un solo fragmento de teja que revela para los investigadores que en este caso la techumbre del castellum sería vegetal.

-Monte Cildá: 2 tegulae y 55 imbrices que pudieran ser elementos aprovechados en la construcción bajoimperial de la muralla para defenderse de las incursiones bárbaras.

e) Hallazgos aislados, sin vinculación clara con un yacimiento romano de entidad:

Comillas: una tegula completa de 49 x 30 x 3,2 cm, seguramente traída por el Marqués de sus excavaciones en otros yacimientos romanos.

Calle Gándara (Santander): se mencionan fragmentos tejas junto al hallazgo de la terracota de Baco, pero aquellos, a diferencia de esta, no se conservan en la actualidad.

Los Pandos (Vispieres): un gran fragmento de imbrex junto a otro material constructivo.

-La Isla (Colunga): C. Alvargonzález en 1903 refiere el hallazgo de tegulae e imbrices, junto a columnas de hipocausto, tubos de plomo y un mosaico.

f) Cuevas con fragmentos de una teja (ya sea tegula o imbrex):

Brujas (Suances): tres fragmentos de tegulae acompañados de cerámica sigillata tardía y un ladrillo circular, que prueban la presencia cercana de un edificio romano.

-La Clotilde (Reocín): un gran imbrex junto a sigillata.

Llogro (Puente Arce): un imbrex con decoración acanalada como los romanos.

-Villanueva (Villaescusa): fragmentos de tegula y de un posible imbrex.

-La Vallina (Porrúa): restos partidos de una tegula.

Además, el Conde Vega de Sella cita la presencia de tejas romanas en los estratos superiores de la cueva paleolítica de Cueto de la Mina (Posada), y también se han citado en la cueva de La Cuesta (Oreña), pero seguramente sean medievales.

Las tejas, debido a su peso (más de 2 kilos el imbrex más ligero, y hasta 15 kilos la tegula más pesada) y a su fragilidad (se rompen si se golpean fuerte), no se transportarían a largas distancias, sino que habría alfares locales. La Ley de Urso, de época cesariana, establecía que dichos talleres de tejas debían ubicarse a las afueras de las ciudades, dado el peligro de incendio que suponían sus hornos, que tenían que superar los 600 ºC para poder cocerlas. Por tanto, el hallazgo de tejas romanas implica la existencia de, al menos, un edificio de buena factura en las cercanías. Esto es clave para buscar nuevos asentamientos y patrones de poblamiento en la Cantabria romana, sobre todo, los hallazgos recogidos en los apartados “c”, “e” y “f”.

 

Dedicado a Alma

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(Espacio patrocinado por sidra Strongbow.)

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¿Quién sabe dónde estará hoy Richie?

En la última etapa de la Celtic´s Tavern de Santander conocí a Richie. Esa última etapa sería, para mí, la comprendida entre los años 2007 y 2009, aproximadamente, cuando ya muchos de los extranjeros que solían parar ya no iban y cuando lo que fue el frenético ritmo de vida del local se había ralentizado hasta  convertirse en una especie de pálido reflejo de sus años de esplendor inmediatamente anteriores.

Como digo, fue en esa etapa de la Celtic´s Tavern cuando conocí a Richie, un inglés bastante convencional, con el aspecto de un gran oso pardo asilvestrado, en lo alto como en lo ancho. Llevaba muy corto su pelo castaño -casi rapado-, y su hocico estaba decorado con una perilla también castaña y bien cuidada. En ambos brazos sendos tatuajes completaban la estampa: en uno, un gran escudo del Middlesborough (su equipo de fútbol), y, en el otro, la Cruz de San Jorge (emblema de Inglaterra).

No era extraño encontrarse en ocasiones a este tipo de personajes en aquel bar, del que Richie, durante algunos meses, se convirtió en cliente habitual.

Pues bien, cierto día, al que podríamos llamar el “Día de Autos”, yo  había acudido  por la tarde-noche a la Celtic´s Tavern, y me había encontrado  allí con Esteban, un amigo argentino con el que habitualmente coincidía en ese local cierto día de la semana.

Mi amigo y yo nos situamos junto a la barra, perpendicularmente a Richie, que, cuando llegué, se encontraba cerca de la puerta.

Richie nos había llamado la atención, y sobre él conseguimos recabar del camarero algunos datos que el lector deberá tener por importantes para la adecuada comprensión de lo que viene a continuación.

  • ¡Se ha tomado ya quince pintas de sidra!, nos dijo el camarero, dejándonos a mi amigo y a mí con una evidente cara de sorpresa.

No recuerdo cómo, pero lo siguiente que sucedió fue que nuestro amigo Richie se nos unió y continuó a nuestra vera “dándole que te pego”. Mi amigo argentino se decidió al poco por pedir un Fernet, y, claro, Richie, como buen castaña inglés que era, lo quiso probar.

Hasta ahí todo marchaba bien, pero todo se empezó torcer  desde el instante en que Richie quiso continuar su particular fiesta tomándose un par de “whiskolas”, porque desde ahí se empezaron a manifestarse ciertos “efectos” que presagiaban lo peor.

Richie primero se motivó – hecho ya un auténtico Cristo, como estaba-  a echarle un pulso al compañero argentino. El inglés haría fuerza, algo de fuerza -no lo dudo-, pero ya antes de empezar el duelo parecía claro que él no iba a ser el ganador.

Las condiciones físicas, y me atrevería a decir que hasta síquicas, de Richie empeoraban por momentos, sobre todo cuando comenzó a bailar, balanceándose pa´lante y pa´trás, con cierto descontrol de sus extremidades.

Y ahí, justo en ese momento, se produjo el punto de inflexión: Richie ya no era el Richie que conocíamos; era “otra cosa”. Todos los vapores le habían subido de golpe, y, cuando me quise dar cuenta, estaba ya en caída libre de espaldas hacia el duro suelo, en todo su esplendor de oso británico, hasta terminar aterrizando.

Ayudar a levantarle me deparó una trágica visión, porque, al alzarle, apareció por sorpresa debajo de Richie una pobre chica sobre la que todo aquel mazacote se había desplomado hasta hacerla desaparecer.

RICHIE

A esas alturas la mente de Richie ya estaba ausente: lo que quedaba de su cerebro racional era tal vez un residuo que le permitía únicamente ejecutar algunos movimientos simples y emitir  escasos sonidos semi-desarticulados en una lengua que se parecía al inglés.

La situación planteada era compleja para él, por lo que decidí acompañarle entonces a buscar un taxi que lo llevase a casa, Sin embargo, esta tarea no estuvo exenta de grandes dificultades: ya nada más salir del local, Richie se lanzó a correr sin sentido  para perderse en lo profundo de la noche santanderina. Cuando por fin conseguí dar con él, lo agarré y lo conduje a una de las paradas de taxi del Paseo Pereda, donde, por fortuna,  había alguno que estaba disponible.

Pero los problemas fueron en aumento. Yo mismo abrí la puerta del taxi, metí dentro al inglés como buenamente pude y le pregunté a Richie por la dirección a la que debían llevarle. Traté realizar esta operación con un poco de celeridad, para que el conductor no se diese cuenta del lamentable estado en que se encontraba. Pero cometí, al tiempo, un error estratégico al decirle al taxista que lo llevase a casa porque “mi amigo no se encuentra bien”. Entonces, Richie balbució algo (¿quizá la dirección de su casa?), y ahí el taxista, que se dio cuenta del percal, reaccionó…

  • ¡No le llevo! ¡Dile que no le llevo!, dijo el taxista.

NO tuve más remedio que traducirle aquellas indicaciones al pasajero, que, totalmente ebrio, no parecía estar dispuesto a hacer caso, y se mantenía sin levantarse del asiento, manifestando así que quería que le llevasen.

En ese momento, el taxista se volvió a dirigir a mí con mucho más énfasis -se notaba que ya empezaba a estar cabreado y, diría, hasta temeroso de la situación-.

  • ¡¡¡Que no le llevo!!! ¡¡¡Dile que no llevo, mecagüendiós!!! ¡¡¡Que no le llevo!!!

Y Richie permanecía allí apoltronado, sin hacer ademán de salir.

  • ¡¡¡¡¡Que no te llevo, mecagüendiós!!!!! ¡¡¡¡¡Que no te llevo!!!!! ¡¡¡¡¡Que se baje!!!!!

Aquello tenía toda la pinta de que iba prolongarse, pero, de pronto, el taxista abrió su puerta, salió del coche y se dirigió a la puerta trasera, la abrió y le invitó de salir.

Yo trataba mientras de convencer al inglés, hasta que, al final, pareció entender que ese taxi no iba a salir para ningún lado y se bajó del coche. A continuación se encaró con el taxista, y pude distinguir en su balbucir algunas palabras malsonantes en inglés y una actitud por su parte ya bastante agresiva. El taxista, por su parte, regresó al coche, cerró la puerta y se marchó.

RICHIE 2

Le dije entonces a Richie que deberíamos buscar otro taxi. Pero, de nuevo, Richie volvió a escaparse corriendo por las calles de Santander, y yo salí detrás de él. No recuerdo exactamente el recorrido que hicimos en esa “persecución”, pero nunca olvidaré verle delante de mí, desplazándose como un enorme orangután que acabara de escaparse de un zoológico. Y recuerdo también que finalmente terminamos en otro local, hoy desaparecido: La Taberna del Duende Zahorí. Richie entró en ella, se desplomó hasta conseguir sentarse en un banco que había en el lateral derecho. Y, pese a que sus ojos estaban casi cerrados, desde su posición sedente comenzó ahora a mover sus brazos y sus manos intentando alcanzar alguno de los culos de las chicas que se encontraban a su alrededor.

En defensa de las chicas -bastante mosqueadas- acudieron entonces los que supongo que eran sus maromos, que estaban todavía más mosqueados si cabe, y fue uno de ellos el que se encaró con Richie, que, aunque sentado y sosegado en ese instante, al ver que alguien se le ponía delante y le increpaba, se levantó de pronto como un resorte, para cargar a continuación su brazo. Richie iba a comenzar a repartir. Yo intenté poner freno a aquel asunto que se estaba descontrolando por segundo. Me preguntaron si era mi amigo, y yo me disculpé en nombre del inglés por lo sucedido, lo cogí del brazo y lo saqué de allí.

Y entonces, y ya por tercera vez, Richie volvió a lanzarse a correr, sin rumbo aparente, por las calles de Santander, y fue ahí cuando perdí ya toda esperanza.

Hasta aquí el relato comprende lo que yo mismo viví en primera persona; sin embargo, lo que viene a partir de aquí, el final de la historia, me contaron otros testigos, y yo ya no lo presencié.

Estos testigos, absolutamente fidedignos, me dijeron que Richie volvió a la Celtic´s Tavern, se metió al baño (donde, lógicamente, debió de potarlo todo), y se tumbó en el suelo del local, y sobre el mismo se quedó dormido.

Cuando echaron el cierre, RIchie todavía permanecía allí tendido. Pero llegó la hora despertarlo, y los encargados del bar procedieron a ello frotándole unos hielos por la cara. Al “recuperar la conciencia”, continuó balbuciendo, y, cuando se procedió a preguntarle por la dirección de su casa para que lo llevase un taxi (aquí se puede apreciar cómo la historia el tiene cierto carácter circular), él solo atinó a sacar una tarjeta de alguno de sus bolsillos en la que se leía “NORWAY” (Noruega).

A Richie creo que solo volví a verlo una vez más. Le pregunté cómo estaba después de lo acontecido, pero se limitó a decirme que estaba bien.

Tal vez para él todo aquello fue, simplemente, una borrachera más de las muchas que se pillaba.

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Vaya por delante que no soy seguidor de Enrique Iglesias. Sí conozco algunas de sus canciones y, bueno, ni me van ni me vienen demasiado pero, en cualquier caso, acudí al único concierto que el “cantante” daba en 2017 en España, en los Campos de Sport del Sardinero de Santander.

Añadiré también que soy de los que en su día escucharon aquellas grabaciones salidas a la luz pública en las que Enrique Iglesias cantaba algunos de sus propios temas  a base de auténticos berridos de cabra. Además, ya había oído a algún  tertuliano de televisión decir que, como cantante, “era lo que era,” y hasta el comentario de su hermano Julio José (el de “Me encanta la velocidad”) en que decía -eso sí, cariñosamente- que su hermano era un “sinvergüenza”.

Con todo esto quiero señalar que al ir a su concierto en Santander ya “sabía a lo que iba”, pero no puedo dejar de hacer algunos comentarios y reflexiones al respecto.

Lo primero es que Enrique Iglesias va acompañado en sus actuaciones de un equipo de cantantes, músicos y técnicos de primer nivel y que le permiten convertir el evento en un gran espectáculo de sonido, luces, pantallas y hasta pirotecnia. Lo segundo es dejar constancia de que Enrique Iglesias no sabe cantar o que, si sabe, directamente, no canta: en sus canciones no termina las pocas frases que empieza, no consigue hilvanar en un todo coherente la letra; no llega a las partes altas y, con toda tranquilidad, pasa habitualmente el micrófono al público durante gran parte de la canción mientras “su voz” la ponen los cantantes profesionales que lo acompañan, o bien va incluida en los pregrabados (muchas canciones sonaban como si estuviesen poniendo un disco).

Y mientras esto sucede, Enrique Iglesias se dedica únicamente a poner caras de chulito-panoli con la boca entreabierta, a dar carreras por el escenario, a chocar las manos con músicos y público y -en lo que aparenta ser casi una experiencia religiosa- a hacer auténticos “cristos” con los brazos extendidos.

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Evidentemente, todo ello no pasó desapercibido para una parte del público, que ya, al poco de iniciado el concierto, pronunciaba la palabra “tongo” y, algo después, un “manos arriba, que esto es un atraco” salía de las mismas gradas. Lógico, porque, como digo, mucha gente esperaba verle cantar -bien o mal, pero cantar-, y el supuesto artista no cantaba prácticamente nada.

En el concierto, Enrique Iglesias tardó en saludar, habló poco (aunque, para lo que dijo, casi que mejor), y, tras aproximadamente una hora y media de actuación, se fue sin despedirse. Ni bises, ni puñetas.

Su salida del escenario -mientras se ponían azules las pantallas y sonaba el What a wonderful world, de Louis Armstrong- fue interpretado por el público como el inicio de un descanso, y se esperaba que Enrique Iglesias y los suyos volvieran a salir para algunos temas más…; pero eso nunca sucedió. Tras varios minutos, y viendo que los técnicos  empezaban a desmontar el escenario, la gente se fue percatando de que el espectáculo no iba a continuar, y fue entonces cuando la mayor parte del estadio comenzó a corear el ya mencionado “manos arriba, que esto es un atraco”. Supongo que el hijo de Julio escucharía las protestas desde su camerino, pero ya no volvió a hacer acto de presencia.

Al parecer, en el repertorio de la noche estaba incluida una canción más, una que, como digo, no se llegó a tocar. Pero, en todo caso, creo que es más que razonable, y más si las entradas son caras, que el público exija en los conciertos de los “artistas” reconocidos, al menos, un par de horas de actuación, y que los artistas se despidan como corresponde. Había allí unos 25.000 espectadores venidos, incluso, desde lejos para ver al “cantante” en el único concierto que daba en España.

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La cara alucinada de una señora francesa sentada entre el público cerca de mí, y que había venido  desde su país para ver el concierto, resumía el sentir de muchos. La mujer, extrañada,  me preguntaba si se había acabado ya y, tras confirmarle que así era, señaló que lo que le parecía peor de todo es que ni siquiera se hubiese despedido. No podía dejar de comparar el evento con un concierto de Madonna al que había asistido y del que decía que había durado tres horas. Esta francesa había pagado 250 euros por las entradas de Enrique Iglesias.

A la salida del estadio pude comprobar cómo esa sensación de desazón o hasta de extrañeza por lo ocurrido era compartida por muchos, y había, incluso, hasta quienes se quejaban amargamente.

Conclusión: Enrique Iglesias no sabe, no quiere, no puede -o las tres cosas al tiempo- cantar. Es, en realidad, una marca registrada que ha tenido la fortuna de poderse rodear de unos profesionales (asesores, productores, técnicos, músicos…) de primera  categoría, y son ellos los que hacen realmente todo el trabajo, porque él, básicamente, sólo pone “la cara”. Eso sí: la fórmula le ha hecho multimillonario. Pero él, en lo musical, vale bien poco. Es un puro humo que engancha a muchos y que con frecuencia toma la forma de la canción del verano.

P. D.: Algunos de los comentarios que pueden leerse hoy en Internet a raíz de la noticia del concierto no tienen desperdicio.

Estimados lectores de “Mi Rincón de la Bahía”, es un placer retornar al blog para transmitirles una buena noticia referente al trabajo de un buen amigo.

Han sido varios los meses de ausencia bloguera tras “recoger las velas de este impredecible barco” que, pese a todo, siguió flotando sin rumbo fijo por los océanos internáuticos. Y, como digo, da gusto volver así, con la última publicación de nuestro querido amigo el historiador Jesús Gutiérrez Flores: Vida y muerte en Reinosa y Campoo durante la Guerra Civil y la posguerra (1936-1950), editada por la Asociación de Investigadores e Historiadores de la Guerra Civil y el Franquismo, y que está disponible en Estvdio y en librerías de Reinosa.

Jesús en Parador de Lerma

De la labor investigadora de su autor ya hablamos en este blog en numerosas ocasiones. Jesús Gutiérrez Flores es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Cantabria. Lleva 30 años dedicado a la investigación de la Guerra Civil en Cantabria y provincias colindantes de Castilla-León, habiendo publicado varios libros monográficos y numerosos artículos: Crónicas de la Segunda República y de la Guerra Civil en Reinosa y Campoo (1993); Guerra Civil en una comarca de Cantabria: Campoo (2000); Guerra Civil en Cantabria y pueblos de Castilla (2006); La Represión del Magisterio en Palencia (2010); y, en colaboración con Enrique Gudín, Cuatro derroteros militares de la guerra civil en Cantabria (2005); y, con Enrique Gudín, Fernando Obregón y Enrique Menéndez, Entre la espada y la pared. La represión del profesorado cántabro (2011). Además, está a punto de sacar a la luz otro título, con resonancias parecidas al que aquí reseñamos, para las comarcas limítrofes con Cantabria: Vida y muerte en la comarca minera de Palencia y Norte de Burgos (1936-1950).

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La publicación que ahora nos ocupa, Vida y muerte en Reinosa y Campoo en guerra civil y posguerra (1936-1950), es un laborioso estudio centrado en un área concreta: la comarca de Campoo, a la que el autor ha dedicado ya otras dos publicaciones agotadas: Crónicas de la Segunda República y de la Guerra Civil en Reinosa y Campoo, y Guerra Civil en una comarca de Cantabria: Campoo. Así, su última obra se trataría de una tercera edición que sigue a las dos anteriores, enriquecida con nuevos datos y menos inhibiciones que las que existían entonces (en un momento que la Guerra Civil era todavía a esas alturas un tema tabú no ya en el ambiente local, sino también regional).

 

A Jesús Gutiérrez Flores le unen lazos familiares y de amistad con la comarca de Campoo, y es por ello, por ser el espacio físico y humano que conocía desde dentro, por lo que se ha permitido la confianza de escribir sobre esta región y acerca de un tema difícil y delicado, teniendo siempre en cuenta que la dinámica, el análisis y las causas de la violencia bien pudieran ser los de cualquier otro pueblo, comarca, región o, incluso, los de la totalidad de España.

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Es también un ejemplo de microhistoria, porque en el interior de un tejido social delimitado por unas costumbres y tradiciones propias, por una proximidad espacial y espiritual, surgen tensiones que derivan en hechos de violencia.

La publicación combina el tratamiento científico del tema con la anécdota significativa de los hechos, explica las motivaciones de la gente para militar en una de las dos Españas y nos recuerda la vida cotidiana de los diferentes municipios de Campoo desde los años 30 a los 50, intercalando los datos fríos de la Historia con la humanidad del relato, en un texto ameno y de fácil lectura.

Además de la lista de víctimas de la retaguardia, se añaden las que murieron en combate por ambos bandos. Ponemos así nombre a todos los que dieron su vida por las terribles circunstancias de la guerra. Para ello, junto a la bibliografía ya existente, el autor ha utilizado los testimonios de testigos y de familiares de víctimas (cuya lista se reproduce al final de la obra), a los que el autor reconoce su dedicación, sus aportaciones y su esfuerzo a la hora de rememorar recuerdos que, en muchas ocasiones, son dolorosos.

La obra reproduce, además, algunos párrafos significativos de las memorias de José Sainz González (“Pepe el Policía”) publicadas por sus hijos Bernabé e Ignacio, a los que el autor tuvo el placer de conocer y a los que agradece los testimonios sobre los episodios vividos por su padre en la guerra y posguerra, en que desempeñó altos cargos como policía.

Recoge también las vivencias de otros testigos sufrientes de esa época tan trágica, como las de Arturo Alonso Palacios. Sobre este caso y otros, nos dice Gutiérrez Flores: ” Un día recibo inesperadamente en mi casa un CD que contenía la narración escrita de todas las vicisitudes que sufrió la familia de este hombre, cuyo padre murió en la cárcel de Oviedo, tras perderle la pista en Infiesto cuando todos huían hacia Asturias. Ahí no acabaron las cosas. La abuela desapareció en la huida desde Lérida a tierras francesas. Cuando volvieron desde Gerona a Reinosa se encontraron con la casa ocupada en una noche nevada de invierno, cerrándose así el círculo del horror. También tuve el honor de conocer a otro hijo de un vecino de Reinosa muerto en el bombardeo de Revillagigedo en Gijón, de nombre Julio, delineante en la fábrica `La Naval´. Con lágrimas en los ojos me contó su trayectoria en el Franquismo por ser hijo de `rojo´. Se llama Julio Bárcena Postigo, y me hizo llegar sus memorias para que yo dispusiera de ellas como creyera conveniente. Mi ilusión habría sido que hubieran visto la luz en una publicación, algo que me ha resultado obstinadamente imposible. Julio escribió en 2006 Consecuencias de una guerra estúpida. Huérfano para toda la vida, y el título ya refleja el cúmulo de penalidades que le tocó vivir y que hoy pueden parecer inimaginables”.

Desde el lado de la represión que sufrieron los derechistas por parte de los republicanos, el libro incluye las memorias de Jesús de Hoyos, contándonos sus experiencias traumáticas en la localidad palentina de Villanueva de Henares cuando era un niño y vio cómo sacaban de su casa y mataban a su abuelo.

Y es que, según Gutiérrez Flores, “no podía dejar de reflejar algunos párrafos de estas memorias vividas desde ángulos diferentes”.

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Para la realización de la obra, la recogida de datos se completó con la inmersión en los Archivos de Ferrol, Salamanca y de Alcalá de Henares; registros civiles, y libros de actas de los diferentes ayuntamientos. Se incluyen también las operaciones militares en los frentes, que regaron con sangre las tierras de estas comarcas, cuyos habitantes jamás pensaron en una guerra hasta que no la vivieron.

Fotografía antigua: 1937- GUERRA CIVIL ESPAÑA. FRANCO EN REINOSA.SANTANDER.GENERAL DÁVILA. FOTO ORIGINAL. 21,5x16,5 cm - Foto 1 - 30163637

Un trauma que sumergió a España en una dolorosa y larga convalecencia durante los años posteriores.

Una botella de vino blanco,

dos copas de cristal sin usar,

la compañía de la luna,

y la brisa del mar.

Here I sit in silent caper

waiting for the bogroll paper.

How much more must I linger

before I have to use my finger?

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