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Archive for the ‘Cine’ Category

 

Hemos de decir que salimos algo decepcionados debido a las expectativas generadas por la anterior película.

El hecho es que las risas menguaban a medida que transcurría la película.

Al margen de la eterna polémica en la que se centra la película, que muestra las relaciones establecidas entres españoles, vascos y catalanes, su visionado nos resultó denso y soso.

Su principal virtud era obtener una risa espontánea, de la cual adolece durante la proyección, salvo en algunas escenas donde la risa resulta obligada.

La exagerada interpretación por parte del actor Karra Elejalde, basada en mostrar todos los mitos de las personas euskaldunas (utilización de palabras grotescas y verbalizadas con gritos), no permite distinguir la veracidad de dicho personaje, artificio de una elocuencia poco clara.

Los actores principales Clara Lago y Dani Rovira realizan una interpretación pobre de sus personajes, sin producir la gracia que supieron trasmitir al público durante el anterior filme. ¿Dónde está el espíritu de la primera película?

Destacar la interpretación femenina de Carmen Machi, quien, una vez más, no duda en ofrecernos parte del repertorio de interpretaciones que caracteriza a esta actriz camaleónica, de quien nos creemos que haya nacido en el País Vasco o Cataluña o en resto del Estado español, en función del acento que adopte.

En cuanto a las nuevas incorporaciones, Rosa María Sardá, interpretando a una catalana con una ideología bien parecida a la de Artur Mas, y Berto Romero, un homosexual atrapado en un cuerpo de hipster por los sueños de su abuela, cumplen su función.

Comparándola con películas españolas de reciente proyección, es mucho mejor que Rey Gitano, en cuanto al guion y escenografía.

Es indudable el valisoso patrimonio que tienen los catalanes, tanto por sus masías como el pueblo en el que se desarrolla la película.

Recomendamos verla para una tarde de domingo palomitera, aunque creo que previsiblemente será  olvidada.

Tristemente la película nos ha hecho pensar que, una vez más, el pueblo castellano vuelve a ser denostado y agacha la cerviz sin protestar. Recuperando las palabras del gran historiador y político don Claudio Sánchez Albornoz: “Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla”, que quedan reflejadas en la película cuando los actores y actrices que interpretan a vascos o catalanes no quieren “pisar” Castilla ni España.

Un saludo corazones.

[Crítica realizada por Olga y Alfonso.]

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El pasado verano cayeron muchas películas, de desigual calidad, y de las que no dejé en su momento testimonio crítico, por lo que éstas se han ido acumulando. Citaré sólo, casi a la manera de un listado y sin posibilidad ya de ser exahustivo, las que recuerdo.

Cayeron San Andrés (con “The Rock” especialista en el manejo de cualquier tipo de vehículo para poder salvar a su familia de un cataclismo sísmico que acaba con la ciudad de Los Ángeles); Asesinos inocentes (donde Cabano, el de Física y Química, tendrá que ayudar a uno de sus profesor a cometer un “suicidio”); La visita (en la que unos niños pasan un semana con sus siniestros abuelos en una casa aislada); una pésima Rey Gitano (de ella sólo destacaría la conferencia sobre drogas que imparte Manquiña y la pegadiza canción de Toni Lomba); Anacleto (comedia insulsa, basada en este personaje del cómic español interpretado para la ocasión por ¡Imanol Arias!,y que  viene con hijo incluido); Una semana en Córcega (un par de amigos acuden con sus respectivas hijas a pasar unas vacaciones a esa isla mediterránea y una de ellas se enamora del padre de la otra); y ya no me acuerdo de qué más he visto, pero ha sido bastante.

Dicho esto, voy a retomar esta sección de crítica cinematográfica con la segunda parte de El corredor del laberinto, titulada en este caso Las pruebas. Hay que recordar que en la anterior entrega los protagonistas, que habían conseguido salir del laberinto, eran rescatados y trasladados a unas supuestas instalaciones de seguridad. Ahora, en este segundo capítulo los supervivientes, dirigidos por Thomas, terminan por darse cuenta de que esa pretendida seguridad encubre un asunto muy turbio. Los jóvenes consiguen escapar y partir de ahí todo deriva hacia una película de zombies en la que los chicos, perseguidos por los malos, tienen la clave para sacar a la Humanidad de una epidemia.

Película curiosa, especialmente en el principio, el final termina derivando hacia lo convencional. Habrá que ver qué nos depara la tercera entrega.

Everest, basada en una historia real (y supongo que en muchas) es la historia de uno de esas expediciones de gente adinerada que contrata una subida al Techo del Mundo con un guía y unos porteadores, pero en la que gran parte de la misma se” queda” por el camino. En este caso las buenas condiciones climatológicas para alcanzar la cima terminan por torcerse bruscamente y una monumental tormenta hace que los grupos que en ese momento acababan de hacer cumbre se las vean y se las deseen para poder descender. Pueden imaginar que muchos de ellos pasarán a engrosar el cementerio de escaladores que se ha cobrado, otras montañas, el Everest, y cuyos cadáveres, momificados, todavía pueden contemplar en ocasiones los alpinistas.

Película es entretenida, con buenos efectos, es -lo imaginarán también- previsible en su desarrollo y desenlace.

Entretenida (y olvidable) resulta El Desconocido. El punto de partida de su argumento es la venganza de un particular contra un alto cargo de uno de tantas entidades bancarias s que, antes de la crisis, endilgaban sin remordimientos y a sabiendas productos tóxicos a sus clientes, que podía llegar a perder todo su dinero.

En este caso concreto, el antiguo cliente de la entidad decide vengarse de Carlos (Luis Tosar), colocando bombas debajo de los asientos de su coche el día en que lleva a sus hijos a la escuela. A partir de ahí la película se convierte en una carrera contra el tiempo por las calles de La Coruña, que llevará a Carlos y su familia una situación límite.

Había leído, antes de verla, alguna crítica que no dejaba demasiado bien a la última película de Alejandro Amenábar: Regresión. Me bastaba además que Telecinco, en una de esas insistentes campañas con que promociona sus “productos”, te la intentase meter hasta en la sopa para que desconfiase todavía más de ella.

Podrán imaginarse, pues, y pese a que no siempre hago caso de lo que dicen los críticos, que iba al cine con la idea de ver una película que iba a fallar por algún lado. Y así fue, pues, pese a que parte de una idea argumental buenísima, ésta -desde mi punto de vista- se desaprovecha.

El argumento se centra en la ola de supuestos cultos y rituales satánicos que se difundió por los Estados Unidos a partir de 1980. Y en este contexto, la película nos traslada a un pueblo, en el que, al parecer, una adolescente ha sufrido abusos sexuales por parte de su padre en la celebración de rituales satánicos en los que da la impresión de que, en última instancia, está involucrado más de medio pueblo.

El agente Bruce se encargará del caso, ayudado por un psicólogo especialista en regresiones con el que intenta sacar más información de los supuestos implicados en el caso. Paralelamente, asistimos a la evolución psicológica del propio agente encargado de la investigación, que se ve inmerso en esas terribles sugestiones. Y ahora… ¡ojo, que vienen los SPOILERS!: al final, resulta que toda la historia de los abusos, de los rituales y de los crímenes satánicos se la había inventado la chica y, por sugestión, y también gracias a las ideas del párroco del pueblo que metía miedo a los fieles, todos se la estaban empezando a creer.

Aquí Amenábar no deja un final abierto a varias interpretaciones, un remate que, creo, habría convenido ciertamente a la película; ni tan siquiera da cabida a la sobrenatural o bizarro, porque, si bien alguna vez esto llega a sugerirse (las escenas del granero, los sueños, los paisajes siempre lluviosos y neblinosos…), el final termina por descartarlo. Y es ahí donde yo, personalmente, me llevé el chasco, porque creo que se podría haber sacado mucho más partido a toda la historia. Eso sí: es un alegato contra cómo lo irracional y la sugestión colectiva nos pueden llevar a levantar los pies del suelo.

Woody Allen nos ofrece en los últimos tiempos, al menos, una película al año, y en este caso nos presenta la curiosa Irrational man, la historia de un profesor universitario de Filosofía alcohólico, seguidor de los postulados del existencialismo y que atraviesa una etapa de declive en su vida. Sin embargo, cuenta con seguidores entre sus alumnos, y de él se termina enamorando una joven estudiante que se siente fascinada por su trabajo y por su figura. Y entonces,  cuando la desesperación del profesor parece total, escucha casualmente una conversación en una cafetería que dota de súbito de pleno sentido su vida: descubre de pronto que el objeto de su vida es asesinar a un despiadado juez. Desde ese momento, la película se torna más disparatada, y nuestro profesor termina por perder completamente la cabeza.

Relaciones personales y situaciones estrafalarias recorren, como es habitual en Allen, esta nueva película.

La comedia española Los miércoles no existen nos ofrece un conjunto de historias de pareja que transcurren un mismo día. Bueno, en realidad, en diferentes miércoles comprendidos entre los años 2010 y 2014. Una joven que le es infiel a su prometido en una fiesta de despedida, un novio infiel que termina convirtiéndose en putero a domicilio, un par de amigos con formas antagónicas de ver a las mujeres (uno que busca la mujer de su vida; el otro, ególatra, que solo pretende satisfacer con ellas sus instintos más primarios)… En un principio todas las historias parecen deshilachadas, pero al final todas están conectadas.

Destacaría algunos momentos bastante cómicos, especialmente, los protagonizados por la mencionada pareja de amigos y, sobre todo, por uno de ellos: un pintor sin talento, de risa estúpida, que va de tío bueno y al que, dice, le gusta darles a las mujeres “lo suyo”.

La película me pareció en general entretenida, aunque yo, particularmente, le habría quitado algo de duración. En su parte más negativa citaría la presencia de un insípido Eduardo Noriega, actor que a mí, particularmente, no me gusta y que, además de mostrar en el film que sus dotes de canto son bastante limitadas, resulta con frecuencia absolutamente inexpresivo y pone una voz que no encaja bien con las situaciones. Eso sí: como siempre, luce melenita.

Marte (The Martian) es la historia de Mark Watney, un astronauta de misión en Marte que, tras una tormenta (he oído en algún sitio que ese tipo de tormenta sería en realidad imposible por las condiciones atmosféricas de Marte, aunque es indispensable para que exista la película), se queda aislado en el Planeta Rojo y con la tesitura de tener que buscarse la vida si desea sobrevivir. Mark tendrá que recurrir a la ciencia montar su propio invernadero, para cultivar patatas, para obtener agua y para comunicarse con la Tierra. Su futuro entonces dependerá de la siguiente misión que acuda al planeta, a no ser que sus compañeros puedan dar la vuelta y regresar a por él.

La película es también un alegato a favor de la ciencia, de los conocimientos científicos como medio que permite la supervivencia en las situaciones más que adversas.

En cuanto a mi opinión, lo primero que tengo que reconocer es que la película está bien hecha, pero el desarrollo se me hizo pesado: la idea de mostrar la supervivencia de un hombre solo en Marte y las posibilidades de su rescate desde la Tierra es buena pero el alargarlo hasta las dos horas y media la convierte en algo tediosa. Pese a todo, la película fue exactamente lo que esperaba de ella después de ver anteriormente el correspondiente tráiler.

En la última película que vi de Álex de la Iglesia, Las brujas de Zugarramurdi, ya percibí que a este director de grandes joyas como El Día de la Bestia se le habían agotado las ideas a la par que se le había ido la olla, algo que refrenda el caos sin sentido de su última película, Mi gran noche.

El interminable rodaje de un especial de Año Nuevo para recibir 2016, durante unos día de huelgas, protestas y constantes enfrentamientos con la policía en el exterior del set de grabación, es el escenario elegido para que Álex de la Iglesia nos presente a sus “amiguetes” interpretando a un conjunto de personajes que no me aportaron nada: una chica guapa con fama de gafe que encuentra el amor en un figurante del set que debería estar ocupándose de su madre; un joven cantante de moda (Adanne) al que una fan le roba el semen en su boca; un matrimonio de presentadores en guerra constante; un cantante ególatra y despótico al que quiere asesinar su propio hijo, dos empleadas del equipo técnico lesbianas y fumadoras empedernidas…,  y otros estrafalarios individuos que terminar por materializar un nuevo despropósito de este director que parece haber perdido el rumbo. Caótica, absurda y mala pienso que son términos adecuados para definirla.

La Cumbre Escarlata es una película de miedo (o, si prefieren ustedes, de horror o terror) de estilo gótico y ambiente fin de siècle, con mansiones encantadas, criptas ocultas, linajes nobiliarios en plena decadencia y amores imposibles.

Todo parte del encuentro de dos hermanos de origen británico (un hermano y una hermana, para ser exactos) con un rico neoyorkino al que pretenden venderle un ingenio mecánico con el que extraer arcilla del suelo para fabricar ladrillos. El hermano, además, pretende a la hija de aquél y, pese a las sospechas de que la pareja esconde algún asunto turbio, consigue casarse con ella y llevarla a su imponente y aislada mansión en una zona, un terreno de arcilla roja, a la que llaman “La Cumbre Escarlata”. Y allí, poco a poco, la joven va descubriendo que todo no era tan idílico como pensaba y que los dos hermanos (su nuevo marido y la hermana de éste) tienen para ella planes bastante siniestros. Hasta aquí puedo contar, por si alguno de nuestros lectores piensa verla.

A mí, sin ser maravillosa, me ha gustado.

Black Mass nos cuenta, con carácter retrospectivo, la historia de un delincuente estadounidense: el desconfiado psicópata Jimmy “Whitey” Bulger, quien se convirtió en líder del crimen organizado en el sur de Boston a finales de los años 70 y principio de los 80 del siglo pasado.

Asistimos a los oscuros negocios de este infame criminal -hermano del que en aquel entonces era un senador de los Estados Unidos- que, siempre acompañado por su camarilla de fieles sicarios, frecuentó el asesinato y estableció una siniestra alianza con el FBI: Whitey, a cambio de suministrar información, por lo general de escaso o sencillamente nulo valor a la agencia, recibía a cambio impunidad por sus actos, lo que permitió extender una red criminal que incluía el envío de armas al IRA.

Carente de cualquier escrúpulo moral, Jimmy Whitey no duda nunca en eliminar a sangre fría cualquier oposición y a todos aquéllos que, con razón o sin ella, considere traidores a su causa, sean éstos amigos de la infancia o, directamente, personas inocentes.

Debemos al actor Johnny Depp el darle vida en la ficción a este criminall; pero, a pesar de la buena interpretación, en el film la apariencia de Jimmy resulta demasiado artificial debido a los excesos del maquillaje. Por otro lado, la película se termina haciendo demasiado lenta, y, como sucede en muchas otras ocasiones, bien podría haberse contado lo mismo en menos tiempo.

Como conclusión, diré que se puede ver, pero, ciertamente, no tiene nada memorable.

Una de la peores película que recuerdo haber visto en mi vida (si no, la peor) es El último cazador de brujas. Es tan mala en todo, es tal despropósito y es tan ilógica,  que he estado a punto de no comentarla siquiera en esta entrada, pero, bueno, como ya he cometido la imprudencia de haber ido a verla, pues dejaré unas líneas para recuerdo.

La película es la historia de un cazador de brujas que mata a las brujas que hacen la magia negra y que quieren traer el la peste y la destrucción al mundo Este personaje, interpretado por un Vin Diesel en plan a Todo Gas)  es inmortal porque fue maldecido por una bruja a la que dio muerte hace 800 años en Dios sabe dónde.

Ya en el presente, él sigue cazando bruja acompañado de un cura de no sé qué lamentable orden. Este cura-ayudante aparecerá, calculo, 5 minutos en total en toda la película, porque, supuestamente, le mata un brujo. Y digo “supuestamente”, porque pronto descubrimos que en realidad lo que está es como dormido. En ese momento aparece” Frodo”, que se convierte en el nuevo ayudante del cazabrujas (“Frodo”, en total, saldrá otros 5 minutos), y Vin Diesel, que suele llevar un espadón que echa llamaradas de fuego, acude donde una bruja buena que le ayude con unos filtros mágicos con los que puede recordar el pasado. Al final este matón de discoteca reconvertido en exterminador de malvadas brujas acaba con un perverso brujo y con la Bruja Reina, y ya se acabó esta puta basura de película.

¡Vaya manera de despilfarrar millones haciendo estos auténticos bodrios! Pero lo peor de todo no es esto, no, si no que ¡¡¡amenaza segunda parte!!! Eso sí: ésa segunda parte ya va a ir a verla su p… mad…

La última entrega de James Bond -y, por lo que he oído, quizá la última protagonizada por Daniel Craig interpretando este papel- es Spectre. Larga (más de dos horas de duración), la nueva entrega cuenta como las anteriores con momentos de acción trepidante, muy del estilo, más agresivo, que le ha dado al Agente 007 en las últimas películas este fornido actor. Y, sin duda, hay unos buenos efectos especiales.

Spectre nos muestra a James Bond tirando del hilo hasta destapar la existencia de una organización criminal extendida por todo el mundo llamada Espectra, algunos de cuyos dirigente el Agente del Servicio de Su Majestad eliminó en anteriores episodios. Finalmente, dará con el líder de la organización, que tiene incluso agentes infiltrados en el Servicio Secreto británico y que están intentando acceder a información privilegiada sobre los servicios secretos de todo el mundo. Dos mujeres-Bond aparece en esta película que en ocasiones se me hizo lenta. Una de ellas, Monica Belucci, aparece sólo unos cinco minutos.

Película con buenos momentos de acción; se me hizo en varias ocasiones algo plomiza.

Una larga y poco interesante película -y eso que el tráiler prometía- es Sicario, a la que no salva el que considero un nuevo buen papel del actor Benicio del Toro.

En ella, una unidad especial que trabaja para el gobierno de Estados Unidos “recluta” a una policía de los cuerpos especiales especializada en secuestros. La idea de la unidad es desarticular uno de los grandes cárteles de la droga que operan en la frontera entre México y Estados Unidos.

Al final, la chica, que desconoce al principio en qué proyecto se está embarcando, terminará por descubrir que el motivo real de su fichaje no es otro que el de dar carácter legar a las operaciones “extraoficiales” contra el narcotráfico que realiza ese comando. Pero también averiguará que el equipo cuenta entre sus componentes con un sicario colombiano que tiene una vieja cuenta pendiente con un líder del narcotráfico mexicano y oscuros intereses de futuro en el tráfico de drogas.

La idea, que podría resultar interesante, no termina de funcionar en esta película, en la que, de hecho, la misma protagonista, no hace, en realidad, nada interesante en todo su desarrollo: siempre sale compungida, siempre en camiseta y siempre como mera comparsa de la escasa acción.

Así, lenta hasta conseguir aburrir al respetable, y con unos momentos de acción muy contados y que en ningún momento amenazan seriamente a los protagonistas, Sicario es ciertamente prescindible.

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De una insustancialidad absoluta, aunque cuidada en su ejecución, es Requisitos para ser una persona normal, comedia española que, en general, no hace demasiada gracia y repite esquemas argumentales que ya están muy vistos. Es la historia de una treintañera, María de las Montañas, a la que las cosas en la vida no le han salido bien, pero que se esfuerza por cumplir con los requisitos para ser considerada una “persona normal”: tener una casa, tener una pareja, tener vida social, ser familiar, tener un trabajo y ser feliz (no sé si me falta por mencionar alguna). En su intento, María conoce por casualidad en un IKEA a Borja, un joven que quiera adelgazar y que le tratará de ayudar a conseguir esa felicidad que le falta en su vida. Así, María conseguirá un trabajo en una tienda de animales, logrará recomponer la unidad familiar (rota tras la muerte de su padre) y probará a tener pareja con Gustavo; pero, a pesar de ello, María está enamorada de Borja (regordete, pelirrojo, bonachón y barbudo a la judío ortodoxo), y será con él con el que encuentre esa felicidad deseada.

De la relación que emprenden estos dos solitarios (pues de esto trata la película, de personas solitarias que encajan mal en una sociedad donde funcionan unos modelos dominantes), yo destacaría que a ambos, entre otras cosas como comer pizzas en una tumbona en medio de la calle, les gusta esnifarse sus propios pedos o los pedos del otro, haciendo en la cama lo que se denomina en la película con la expresión de “horno holandés”.

Como había ido a ver las anteriores, también me decanté por Insidious: Capítulo 3. Con esta película me pasa lo que con tantas en el cine: pienso que, a pesar de las críticas que reciba (y, por lo que podido ver, los comentarios no dejan esta tercera parte demasiado bien), muchas veces una película se disfruta o no en la butaca en función de las expectativas que uno tenga depositadas en ella. Y como yo no tenía demasiadas con esta nueva Insidious, pues la verdad es que la disfruté bastante. Sí, es cierto que los sustos y hasta la línea argumental de esta tercera parte (y supongo que habrá otras) están ya muy manidos (“El cine de terror ha muerto”), pero a mí me pareció que en algunos momentos está lograda y te hace mantener cierta tensión y hasta saltar un poco en el asiento.

En esta ocasión, nos encontramos con una joven adolescente llamada Quinn Brenner, que, tras el fallecimiento de su madre, vive con su hermano y con su padre en un bloque de pisos con rasgos de hotel de película de terror (como no podía ser de otra manera). La vida de Quinn podríamos decir que es la de una adolescente normal con aspiraciones teatrales y deseos de independencia para el futuro; hasta que un día comienza a recibir en su habitación las visitas (los ataques, debería decir) de una oleosa entidad de ese Lado Oscuro que también tiene el Más Allá, y que precisamente se la quiere llevar a sus “dominios”. Y cuando la situación pinta ya muy mal para la chica es cuando aparece Elise, la médium que conocemos de las otras entregas, y con la que Quinn se había puesto previamente en contacto. A partir de entonces será Elise la que tenga que ayudar a Quinn a librarse de la perversa entidad, y para ello no tendrá más remedio que hacer frecuentes incursiones en el Otro Lado, donde, por si fuera poco, su propia vida se verá amenazada por la misteriosa Señora de Negro de “estética 1900”, que ya vimos en anteriores entregas.

Por lo demás, decir que hay un momento a lo Tong Po de Kickboxer y que Elise, esta elegante y algo entrañable señora en cuasi permanente contacto con el Más Allá, siempre me ha recordado a una versión un tanto envejecida de Bea, aquella amiga que tenía mi colega Pol. Me pregunto qué habrá sido de ella.

En Nuestro último verano en Escocia una familia disfuncional formada por unos padres separados y sus tres hijos se dirige desde Inglaterra a Escocia para asistir a una reunión familiar en la que pretenden reencontrarse con el padre de él, un melenudo bonachón poco aficionado a formalismos y protocolos, que se encuentra muy enfermo de cáncer. Por ello, todos quieren aparentar que todavía son una familia feliz aunque hace ya tiempo que sus miembros dejaron de serlo. De hecho, el patriarca, en su rechazo de lo establecido, parece sentirse más próximo a sus nietos que a los demás. Así las cosas, mientras los preparativos de una gran fiesta avanzan, el abuelo decide hacer una escapada y pasar un día de playa en los lagos escoceses con sus tres excéntricos nietos. Y a partir de ese momento, las cosas ya no saldrán como estaban previstas…

Tengo que reconocer que la película me aburrió en su primera parte, y que sólo mejoró a raíz de la citada “escapada campestre” del abuelo con sus nietos, porque es desde aquí cuando aparecen algunos buenos momentos de humor, un poco negro, y que está bastante relacionado con las prácticas culturales de los vikingos medievales.

En otro orden de cosas, me pareció que la película mostraba (y “jugaba”) con esa ingenua y alegre amoralidad infantil que no suele reparar en primera instancia en las consecuencias éticas de los actos.

Si en su día vieron Parque Jurásico o alguna de las secuelas que la siguieron (dos y tres), esta nueva continuación (la cuarta), llamada Jurassic World, no les parecerá ninguna novedad. Pero, si disfrutaron con las anteriores y si les apetece ver en pantalla grande otra de dinosaurios fuera de control, pueden acudir al cine a ver Jurassic World, película con la que, dicho sea de paso, parece que no se ha cerrado este “mundo de dinosaurios resucitados”.

Las novedades que aporta la nueva entrega son escasitas, pero, al menos, podrán asistir a una digna y entretenida continuación de las anteriores, que no rompe con la estética de aquéllas. De hecho, podríamos decir que hasta las fusiona todas en una.

Volvemos a la misma isla de Costa Rica, donde se construyó en su día aquel gran parque temático de dinosaurios (Jurassic Park) que permitió luego desarrollar también el argumento de las posteriores secuelas. Pero en esta cuarta, lo que vemos es cómo millonarios inversores privados han creado un nuevo parque llamado Jurassic World, al que asisten al año miles de turistas a disfrutar de e interaccionar con los dinosaurios que se siguen creando allí mediante ingeniería genética.

La principal novedad que encontramos ahora es la aparición de una nueva especie de dinosaurio creada “artificialmente”, un híbrido de varias especies, más inteligente y más asesino que sus otros carnívoros compañeros… Y, claro, el espécimen se escapa del recinto que le tienen asignado y comienza a liarla por todas las instalaciones, mientras cientos de turistas abarrotan la isla.

Elementos que repiten son, entre otros, las parejitas y los niños que se encuentran de pronto en medio del peligro, las persecuciones de dinosaurios a vehículos, los levantamientos de coches y los típicos personajes de los que se ve a la legua que son carne de cañón (o de dinosaurio, más propiamente hablando). También repiten, con especial protagonismo, los Raptores y el Tiranosaurio rex. Pero, eso sí, la combinación resulta en general bastante entretenida.

Ahora o nunca es una comedia española que promete más de lo que ofrece, porque no termina de arrancar todo el potencial cómico que creo que tiene. Aún así, es entretenida.

Nos cuenta la historia de Eva y Álex, una joven pareja que, diez años después de conocerse durante sus años de estudiantes en Inglaterra, deciden casarse en el mismo lugar donde el amor los unió.

Para iniciar los preparativos de la ceremonia, Eva se traslada primero con sus amigas y con la madre del novio al Reino Unido; Álex, en cambio, decide acudir junto con su padre, el padre de Eva y demás amigos y familiares unos días después, ya casi justo para la ceremonia. Pero la cancelación de su vuelo a Inglaterra debido a una huelga de controladores les llevará a retrasar sus planes y a iniciar un periplo bastante surrealista que les conducirá de España a Marsella y de allí, a Ámsterdam. Por su parte, en el Reino Unido, Eva y sus amigas han tenido la mala idea de pasar parte del tiempo de la espera saliendo de fiesta, y las consecuencias inesperadas de esta decisión complicarán todavía más la celebración del enlace.

Como decía, el principal fallo que le vi a la película es abandonar, antes de llegar a su apogeo, sus momentos más cómicos. Por otro lado, al verla es casi inevitable no pensar en cierta mezcla entre Ochos apellidos vascos y la secuela de Tres metros sobre el cielo.

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¡Chocho-baby, con mi picha tracatrá!

(M.)

En la madrugada del 31 al 1 de junio de 2015, M. estuvo viendo por la tele (en La 1, para más detalles) una de esas “típicas” películas españolas de alto contenido erótico, una de esas películas, como dice él mismo “de folleteo”, y M. ha tenido de nuevo la deferencia de compartir con nosotros el que, al menos aparentemente, era su complicado argumento.

M., como le sucedía al resto de los asistentes que escuchaban su relato y habían visto la película, no recordaba el título; pero, en todo caso, creo que con los datos que ofrecemos aquí, cualquiera que esté interesado seguro que podrá recabar más información.

Sin embargo, lo que nos interesa en este blog -más allá del título de la película o de quién era su director- es el relato que nos hizo M. del argumento, un relato sazonado frecuentemente con algunos de sus personales comentarios. Y es de todo ello, una vez más, de lo que queremos dejar aquí literal testimonio, especialmente para todos los aficionados a las historias de M., que, como bien sabemos, son ya muchos.

Amigos, les dejo con M.

La película de M

[La película que vi ayer por la noche] era de una chica que estaba liada con uno que era profesor de Literatura. Se iba a casar con él y tal. Y de jaleo en un “paf” de ésos, había un gallo -sadomasoquista de ésos- y le dio tres o cuatro hostias a uno y le espatarró allí y le morreó a la otra, y le metió la mano, bien metida la mano.

Había uno que hacía como de alcahuete y cogió unas pastillas de ésas -como tranquimacines- e iba con el Víctor este a un gimnasio , y en el gimnasio había otro colgao, otro “acérrimo” de ésos, otro sádico, y amenazó al Víctor este, al “literario” este, pero de una manera muy loca: “¡Que te voy a meter de hostias, que te voy a reventar!”, y luego le decía: “¡No te lo creas; que es broma!”, y el otro se lo creía. Se comía las pastillas del otro a puñaos, y luego trago de cerveza, y se le caían por la boca las pastillas -¡como una locura tenía!-.

Después fueron a no sé dónde. Fueron al “paf” donde estaba la otra, y se lió de hostias con el otro y le dejó KO, y le dio con una botella de cerveza en la cabeza, y se dieron de puñetazos y patadas bien. Y cogió una máquina de tabaco y se la tiró a la cabeza al otro y el otro cogió un taburete. Y al otro le dejó y cogió a la tía de antes y se la llevó a un sitio abandonado detrás del “paf” y allí se la folló bien follada: la puso contra un coche y se la metió por atrás, con las manos apoyadas contra el coche, y ella daba unos berridos de la hostia.

Después le llama por el móvil a él una alcahueta y la deja a la otra abandonada y la otra decía: “¿Y me dejas ahora así, como estoy, en lo mejor?”. Y yo estaba viendo la película y me la meneaba.

La alcahueta era una rubia que estaba muy buena -preciosa; era la que mejor estaba-. Y luego había también otra que quería también hacer el amor con el Víctor -“La Caterina” de Sin tetas no hay paraíso (Amaya Salamanca)-. Mostró algo… ¡Unas piernas…! ¡Se me puso a mí la gaita! [gesto masturbatorio de M.]. Y se puso el Víctor a follar con la Amaya Salamanca, y le llama por el móvil la rubia esa, la alcahueta, y la deja por la rubia que estaba con el otro gilipollas (con el loco del gimnasio), y que, como el loco no la quería a ella, quería volver con el “literario”, con el Víctor. Y le dice él a ella: “¡Déjalo! ¡No quiero follar!”, y va (la Amaya Salamanca) y se viste. Y vuelve a llamar la otra, y un rollo de la hostia, y dice ésta: “”Bueno, pues ya me quito la ropa otra vez (la Amaya Salamanca)”, y llama la otra, y un rollo de la hostia.

Luego están a punto de casarse o no sé qué hostias. Y se van a casar, y se casan, y se están en la comida y se besan y no sé qué, y la otra le encuentra con los dos garrulos esos, que se estaban dando por culo -se estaban peleando y luego se liaron (se dieron cuenta de que a los dos les gustaban los hombres)-, y la otra -la novia de Víctor- les pescó dándose por culo, dándose tralla. Y la otra quiso volver con Víctor cuando ya se había casado, cuando ya era tarde. Entonces el alcahuete -que salía en la serie de Física o Química– se quería enrollar con la rubia, pero ella quería a Víctor, y los novios, que estaban casándose…, y se vuelven atrás. Y el Víctor, con la rubia alcahueta, y la novia de Víctor se enrolla con… Me parece que la dejan tirada y no se enrolla con ninguno, ni con él ni con ninguno.

Yo creo que uno de los garrulos aquellos se enrolla con la que era novia de Víctor… Yo creo que así quedó; ¡no sé qué jaleo es!

Una iba con unas medias negras, de dibujo, de encaje, que a mí me puso… ¡¡¡buahha…!!!

Se ve bastante; a mí me puso, me puso a tope, a tope con la COPE, COPE… Tendrían que poner películas de ésas…; más cantidubidubidá.

Estaba de comentarista -acabó la tragicomedia de mala manera- Pepe Navarro, hablando de la película con una, con una gallina que estaba también buena, con unas pintas de quinqui de la Virgen.

Es tan erótica que la tuvieron que echar a la una y pico de la noche, a las dos.

Un día de éstos, cuando tenga dinero, voy a ir a torar, a saltar, como dicen aquí, a torar. ¡Deja a ver! A putas, donde pueda, con una buena gallina.

¡No veas cuántas revistas tengo yo en casa de Penthose y de Playboy! ¡Como 50 revistas!

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Acudí a ver la última entrega de Fast & furious, la 7, sin haber visto ninguna de las anteriores y sin saber, más allá de una ligera idea, lo que me iba a encontrar.

Y me he percatado, después de verla, de que, con vistas al divertimento, el argumento de una película poco importa muchas veces, porque éste puede quedar relegado a un segundo o tercer plano si ello queda suplido con una buena acción. De hecho, este Fast and Furious podría ser un buen ejemplo de ello: persecuciones trepidantes de coches, artes marciales, helicópteros, choques, disparos, ametralladoras, granadas, saltos imposibles y multitud de fantasmadas que dan lugar a una película ciertamente entretenida para todos aquéllos que son amantes de la acción.

En lo que se refiere al argumento, que, como acabo de decir, poco importa, señalaré únicamente que un grupo de amigos, entre ex militares de los cuerpos especiales, hackers y especialistas en tecnología, policías y otros que no sé muy bien a qué se dedicaban -pero todos ellos amantes de los coches de carreras- tiene que hacer frente a un miembro renegado de los cuerpos especiales del ejército de no sé dónde (¿estadounidense tal vez?) que se quiere vengar de ellos porque han dejado lisiado a su hermano en Londres.

A partir de aquí, para tratar de conseguir la colaboración del gobierno en su intento de acabar con su enemigo, los miembros del singular grupo deciden colaborar con los servicios secretos estadounidenses, que les encomiendan la misión de rescatar a una hacker y hacerse con un programa informático con el que se puede rastrear a cualquier persona en el mundo. Y en todo esto encontramos la citada sucesión de fantasmadas, tiros, golpes, lanzamientos, caídas, patadas, bombas y persecuciones de coches… que sirven, si no para hacer una película buena, al menos, sí entretenida.

Me queda por decir únicamente que al final se le hace un pequeño homenaje a uno de los protagonistas, el actor Paul Walker, muerto, precisamente en accidente de tráfico, durante el rodaje de esta séptima entrega.

Me ha dejado más que frío Felices 140, película española protagonizada por Maribel Verdú, en la que interpreta a una mujer que decide reunir a sus familiares y amigos en una estupenda casa cercana al mar para celebrar su 40 cumpleaños y decirles a todos, ya de paso, que le han tocado 140 millones de euros en el Euromillón.

Pero éstos, en vez de alegrarse por la premiada, dejan aflorar sus sentimientos de codicia y envidia, al tiempo que aparecen también los celos y los enfrentamientos entre los asistentes.

Entonces se produce, de pronto, un homicidio causado por el golpe con una botella de vino caro, y nos da la sensación de que la película puede ya terminar de arrancar en cualquier momento, bien en una comedia disparatada o, por el contrario, en una película de terror psicológico; pero por desgracia todo se queda en una nadería absoluta que al terminar te deja cara de tonto en la butaca.

Puede que se me escapase algún detalle final que podría suponer algún tipo de giro en el argumento, pero, desafortunadamente, me inclino a pensar que, en realidad, no se me escapó nada.

Decepcionante.

Me gustan los actores Liam Neeson y Ed Harris, y ambos han protagonizado recientemente una buena película de acción: Una noche para sobrevivir. Ed Harris interpreta en ella a un mafioso que ha intentado abandonar el tráfico de drogas al que se dedicaba, pero con el que su hijo no se muestra de acuerdo, por lo que el joven decide meterse por su cuenta en un turbio negocio de drogas junto con unos búlgaros. Y el negro asunto termina por involucrar al hijo de Liam Neeson, que interpreta aquí el papel de un ex sicario y amigo íntimo del jefe mafioso. “Neeson”, ante el color que están tomando los acontecimientos, no tiene más remedio que matar al hijo de “Ed Harris”. Y a partir de entonces, los que fueron amigos se convierten en enemigos, y Liam Neeson y su hijo han de huir escapando de todos: de sicarios enviados por su antiguo amigo y de la policía, que quiere atraparlos o, directamente, eliminarlos.

Hay que reconocer que en esta ocasión el papel que interpreta Liam Neeson tiene rasgos de antihéroe, eso sí, siempre y cuando nos olvidemos del pasado del personaje que interpreta: un asesino sin escrúpulos que, ahora, acosado por los fantasmas de ese pasado, busca de alguna manera (entre ellas, en el alcohol) la redención.

Buenos papeles, en definitiva, los Liam Neeson y Ed Harris, en una película de acción rápida y entretenida, y que, sin ser demasiado novedosa en su argumento, es recomendable.

Cómo sobrevivir a una despedida es una película española que está destinada, básicamente, a un público juvenil, y que al espectador puede resultarle relativamente entretenida, aunque muestre, sí, una calidad, en general, mediocre. En todo caso, a su carácter “resultón” ayudará, sin duda, saber de antemano “a lo que se va” si uno se decanta por ella.

En esta “nueva muestra de nuestro cine patrio”, cuatro amigas de la infancia, y un personaje del tipo “Sema” (el “exótico” amigo de Chabelita Pantoja) se encargan de “organizarle” una despedida de soltera a una de ellas, que, para cuando quiere darse cuenta, ya está volando disfrazada de “lobo fálico” desde Barcelona a las Islas Canarias. Pero allí, unos preparativos poco metódicos terminan convirtiendo todo en una aventura en la que no dejan de beber e irse de fiesta y en la que terminan perdiendo todo su dinero, conociendo nuevas parejas e ingiriendo alguna droga, Incluso una de ellas (Ruth, la novia de Cabano en Física o Química) se trajina indiscriminadamente, y casi sin darse cuenta, a varios maromos.

Con algún buen golpe de humor (al menos desde mi punto de vista, aunque he de señalar que a mí me gusta el humor de “baja estofa”), la película, ya lo dije al principio, no me aburrió, pero podría haber dado bastante más juego del que da, y en ciertos momentos no deja de ser una especie de versión a la española de Resacón en Las Vegas en versión femenina.

Sin duda, no dejará huella.

El maestro del agua es una película mediocre, que, eso sí, me volvió a traer a la mente una vieja reflexión: sólo los inconscientes son capaces de rendirle culto a la guerra. A ellos, a estos probelicistas, me gustaría a mí verlos en el campo de batalla en esos momentos en que “se bate el cobre”, cuando las balas silban y las bombas truenan, cuando el suelo está cubierto de trozos de cuerpos y los cadáveres siembran la tierra. Me gustaría verlos correr, despavoridos, cagados de miedo… Porque creo que muchos de estos amantes de la guerra gustan de ella desde la cómoda distancia de una oficina, de un cargo, agarrados a una jarra de cerveza o en una cómoda vida burguesa, porque a nadie mentalmente sano puede gustarle estar rodeado de muerte.

En El maestro del agua, dirigida y protagonizada por Russell Crowe, Connor es un padre de familia, radiestesista y granjero australiano que tras el suicidio de su mujer inicia la búsqueda de sus tres hijos supuestamente muertos en la batalla de Gallípoli de 1915 durante la Primera Guerra Mundial. De Estambul, donde conoce a la bella regente de un hotel, se traslada pronto al escenario de aquellos terribles acontecimientos bélicos y descubre que, efectivamente, dos de sus hijos murieron en la batalla, pero presiente que el tercero sigue vivo en algún lugar, Acompañado ahora de unos turcos y escapando de las tropas británicas allí establecidas y de los ataques de los griegos, Connor se traslada en busca del hijo, y consigue descubrir su paradero gracias a un revelador sueño. Después, ambos regresan a Estambul y Connor se queda con la mujer del hotel a la que conoció al principio. Y eso es todo.

Película lenta en su desarrollo, para mi gusto aprovecha poco los conflictos de la zona que podrían haber dado un poco más de acción al argumento. Bueno, les confesaré que me dormí algo viéndola, pero que, al ser muy lenta, cuando me despertaba, me daba cuenta de que no me había perdido nada importante. En cualquier caso, de dormirme en esta ocasión no quiero culpar a la película, sino, más bien, a que “me subieron los vapores”.

Si lo que quieren es una película de miedo con un toque español pueden ver Sweet Home. A mí ésta, sin ser una maravilla, me ha gustado, porque, aunque comienza presagiando bostezo, todo gana en intensidad a medida que avanza, hasta convertirse en una película con un buen toque de slasher.

La acción se desarrolla en una Barcelona más o menos actual en la que las inmobiliarias utilizan a sicarios para amedrentar o asesinar a aquellas personas, gente por lo general de edad avanzada, que se niegan abandonar los pisos que han ocupado durante años. Con este trasfondo se nos presenta a Alicia, una joven asesora de inmuebles para el ayuntamiento, que decide darle una sorpresa de cumpleaños a su novio Simon: pasar una noche de amor en un viejo inmueble de la ciudad del que, por su trabajo, ella posee las llaves. Pero la romántica sorpresa se convierte pronto en pesadilla cuando son descubiertos por los sicarios de una inmobiliaria. Y como estos asesinos encuentran más resistencia de la esperada para eliminar a la pareja tienen entonces que llamar a los refuerzos: un asesino especialista que pertenece a una empresa llamada “Spider S. L. Desinfecciones”. Éste infatigable ejecutor, hacha en mano, no descansará hasta acabar con ellos y con todo lo que se le ponga por delante, en el escenario de un viejo edificio barcelonés del que no pueden escapar y durante el transcurso de una sola noche en la que no para de llover.

Suite francesa aborda la llegada de las tropas de ocupación alemanas a un pequeño pueblo francés cercano a París en 1940, y también, en este contexto, cómo la llegada de los nazis hace aflorar todas las miserias y envidias que existían entre los vecinos del pueblo y también cómo la inicial hostilidad de una rígida suegra y su joven nuera hacia el oficial alemán que han de acoger en su casa se termina convirtiendo en amor mutuo entre la chica y el soldado.

Película muy cuidada desde el punto de vista estético, trata la historia siempre de manera elegante, pero, desde mi punto de vista, al centrarse demasiado en el romance, desaprovecha una buena ocasión para dar algo más de acción a un argumento cuyo desarrollo me resultó en ocasiones lento.

En definitiva, se puede ver; no está mal.

Poca novedad con respecto al original “ochentero” nos aporta el remake de Poltergeist: de nuevo, una familia -algo más numerosa que la de la película original- sufre otra vez los efectos de las entidades del Más Allá que se han apoderado de la casa a la que se han mudado -construida, como en la anterior, sobre un antiguo cementerio-, y que desean por todos los medios secuestrar a la hija menor del matrimonio para que les guíe hacia la Luz.

Tengo que reconocer que la última vez que vi la versión original, constaté que los efectos especiales de ésta han quedado a día de hoy ciertamente anticuados, y que la película, en ese sentido, no ha envejecido bien. Ahora, esta nueva “visión” del producto (así la venden) tiene la ventaja, pues, de mejorar todos esos efectos y de actualizarla, pero no trae consigo mayor novedad, salvo cambio en pequeños detalles: el árbol que asusta al niño es ahora un sauce llorón; la pequeña psíquica de la versión original desparece para dar paso a un televisivo cazafantasmas que parece ser un hermano de Joe Cocker…

Por todo ello, si quieren volver a ver Poltergeist (o más bien una copia de la misma) en pantalla grande, pueden acudir al cine; otra opción siempre será ver este nuevo Poltergeist en pantalla pequeña, alguna lluviosa tarde de sábado en Antena 3.

Con Mad Max: Furia en la carretera vuelve Max, pero no el actor que lo interpretó en sus anteriores entregas: Mel Gibson. Y este hecho -el del cambio de cara- debo reconocer que ya es algo que, de partida, me aleja bastante de esta nueva película, que se presenta como la cuarta de la saga.

Por otro lado, no sé muy bien cómo encajarla cronológicamente entre el resto de las entregas (¿antes o después de la segunda?; ¿después de la tercera?). Max parece conservar, de hecho, el coche con el que aparecía en la segunda (El guerrero de la carretera) y que en ésta quedó, si no recuerdo mal, totalmente destruido.

En esta nueva, el argumento -eso sí, con una estética y personajes relativamente similares a los de las “viejas”, aunque, lógicamente, con un aspecto más modernizado- es una persecución de ida y vuelta, con escaso diálogo, pero llena de una acción que no decae casi en ningún momento. Ahora, Max se une a un grupo de mujeres que trata de escapar de una llamada Ciudadela, una especie de ciudad entre las rocas gobernada por un cruel tirano que tiene sometido a su pueblo mediante el racionamiento del agua y el lavado de cabeza ideológico-religioso. Además, este tirano ha creado un harén privado de jóvenes “reproductoras” con las que pretende tener hijos sanos en un mundo post-apocalíptico y lleno de radicación.

Al verla no es posible evitar la comparación con la segunda entrega, El guerrero de la carretera, tanto en el argumento como en la figura del tirano, que recuerda, sin duda, a Humongous. Repiten igualmente los escenarios de la segunda entrega: desiertos infinitos en que distintas tribus post-apocalípticas luchan por sobrevivir, imponerse a otras y conseguir gasolina, unas tribus en las que suele ser visible el efecto sobre el cuerpo de las radiaciones nucleares que acompañaron a la hecatombe mundial que acabó con la civilización tal como la conocemos.

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 Estados Unidos es la primera potencia mundial y un país que, en los conflictos bélicos en los que ha participado en los últimos años, se ha caracterizado por una “curiosa” estrategia militar consistente en invadir un país, dejarlo a continuación hecho un Cristo y abandonarlo finalmente a su suerte, como se tira una colilla después de fumado un cigarro. Véanse, si no, los terribles casos de Afganistán o de Irak,

También -dicen las malas lenguas- han sido los mismos Estados Unidos quienes se han encargado de financiar, en beneficio de sus propios intereses, movimientos guerrilleros y terroristas que han terminado llevando el fanatismo religioso, el asesinato más horrible y la destrucción a Oriente Medio (véanse los casos de los talibanes en Afganistán, o del Estado Islámico en Siria e Irak).

En relación con esto, recuerdo que el mismo día en que acudí a ver la película El francotirador los periódicos traían en sus páginas la noticia de que los yihadistas asesinos del Estado Islámico habían pasado a combinar las ejecuciones sumarias de occidentales y “malos musulmanes” con la destrucción sistemática del patrimonio arqueológico del norte de Irak, un país, cuna de lo que llamamos civilización, por el que siempre he sentido especial simpatía.

Pues bien, dicho esto, sobre el conflicto que se desató hace unos cuantos años en este último país va precisamente la película que acabo de mencionar, El francotirador, que nos cuenta la historia de un cowboy de Texas llamado Chris Kyle (interpretado por un Bradley Cooper entradito en carnes) que, por amor a su país, tras los atentados del 11-S decide ingresar en los Seals y combatir en la guerra de Irak. Sus habilidades como francotirador le convierten pronto en un héroe entre los combatientes, pero, al tiempo, su intención de regresar en varias ocasiones a Irak y su cambio de carácter debido al ambiente comienzan a generar brechas en su matrimonio.

Con frecuentes cambios de escenario (a caballo entre Irak y Estados Unidos), que se corresponden con los despliegues militares y los regresos a casa, Kyle deberá enfrentarse a otro habilidoso francotirador iraquí, un tal Mustafa.

La película me gustó, y creo poder recomendarla, especialmente a aquéllos aficionados al cine bélico y a los interesados en el conflicto en Oriente Medio, pues, más allá de la visión claramente proestadounidense que presenta, es relativamente amena.

La vida y la integridad humanas se encuentran constantemente amenazas por peligros no sólo externos sino por aquéllos otros que actúan desde nuestro interior. Vemos así cómo en ocasiones nuestro propio organismo lucha contra sí mismo para destruirse y cómo en otras terminamos perdiendo totalmente la cabeza hasta dejar de ser lo que creemos que define nuestra personalidad. Asistimos, incluso, a debilitamientos de nuestro sistema inmunitario que pueden llevar a que un simple catarro nos lleve al “Otro Barrio”… Éstas que menciono son sólo algunas posibilidades de las muchas que nos amenazan. Pero todo esto también debería recordarnos que, en el fondo, somos poca cosa y que la separación que existe entre la vida y la muerte puede marcarla tan sólo una fracción de segundo.

Esto viene a colación de la oscarizada película Siempre Alice, el relato de la degeneración personal que sufre su protagonista, Alice (Julianne Moore), una eminente profesora de Lingüística de una universidad estadounidense a la que un buen día se le diagnostica un inicio temprano de Alzheimer. Y a partir de aquí asistimos al avance de la enfermedad, a sus infructuosos intentos por mantenerse “viva” y a los esfuerzos de su familia por arroparla y cuidar de ella.

Los actores Alec Baldwin y Kristen Stewart completan el reparto de este drama en el que brilla la actuación de Julianne Moore, y que podrá gustar, sin duda, a aquéllos que acuden al cine a recordar lo habitual que es en la vida real el sufrimiento humano. Yo, en cambio, y aun a sabiendas de que esas terribles y tristísimas realidades existen, prefiero asistir a una sala de cine a divertirme, simplemente a distraerme y pasar un buen rato. Cierto es que no siempre lo consigo.

En su día fui también a ver La Mujer de Negro, de la que hice la oportuna reseña en este mismo blog. Y recuerdo que, sin ser maravillosa, me dejó con buen sabor de boca.

Pues bien, la productora Hammer, que tan buenos momentos me ha dado, nos ofreció recientemente la secuela, llamada La Mujer de Negro (2). El Ángel Exterminador.

Hemos de partir de nuevo del hecho de que, tal y como he proclamado en anteriores entradas, “el cine de terror ha muerto”, y, por ello mismo, esta secuela no aporta nada nuevo: sustos manidos hasta la saciedad; el típico argumento del fantasma de una madre que se quiere apoderar de un niño porque en vida perdió el suyo; una casa encantada perdida en medio de ninguna parte…

Repite la mansión situada en medio de unas tenebrosas marismas en algún lugar del sur de Inglaterra, pero no los personajes de la primera entrega, que se desarrollaba unos cuantos años antes.

Ahora, la acción nos traslada a 1941, cuando Inglaterra está siendo bombardeada por los nazis. Londres, Liverpool, Coventry (totalmente destruida)… sufrieron eso que se conoce como el Blitz. Y ante la amenaza que se cierne sobre la capital, un grupo de niños huérfanos o cuyos padres no pueden cuidar son trasladados de Londres a un refugio en medio del campo. Les acompañan dos tutoras, que serán las encargadas de darles clase y velar por ellos. Pero, como imaginarán, el refugio al que se los envía es, desafortunadamente para ellos, la casa encantada de la primera entrega, donde reside un siniestro fantasma femenino ávido de venganza.

En esta ocasión, la oscura dama que aterraba a aquel joven protagonista de la primera parte se dedica a provocar la muerte entre los niños y a sembrar el miedo entre las cuidadoras, especialmente en una de ellas, la protagonista, que deberá armarse de valor para enfrentarse a la entidad. En la historia, aparece también un piloto británico que pronto pierde el escaso protagonismo que tenía.

Aunque uno de los espectadores abandonó la sala tras verla haciendo el comentario de que ésta era la última película de miedo que veía, la película, que no es buena y pierde el frescor de la primera parte, en lo positivo conserva todavía algunos buenos momentos de tradicional imaginería gótica.

Un drama con toques cómicos es Samba, película francesa que aborda el problema de la inmigración ilegal en Francia. Nos cuenta la historia de un senegalés así llamado que, al residir sin papeles en París, se ha de ganar la vida desempeñando los más variados oficios, bajo la amenaza constante de ser detenido por la policía. Encarcelado, y a punto de ser devuelto a su país, Samba conseguirá provisionalmente la libertad y en el proceso conocerá a Alice, una mujer depresiva que ha abandonado su trabajo para colaborar en una ONG que se ocupa precisamente de la inmigración. Los dos se gustan desde el principio, pero inicialmente procuran mantener las distancias. Sus respectivas vicisitudes vitales se entrecruzan con las de otros inmigrantes africanos que buscan salir adelante en medio de un ambiente hostil.

Esta película bien podría haber sido en realidad la precuela de la famosa Intocable, pues Intocable podría haber empezado donde Samba lo deja. Es verdad, eso sí, que esta historia se centra más en la parte dramática que en la cómica.

Aunque un poco larga (dura unas 2 horas), a mí no me desagradó, aunque me consta que a alguno de los espectadores presentes conmigo en la sala no le gustó demasiado.

Perdiendo el Norte es una entretenida película española que aborda, en tono de humor, la situación de tantos jóvenes con formación universitaria que, ante la situación actual de crisis y recortes que afectan a España, han decidido trasladarse al extranjero -aquí a Alemania- para tratar de encontrar un trabajo acorde con su preparación.

Hugo, licenciado en Empresas, y Braulio, biólogo, deciden tras haber visto por televisión a un emigrado a Alemania pregonando las virtudes laborales de aquel país, desplazarse a Berlín para tener allí el futuro que se les niega en su tierra. Pero lo que en un principio parece el país de las oportunidades muestra pronto una realidad bien distinta de la imaginada: en vez de trabajar en una gran empresa, terminan como dependientes de un local de comida turca donde se ocupan de las fritangas. Pero allí traban amistad con otros españoles: con un “camello” al que las drogas le han hecho mella; con la hermana de éste, de la que Hugo, que tiene a su novia esperándole en España, termina por enamorarse; y con la pareja del dueño turco del local, que está desesperada por tener un hijo. También conocen a alguno de aquellos veteranos emigrantes que marcharon a Alemania en los años 60 y que luego decidieron quedarse allí.

Película entretenida y con buenos golpes de humor, explota poco para mi gusto lo que podría haber sido su principal filón (el contraste cultural entre España y Alemania), y decide centrarse en un repetido esquema argumental “tipo enredo” muy utilizado ya en el cine español.

Un tostón insoportable es Puro vicio, una larga película de la que sólo puedo destacar el papel que interpreta Joaquin Phoenix: el de un investigador privado de los años 70 (con las típicas patillas de época) que se pasa todo la película colocado y fumando porros.

Sus psicotrópicas investigaciones de un caso pronto conectan a su exnovia, al amante de ésta, a unos neonazis estadounidenses, a unas chupadoras de coños, a un policía llamado Pies Grandes, a un misterioso barco y a 20 kilos de coca. Y no me enteré de más porque era tan lenta y tan terriblemente aburrida que me quedé varias veces dormido en la butaca. Pero no se crean, porque lo peor es que cuando me despertaba, tenía siempre la sensación de no haberme perdido nada.

En fin, que con respecto a la peli, que cuenta, sí, con muchos innecesarios personajes y muchos nombres -lo que favorece, sin duda, que no entiendas prácticamente nada-, me falta únicamente decir, para terminar, que algunos de los espectadores abandonaron la sala pasada la primera hora (el metraje dura más de dos horas), pero que yo, a pesar de dormirme, aguanté estoicamente hasta el final.

Sacada de la parrilla televisiva con la que Antena 3 nos ameniza las tardes del fin de semana y exportada a la cartelera del cine, encontramos Obsesión, la última película de la actriz y cantante Jennifer López, en la que interpreta a Claire, una profesora de Literatura madre de un hijo adolescente y que se ha separado recientemente de su marido, quien, no obstante, trata de reconciliarse y volver con ella.

Pero un buen día, a la casa de al lado se muda Noah, un joven, apuesto y aparentemente culto (parece que le gusta, sobre todo, La Ilíada, de Homero), que no tarde en establecer amistad tanto con el hijo de Claire como con ella misma. Y lo que comienza siendo roce pronto se convierte en más que cariño, porque una noche, aprovechando que Claire se ha tomado un par de copitas de más, Noah aparece y la seduce, y le mete el churro.

Cuando ella, se despierta, sin bragas, reconoce que todo ha sido un error, pero el joven, que en realidad está como una puta cabra, no cejará desde entonces en su intento por hacerla suya, aunque tenga que matar a su exmarido y al tordo de su hijo. Noah acecha a Claire, se apunta a las clases de instituto que imparte ella, amenaza incluso con hacer público el vídeo que ha filmado cuando le estaba dando mandanga…

Y querría, por último, decir una cosita más sobre esta Obsesión, porque me gustaría hacer “mención de honor” de un personaje de la película, una chica rubia que regenta una ferretería y de la que el hijo adolescente de Claire está profundamente enamorado.

En un principio el mocete no se atreve a abordarla en la tienda, y ella también se muestra más bien tímida, modosita. Pero gracias a los consejos de Noah, el chico logra vencer su inicial timidez y consigue que ella sea su acompañante en el “Baile de Otoño”, o algo así (bueno, en cualquier caso, uno de esos bailes de instituto tan del gusto de los estadounidenses). Y ya es en el baile donde les vemos a los dos churumbeles, y él le regala una hermosa flor a ella, que, como digo, se muestra tímida, sencilla, apocada, romántica…

Pues bien, la siguiente vez que aparece la joven, la vemos de noche en el piso de Noah, en pelotas, bajando al pilón del otro pirao, chupa que te chupa, y todo ello mientras la pobre madre del romántico adolescente contempla todo el espectáculo desde la ventana de la casa de al lado. No sé, quizá la moraleja de todo esto es que a una ferretera, por muy modosita que sea, le enseñas una buena Black and Decker… y ¡se acabó Triana!

Aprovecharé también para mencionar algo sobre un clásico: Blade Runner, película de Ridley Scott estrenada en 1982, pero que acudí a ver al cine cuando la reponían en versión original subtitulada.

En ella se nos presenta a Deckard, un policía del futuro cuya misión es eliminar a los llamados “replicantes”, seres artificiales exactamente iguales a los seres humanos salvo por las reacciones que tienen ante determinadas preguntas y por su limitado tiempo de vida (4 años). Los replicantes, que se producen industrialmente, están siendo empleados como esclavos en colonias que el hombre del futuro ha creado en el espacio interestelar; pero la sublevación de algunos de ellos ha llevado a las autoridades de la Tierra a tomar la decisión de que todos aquéllos que consigan llegar a ésta sean eliminados.

Y precisamente de ello se ocupa Deckard, el protagonista, un personaje solitario, algo alcoholizado, habitual del Barrio Chino de una futurista ciudad de Los Ángeles, y que, además, termina enamorándose de una replicante. Sus peripecias se entrecruzan en el argumento con los intentos de algunos de estos seres por alargar su vida y localizar al que fue su “creador”.

Lo primero que llama la atención de esta película de culto es que el futuro al que nos remite, el del año 2019 (que ya está a la vuelta de la esquina) no tiene pinta de que vaya a corresponderse precisamente con el que se imaginaba para el film. En Blade Runner encontramos una ciudad de Los Ángeles en que siempre es de noche y siempre está lloviendo; alguna vez vemos la salida del sol, pero en las siguientes escenas ya es otra vez de noche, y continúa lloviendo. Hemos de presuponer que para ese futuro imaginado, para el que quizá deberían haber dado algo más de plazo, el cambio climático ha hecho auténticos estragos en California. Para esas fechas el ser humano ya ha conquistado el espacio que se extiende más allá de la Luna y ha establecido lejanas colonias, algo que tampoco parece que vaya a ocurrir en los próximos cuatro años.

En relación con todo ello, y por encima de todo lo demás, quiero destacar la extraña estética de la película, el paisaje urbano en el que se desarrolla la acción, siempre, ya lo he dicho, oscuro, nocturno, con una incesante lluvia. Contemplamos cómo la población se hacina en infinitos, por largos, bloques de pisos, salpicados de luces de neón, cubiertos de enormes mensajes de publicidad en japonés o de anuncios de Coca-Cola. Los coches más futuristas son casi naves espaciales y se mezclan con los más vetustos, que todavía circulan con ruedas por amenazantes callejones poblados por exóticas tribus urbanas. El cosmopolitismo y la mezcla de razas definen la vida en esta ciudad de Los Ángeles del futuro, un caos de estrafalarios transeúntes, donde se han impuesto las modas más variopintas y oscuras gafas de sol con luces parpadeantes. Observamos gigantescas pirámides metálicas empotradas en la urbe, a las que se accede por ascensores exteriores; llamaradas de lo que suponemos que son enormes instalaciones fabriles y que iluminan de manera apocalíptica el cielo nocturno. Estas últimas nos ofrecen una visión que, particularmente, a mí me recuerda el aspecto que presentan las instalaciones de Solvay en plena noche cuando uno circula por las cercanías de Torrelavega.

Por último, tenemos también el Barrio Chino, igual de extraño y más exótico, lleno de tiendas tradicionales donde parece posible comprar de todo, desde comida rápida oriental a seres creados artificialmente…

Y es con esta estética, con estos ambientes semiapocalípticos, con lo que, sobre todo, me quedo de la película, más que con el argumento (en el que incluso se puede echar en falta algo más de acción) o con sus implicaciones filosóficas.

Creo apreciar que la actual moda de versionar en películas los cuentos tradicionales (¡ya no sé cuántas versiones de Blancanieves he visto!) corre en paralelo a la de los remakes y secuelas de antiguas películas que fueron auténticos clásicos. Pues bien, como parte del primer caso citado, se ha estrenado Cenienta, dirigida por Kenneth Branagh y producida por la factoría Disney.

Una vez más, asistimos a la historia de aquella hermosa, generosa y sensible joven que, al quedarse huérfana de madre y padre (por este orden), termina convertida en mera sirvienta de su madrastra y de sus estúpidas hermanastras, que la someten a continuos malos tratos. Pero un día, Cenicienta escapa al bosque y conoce por casualidad al príncipe del reino y, claro, se enamoran. Luego, supongo que también lo saben, ambos se separan, pero él, para poder volverla a ver, convoca un gran baile al que invita a todas las mujeres del reino y al que Cenicienta acude bajo un los efectos de un hechizo. Sin embargo, la joven debe marcharse de la fiesta antes de las doce de la noche, y al huir pierde uno de sus zapatos de cristal. La historia es de final feliz: el príncipe decide ir probando el zapato a todas las mujeres del reino hasta encontrarla. Al final se casan y “colorín colorado”.

Nada nuevo -como verán-, no puedo decirles que la película esté mal hecha (ya me habría gustado a mí que la de Into the woods hubiese sido la mitad de entretenida que esta Cenicienta). Pero, bueno, estamos ante una película destinada, básicamente, a los niños.

Entretenida sin más, aunque carente de cualquier acción, y una pura nada cinematográficamente hablando, es Focus, la última película que cuenta como actor con un bien conservado Will Smith. Ahora el Príncipe de Bel Air interpreta a un estafador y ladrón llamado Nicky que dirige a un grupo de delincuentes dedicados al robo sin violencia. Sus actividades comprenden desde el hurto de relojes y bolsos por las calles, hasta las estafas de varios millones de dólares en las apuestas deportivas. Pero un buen día en la vida de Nicky se cruza Jess, una joven y atractiva rubia, también “amiga de lo ajeno”, que pasa a trabajar en su grupo y a mantener una relación con el de Bel Air. Sin embargo, han de separarse hasta que, tres años después, se reencuentran en Buenos Aires, en el entorno de un magnate de la Fórmula-1, que quiere contratar los servicios de Nicky. Y ya no cuento más, por si alguno decide verla, pues contar más sería ya destriparla completamente.

En Mortdecai Johnny Depp interpreta al personaje así llamado, un experto en arte y noble sibarita inglés que, casado con “Gwyneth Paltrow”, es “contratado” por el Servicio Secreto británico (cuyo jefe -“Ewan McGregor- está enamorado desde la adolescencia de la mujer de Mortdacai) para investigar el robo de un cuadro perdido de Goya por el que muchas personas se muestran interesadas y que parece albergar un secreto.

En sus investigaciones, Mortdecai viajará del Reino Unido a Rusia y a los Estados Unidos, siempre acompañado de su fiel guardaespaldas y mayordomo, Jock, en una comedia algo dotada de acción pero que resulta cansina.

Mortdecai me dio la impresión de ser la mezcla de una olvidada película de Pierce Brosnan sobre un ladrón de obras de arte y cualquiera de las últimas películas protagonizadas por Johnny Depp –ustedes, seguro, podrán encontrar muchas otras similitudes y/o influencias-. Y es que Johnny Depp vuelve a interpretar, aunque con otro traje y con un bigotillo de puntas enroscadas, al personaje histriónico y fácilmente graciosete al que nos tiene acostumbrados en sus últimas películas.

Prescindible y olvidable.

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Caballeros, el género de terror ha muerto. Sí, ha muerto. Ya era hora de que alguien hiciese la proclama, largo tiempo esperada por muchos, y me ha tocado en (des-)gracia ser el pregonero. Y creo que lo digo con justo fundamento, porque intentar encontrar ya algo novedoso en lo que al cine de terror se refiere es imposible. Y Babadook no es, como entenderán, la excepción.

Una madre y su hijo pequeño son los protagonistas de esta nueva película de terror con escaso desarrollo en exteriores y en que una entidad monstruosa, con sombrero de copa, chambergo y unas enormes garras en sus dedos, se dedica a acosar a ambos tras la lectura de un misterioso libro. Las visiones de este siniestro y diabólico personaje, que en un primer momento sólo afectan al niño hasta el punto de impedirle dormir por las noches y de trastocar su comportamiento, se trasladan pronto también a la madre que, tras haber perdido trágicamente a su marido y no haberse podido recuperar de este suceso, pierde completamente la estabilidad psíquica y termina poseída por Babadook.

Reconozco que yo esperaba más giros y hasta más exteriores en una película como ésta, que bien podría amenizar nuestras lluviosas tardes de fin de semana en alguna cadena de televisión privada. En lo positivo, el personaje de Babadook está bien creado. La idea de hacerlo aparecer en un cuento desplegable para niños es buena, y también la de incluirlo oníricamente en algunas películas antiguas que, entre el sueño y la vigilia, contempla la madre en sus sucesivas noches de insomnio. Pero en sustos y posesiones no sabe salir de lo convencional y tampoco es, precisamente, digno de reseñar su mediocre y algo absurdo final, ni la desaparición o inclusión espontáneas de algunos personajes que no aportan nada significativo al argumento. Por si fuera poco, bastantes cabos se dejan sin atar, y asistimos a una escena de consolador eléctrico aplicado a la zona vaginera que no viene ni a cuento.

Tenemos (o tuvimos) en cartelera un nuevo biopic, La Teoría del Todo, que es la historia del prestigioso físico Stephen Hawking desde sus años universitarios de doctorado hasta su reconocimiento internacional. Pero debemos tener presente que de Física en la película se habla más bien poco, ya que tan sólo se tratan muy superficialmente algunas de las teorías de Hawking sobre cuestiones tales como los agujeros negros o Dios -sobre éste último, Hawking ha pasado alternativamente de creer en su existencia a negarla-, y se incluyen algunas declaraciones del físico que bien podrían formar parte de cualquier libro de autoayuda.

El argumento gira más en torno a la relación que Hawking mantiene con Jane, su primera esposa, y a cómo esta mujer entregada a su marido se encarga de cuidarlo a medida que avanza la enfermedad que le afecta. De hecho, no está de más recordar que la película se basa en el libro que ella escribió sobre su vida con Hawking.

Reconozco que iba a ver esta película con la idea de ver un tostón soporífero, pero no fue para tanto, y es más: creo que, en general, a la gente que llenaba la sala le gustó bastante. Bueno, como siempre son ustedes los que deciden. Por lo demás, especialmente destacable es la interpretación del joven que hace el papel de Hawking.

Que todos los alemanes no trabajaron en el metro de Berlín durante el nazismo, es algo que parece evidente, más allá de lo que declarase la mayor parte de ellos cuando el país fue derrotado en la guerra y ocupado por los países vencedores. Hoy día, y por lo que me cuentan fuentes muy fidedignas, el tema de qué hicieron los antepasados de los alemanes actuales durante el nazismo no debe de ser, precisamente, uno de los temas más habituales en sus terturlias del café.

Ya han pasado muchos años desde que ese “Baile de San Vito del siglo XX” -así definió alguien al nazismo- fuese derrocado, pero la responsabilidad de los alemanes en aquel régimen y en el Holocausto todavía perdura, pese al intento de pasar página, como un oscuro fantasma que aparece en la imagen exterior que proyecta el país.

Son cada vez menos los responsables de aquellos escalofraintes sucesos que quedan con vida (en todo caso, sí quedan sus descendientes, y en muchos seguramente se habrán formado en las mismas ideas de sus padres o abuelos). Pero piensen por un momento cómo sería la situación nada más terminada la guerra, cuando muchos criminales de guerra volvieron a incorporarse tranquilamente a la vida laboral alemana y pasaron a vivir una vida absolutamente normal. Al menos hasta que los descubrieron…

De esto es de lo que trata precisamente La conspiración del silencio, una película alemana que plantea la labor de un abogado, Johann, quien, de un día a otro, pasa de ocuparse de juicios por multas de tráfico a descubrir criminales de guerra nazis que, como decía, se han reincorporado a la sociedad civil alemana y llegan incluso a disfrutar de la protección de las nuevas autoridades de la nueva Alemania democrática. La película refleja las trabas administrativas que sufre el abogado en sus investigaciones y se centra en el caso concreto de los responsables del campo de exterminio de Auschwitz, hasta el punto de que el protagonista llega incluso a obsesionarse con la figura del Joseph Mengele.

Película aceptable, que no emocionante, y algo larga para mi gusto, habla más de nazis de lo que los muestra, y recupera el tema de la responsabilidad del grueso de la población que, terminado el conflicto, declaraba desconocer todo y no haber colaborado en los crímenes.

En Into the woods se dan cita varios cuentos populares en un amasijo infumable, que, por si fuera poco, viene aderezado con tediosas canciones. Adaptación de un musical de Broadway, en la película una bruja se presenta en casa de unos panaderos y les dice que, si quieren tener un hijo, deben conseguir para ella una serie de objetos mágicos. Éstos, y aquí es donde entran los protagonistas de otros cuentos, pertencen a diversos personajes que, por una razón u otra, se internan en un mismo bosque más que sombrío, “azul”. Y ahí ya… me dormí. Cuando me desperté, el panadero y su mujer habían conseguido los objetos, pero la bruja muere y luego todos tienen que matar a un gigante. Y lo matan, y fin.

Tengo que señalar que lo peor de todo no fue haberme dormido durante la proyección (los varios whiskies que me había trasegado antes sin duda contribuyeron a mi somnolencia), sino que lo más terrible fue haberme despertado algo antes de que acabase la película.

Avisados quedan.

Si pretenden acción o una película bélica trepidante, les recomiendo que no vayan a ver The Imitation Game (descifrando Enigma), que, tal y como su propio subtítulo indica, aborda los intentos que durante la Segunda Guerra Mundial llevaron a cabo los servicios secretos británicos para obtener la clave que permitiese descodificar los mensajes generados por Enigma, esa compleja máquina de encriptado empleada por los nazis.

Para ello se nos cuenta la historia de un personaje real, el matemático Alan Turing (1912-1954), quien durante los años en que las bombas alemanas amenazaban (y destruían) las ciudades británicas, se dedicó a tratar de descifrar los códigos empleados por los nazis. Sin embargo, tras la contienda, una acusación de homosexualidad y la correspondiente condena trastocaron su vida y al parecer pudieron tener que ver con su suicidio.

La película, ya lo imaginarán, se centra así en la vida personal de Turing, en sus rarezas y su inteligencia, y en su relación con sus compañeros de trabajo y superiores; pero poco más.

Tras ver el tráiler, y pese a las buenas críticas, sabía a lo que iba y, evidentemente, al verla, confirmé que no era lo que estaba buscando.

Un auténtico bodrio es Blackhat: amenaza en la red, la historia de un hacker (“Thor” = Chris Hemsworth) que, de una cárcel estadounidense pasa a colaborar con el gobierno estadounidense y con el chino para intentar detener a un pirata informático que ha hecho explotar una central nuclear en la República Popular China y ahora amenaza otros intereses.

Aburrida y escasa de acción, el desarrollo se focaliza en el lucimiento de palmito de un triste, inexpresivo y aburrido hasta la saciedad Chris Hemsworth, que, no sé en otras películas, pero lo que es en ésta demuestra ser un actor más malo que un dolor de muelas. Y ya está: malísima y aburridísima.

También en ésta me quedé dormido, y también en éste caso debo reconocer que surtieron su efecto los bebedizos ingeridos antes de entrar en la sala. Pero lo peor, igualmente, fue despertarme antes de que terminase.

Y una española: Las ovejas no pierden el tren, la historia de una pareja con un hijo que se traslada desde Madrid a un pueblo de Segovia para iniciar una nueva vida. Ella es una modista con una escuela de moda en la capital y él un escritor sin ideas que, tras un período de crisis existencial y de pareja, encontrará un nuevo sentido a su vida en el mundo rural. En paralelo a esta historia, se nos cuenta también la de otros parientes de la pareja (la de un hermano ya veterano liado con una veinteañera, la de una hermana que vive en otro mundo y que busca al hombre de su vida, la de un padre con demencia o la una madre que parece haberse metido a puta…).

Comedia con escasos golpes de risa y del estilo que ahora prolifera en el cine español (según se ve, hemos aparcado de momento a los curas y la Guerra Civil), muestra todavía como “marca de la casa” alguna que otra teta. En definitiva, Las ovejas no pierden el tren es una película que emplea algo más de dos horas de duración para no contar prácticamente nada y dejar al final historias abiertas.

En cuanto a los actores, para la ocasión parece como si hubiesen recuperado a unos cuantos actores de Primos y a otros pocos de la serie adolescente Compañeros (concretamente, al hermano de Quimi, a El Bacterio y al que llevaba el bar del instituto) para hacer con todos ellos (y algún otro) este cóctel patrio. ¡Ah! Y también sale el amigo de Willy Toledo, el actor Alberto San Juan, del que, sin querer echar más leña al fuego, diré sencillamente que, como actor…, pues Airbag y para de contar. Inexpresivo, poco creíble, poco interesante, poco, en general, de todo.
La entrevista no la pude ver entera. Calculo que me faltaron los últimos 20 minutos, porque no sé si sería debido a un sabotaje a la proyección por parte del líder supremo de Corea del Norte o por otros motivos, pero la proyección -dicen que debido a caídas de tensión- se detuvo en dos ocasiones, y tras la última, y después de una disputa dialéctica entre una encargada y una parte del público, ya no se volvió a proyectar. Sin embargo, vi lo suficiente para poder decir que la película, que parecía resultar atrayente a raíz de los ataques informáticos que hizo Corea del Norte para evitar su estreno, era, sencillamente, mala.

En ella se nos presenta en tono humorístico -a veces no especialmente brillante- la aventura de un presentador estadounidense, uno de los que conducen esos famosos talk shows nocturnos que tanto gustan en el país de Obama, y que, junto a uno de sus colaboradores, tiene oportunidad de realizar una entrevista al líder de Corea del Norte. Sin embargo, todo se complica cuando, aprovechando la ocasión, la CIA les encomienda la misión de acabar el dictador. Y algo más: al llegar a Corea del Norte, el conocido presentador, que empieza poco a poco a conocer al gran líder, termina encariñándose con él. Al final de la película tiene lugar la famosa entrevista, pero aquí una nueva caída de tensión (o un sabotaje de Kim) dio por concluida la sesión.


En Hellraiser el terrorífico Pinhead, de rostro blanquecino, aliento gélido y cabeza claveteada, prometía a todos aquellos que jugasen con la Caja de Lemarchand un viaje de ida a una extraña dimensión donde se mezclaban de manera indistinguible placer y dolor, llanto y gustirrinín.

Ahora, saliendo del género de terror y en un plano más prosaico, se estrena Cincuenta sombras de Grey, inicio de una trilogía basada en un exitoso conjunto de libros destinado al consumo de aquéll@s que buscan nuevas experiencias eróticas en la literatura de corte sadomaso. Y eso mismo que ofrecía Pinhead parece ofrecerle en Cincuenta sombras el egoísta Christian Grey, joven hombre de negocios podrido de dinero, a Anastasia Steele, virginal estudiante de Filología Inglesa que se enamora perdidamente de él tras conocerle en una entrevista de poco más de diez minutos.

Pero lo que ella no imagina en su inicial ingenuidad es que, pese a su intento inicial de mantener una relación “normal”, el Sr. Grey, que ha sufrido algún tipo de trauma en el pasado, no disfruta con el romanticismo, sino sometiendo a las mujeres en sus juegos sexuales. Él es el amo: ata, azota, rompe culos… Y en ese mundo intenta iniciar a Anastasia hasta el punto de tratar de hacerle firmar un contrato donde se recojan todos los apartados que contemplarán sus prácticas. Ella en un principio duda, pero como es lela, al final, se va metiendo en el rollo y, si nos atenemos a sus gimoteos, parece que le termina gustado. Pero es que, además, el nuevo tren de vida a todo trapo que lleva con el Sr. Grey ayuda a soportar mejor todas las vejaciones.

Sin embargo, Anastasia, que está ciertamente enamorada, sigue buscando algo más en esa extraña relación. Al final (SPOILER), todo parece venirse al traste cuando él decide castigarla flagelándole -suponemos que después de haberle hecho incontables perrerías en el ojete- sus sonrosadas nalgas.

Creo, por lo demás, que la película no cumple con los altísimos momentos de lúbrico erotismo que prometía (he visto más sexo en la serie para adolescentes Física o Química que aquí), y, si quieren saber más, tendrán que esperar a la siguiente entrega.

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