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Archive for the ‘Personajes de ayer y hoy’ Category

Una botella de vino blanco,

dos copas de cristal sin usar,

la compañía de la luna,

y la brisa del mar.

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Here I sit in silent caper

waiting for the bogroll paper.

How much more must I linger

before I have to use my finger?

————————————————

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MARIO

Mario abundaba últimamente en soledades. Hacía un año; un año y pocos días, si soy preciso, que no lo veía. No crean que alguna vez me olvidé de él: en ese tiempo siempre traté de enterarme de sus andanzas, siempre mantuve su recuerdo y siempre procuré guardar la memoria de todas las peripecias que pasamos juntos, que no fueron pocas. Siempre tuve en mente conseguir en algún momento un medio de contacto con el que restablecer la comunicación, tener al menos un contacto en la distancia que siempre parecía tan difícil, pues solía cambiar de móvil, estropearlo y perderlo; no debía de disponer de teléfono en casa; dudo que tuviese ordenador, y sé que no manejaba con soltura las nuevas tecnologías. Lo cierto es que pospuse retomar nuestro contacto demasiado tiempo. Hoy sé -y me cuesta todavía aceptarlo- que nunca más lo veré, que nunca más volveremos a estar juntos. Como pasa tantas veces, uno nunca cree que tales cosas, la muerte, le puedan pasar de manera tan repentina a la gente que conocemos, a nuestros seres queridos.

Si empiezo por el principio, debo decir primero que lo conocí el año que me incorporé, creo que al mismo tiempo que él, a uno de los muchos institutos de Secundaria que hay en Cantabria. Supe luego, por propia boca de él, que anteriormente había estado en los institutos de Reinosa y de Muriedas, y creo que también en el Santa Clara y en el Torres Quevedo. Llevaba ya años en la docencia y, además, frecuentaba en la hora de comer la compañía ocasional del secretario del instituto que estaba al lado del nuestro. Fue a partir de mi segundo año cuando mi relación con él se volvió más íntima, casi diaria, hasta el punto de llegar a relatarme algunos de sus sueños, de compartir conmigo algo de su íntimo mundo onírico.

Por los datos de que dispongo, Mario Rolando Puente Ramón nació en Buenos Aires, hará algo más de medio siglo. Al parecer, una de sus abuelas era indígena (de hecho, creo que me llegó a enseñar una foto de la misma). En Argentina, donde estaban sus padres y su hermana (de los que me habló muchas veces), llegó a conducir durante su juventud su propio coche, un Seat 600, y aquí, en Cantabria, yo lo conocí manejando un Renault Scenic de color marrón, con el que debía de sufrir frecuentes accidentes circulatorios. Algo excéntrico, despistado, algo pesimista, se definía como trotskista y no se cansaba de repetir que “Gamonal es el camino, sí”, especialmente en los días más caldentes de aquel conflicto callejero burgalés. Siempre fue un rebelde. Con causa o sin ella.

Había llegado a España hacia finales de los años 70, previo paso por Estados Unidos, junto a una compañera de aventuras revolucionarias, y tras conseguir escapar ambos de la dictadura militar de Videla, de la que fue preso y en la que llegó a perder a varios compañeros, se instaló primero en Madrid, donde estudió Bellas Artes, y donde montó con unos amigos un local de éxito en los años 80, El Barberillo de Lavapiés, hoy ya desaparecido, pero cuya ubicación tuve ocasión de localizar en una de mis últimas visitas a Madrid. Y es que, preguntando, la gente todavía se acordaba de aquel Barberillo que existió un día en una transversal de Lavapiés. Mario me confesó que lo vendió en cierto momento, a pesar de que le funcionaba muy bien.

Me consta que por su vida debieron de pasar bastantes mujeres, y, si no recuerdo mal (y puedo perfectamente estar recordando mal), fue precisamente la relación con una de ellas la que lo trajo a Cantabria, donde él también tenía algunos parientes en Laredo. Tras su estancia en Reinosa, había comprado junto a su pareja francesa de entonces una casa en Hoz de Anero, lugar que no debía de gustarle demasiado y donde su carácter independiente (algunos dirán que difícil y hasta autodestructivo), debió conducirlo, ya lo dije al principio, a abundar últimamente en soledades.

Porque, sin duda, Mario tenía sus defectos, pero yo me quedé y me quedaré siempre con sus virtudes: gozaba de buen sentido del humor y era inteligente, ingenioso, culto, buen conversador, buen dibujante y presupongo, buen pintor, porque lo cierto es que nunca me quiso enseñar su producción artística, pero tuve la suerte de comprobar, en una especie de despiste por su parte, su habilidad para el dibujo. Muchas veces me prometió uno de sus cuadros.

En sus últimos años él mismo reconocía que sus pinturas le salían “negras”, “oscuras”, “lúgubres”, “tétricas”. Pintaba por las noches, y no dormía bien (“¡No dormí nada en toda la noche!”, o “¡No pegué ojo en toda la noche!”, le escuché varias veces). En esas horas sin sol debía de ser cuando cogía con más ganas esos cigarrillos marca Nobel que fumaba (aunque no tenía costumbre de hacerlo ni por la mañana ni al mediodía). Le gustaban la cerveza, el orujo de hierbas y llenarse las copas de vino hasta cerca del borde cuando llegaba la hora de la comida. Según él mismo me confesaba, le agradaba “conversar con gente inteligente”.

En alguna ocasión me propuso ir de viaje con él a Argentina, pero, a excepción de una única vez en que lo vi sujetando una pancarta en una manifestación por la Educación Pública en Santander, nunca coincidimos fuera de Camargo. En aquella manifestación en que lo vi estaba como pez en el agua, como si recordara sus años mozos más contestatarios, y miraba y sonreía con cierta picardía a una joven desconocida que, a su izquierda, mantenía también la pancarta.

En el bar de Begoña solía tomarse durante sus descansos unos croissants con relleno salado (¿de jamón y queso?, ¿vegetal?), y no era nada extraño ver por allí, en diferentes momentos de la mañana, pegado a la barra, a un joven emisario suyo pidiendo una Coca-Cola para subírsela a Mario, porque “le ha bajado la tensión”.

Gustaba igualmente de ir a comer a Las Portillonas (yo siempre sentí que prefería este restaurante al, también estupendo, Señor del Jamón, al que, asimismo, acudimos en numerosas ocasiones y en el que después de la comida apurábamos un chupito de licor antes de salir por la puerta.

Mario no era realmente de comer mucho, y el apetitito solía pasársele frecuentemente, pero recuerdo que en Las Portillonas me invitó a un riquísimo chuletón, y allí pude contemplarle -repetidas veces- “destripando” un plato de sulas, de las que decía que no sabía comerlas bien.

Por dos ocasiones al menos fuimos a comer al restaurante italiano junto a las vías del tren de Maliaño. En él hablábamos con el dueño, napolitano o, más probablemente, siciliano, que era muy agradable y atento. En ese mismo pueblo con aspecto de urbe, otro día Fernando y yo estuvimos esperando, ansiosos y finalmente desesperados, a que Mario nos contase, en la mesa de la terraza del bar La Estela, cómo terminaban los personajes de una interesante historia que había leído o visto por televisión. Nunca sabremos ese final.

Y luego, por supuesto, estaba el Villa María, con su magnífica terraza, local con el que siempre lo asociaré, donde hacía sus escapadas mañaneras y donde llegamos a pasar en numerosas ocasiones el mediodía y buena parte de la tarde, tomando algo junto a la barra o en la terraza, y hablando con las camareras, y con Clemente, el jefe, que ofrecía en su carta buena carne (Mario, que de carne de ternera sabía, lo había constatado), pero que en sus confusas operaciones matemáticas mentales para calcular el resultado de la cuenta nos daba la sensación de que tendía a cobrarnos lo que le venía en gana.

En el Villa María, Mario conocía ya a varios de los clientes habituales; y fue en la terraza del bar, junto a la puerta, donde un joven uruguayo cuyo nombre ahora ignoro y con el que coincidimos en un par de ocasiones (¿tal vez era profesor de Educación Física en un colegio?) nos citaba frases de Mario Benedetti. También fue en la barra de ese bar donde una joven camarera rumana, que terminó desapareciendo de allí un buen día sin dejar rastro, negó varias veces a Mario, y donde aquella otra camarera, esta vez paraguaya (sí, la de la surrealista ensalada de sobao), trataba de vacilarnos a ambos y se metía con nosotros. ¡Mira que te costó, Mario, sacarme allí esa foto con la cantante de Azúcar Moreno, que iba aquella noche a dar un concierto en Maliaño! Y luego estaba aquel otro cliente, ya algo mayor, que nos enseñó que tenía, si no me equivoco al recordar, la foto de Franco metida en la cartera.

Mario me contó tantas anécdotas…, anécdotas que es mejor no revelar. Ellas tienen que quedar en mi memoria y en la de quienes lo conocimos, permanecer en mi cabeza, y modificarse, falsearse y desaparecer en ocasiones, a medida que pasa el tiempo. Le tengo que agradecer, además, el que me enseñase algunas expresiones argentinas, desde “trolo”, hasta “cornelio (estrada)” o “feca con chele” (“porque los argentinos suelen darle la vuelta a las palabras”), y tantas otras que ya he olvidado (me viene ahora “lunfardo”, que puede que también él me enseñase).

Un día le dio por cambiar de aires, por escapar de esta región y trasladarse lejos, a Ceuta o Melilla. Pero sólo fue una idea que se le cruzó por la cabeza y que terminó por abandonar, entre otras cosas, porque siempre se le pasaban los plazos para solicitar en la administración los correspondientes traslados.

Me confesó en alguna ocasión la gran ayuda que para él había supuesto la Literatura: “La Literatura me salvó en un momento de mi vida”, creo que fue la expresión exacta que utilizó. Sin duda, Mario había sido un buen lector. Sé que le gustaban Horacio Quiroga (de cuyo relato “La gallina degollada” llegó a hablar a sus alumnos en clase); Alejo Carpentier (es memorable la narración que Mario me hizo de uno de sus sueños nocturnos, que versaba sobre el 2 de mayo en Madrid y que estaba inspirado precisamente en un relato de este autor); Chéjov… Yo le hablaba en ocasiones de Borges y de Macedonio Fernández. Y también me viene a cabeza ahora aquel libro, ya algo antiguo y cerrado con unas simples gomas, que llevó un día al trabajo y me enseñó con tanto cariño. Creo que eran los Caligramas de Apollinaire.

En Música le debo La Bersuit y a su cantante, El Pelado Cordera. Pienso que prefería, en todo caso, la música con letra en español a la música anglosajona.

Un día tuvo la intención de hacer una salida extraescolar a Bilbao para ver el Guggenheim, con los chavales y conmigo como acompañante; pero las circunstancias del momento no se lo permitieron. También me comentó que contaba conmigo para hacer una exposición de arte en el centro en la que participarían los alumnos, y para que fuese un día a su clase a dar una charla sobre el mundo del cómic. Pero todas estas ideas se quedaron finalmente en el tintero.

En lo ideológico, Mario seguía una particular línea combativa, de tintes algo antisistema: hacía todas las huelgas que se convocaban y seguía definiéndose como hombre de izquierdas y rebelde. La idea de llevar a cabo la revolución, el tipo de revolución que fuera, por poco definida u organizada que estuviera, siempre le resultó atrayente. Eso, la revolución, y su querido Trotski.

Ahora no recuerdo haber hablado nunca con él en profundad sobre asuntos de religión o sobre sus creencias personales, más allá de comentar que el nuevo papa Francisco, que había resultado elegido, era argentino. Tal vez podía percibirse en él cierta tendencia al ateísmo y, al mismo tiempo y de manera curiosa, un atisbo de creencia en Algo.

Puedo decir que fue un amigo con el que siempre tuve afinidad, con el que siempre disfruté conversar, con el que pasé muchísimos gratos momentos. Mario era especial, en muchos sentidos, y no gustaba de la compañía de cualquiera. A mí, quiero decirlo, sé que me tenía aprecio.

Mario Puente Ramón falleció a mediados de septiembre de este 2015. El último día que pasé con él, hace poco más de un año, me dijo que ése “era el último día que nos vemos”, y, lamentablemente, no se equivocó. Mario murió hace escasos días, y algo que pensé que no pasaría -que no volvería a verle- se ha convertido en una triste certeza.

Se van los grandes, y, con ello, el mundo que queda, el que éstos dejan atrás, me resulta cada día un poco más insulso, más ordinario y anodino, más mediocre.

Siempre te recordaré, amigo mío.

Descansa ahora en paz.

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Un amigo me recordó hace algunos meses el caso de lo que llamaré “El bisonte de Sieso”, y de él quiero tratar precisamente en esta entrada del blog.

Ejemplos de publicidad subliminal podrán encontrar a miles en todas las partes del mundo y desde hace muchas décadas. Y Cantabria no ha sido en ello la excepción, aunque cierto es que desconozco si se han dado en esta pequeña región más episodios como el que vamos a presentar a continuación.

Sí, amigos, muchos recordaréis aquel “famoso” caso; lo que muchos creen que fue la utilización de una imagen tomada de la propia Prehistoria regional para inculcar, más o menos subrepticiamente, una tendencia política determinada. Pero que nadie se confunda ni quiera ver un sesgo político concreto en esta entrada, porque todos los partidos políticos, de todo signo, recurrieron, recurren y recurrirán a la manipulación, si con ello pueden asegurarse un puñado de electores. Pero en este caso -una vez más- le ha tocado al PP.

En su día (hace ya algo más de 15 años) se hablaba en Cantabria del supuesto secuestro de un número de la revista Interviú en el que se hablaba en uno de sus reportajes del “lado más oscuro” del que entonces era alcalde de Santander, Gonzalo Piñeiro (PP), el mismo que habría organizado el preciso día de salir a la luz la revista un “comando” encargado de “saquear” los kioscos de Santander con el fin de evitar que los ciudadanos de la ciudad pudieran adquirirla y enterarse de sus chanchuchos.

Y fue también por aquellas fechas en que José Joaquín Martínez Sieso (PP) era presidente de Cantabria, cuando comenzó a circular entre la población un logotipo publicitario muy particular. Éste consistía en un dibujo de un bisonte -claramente se reproducía de una forma un tanto esquemática el motivo del “bisonte acurrucado” de la cueva de Altamira-. Hasta aquí todo natural, pero es que la peculiaridad del mencionado logotipo recaía en el hecho de que, de manera supuestamente premeditada, algunos de los trazos que conformaban la figura habían sido resaltados. ¿Con qué finalidad? Pues creo que, una vez más, una imagen vale más que mil palabras:

https://amsterdam08.files.wordpress.com/2011/11/sieso.jpg?w=500

La siguiente pregunta, en pura lógica, sería “¿Sirvió para algo a los políticos interesados esta estrategia de publicidad subliminal?”. Pues parece que no para demasiado, pues en las elecciones de 2003 el PP tampoco consiguió -como ya le había ocurrido en las elecciones previas- la mayoría absoluta, y el PRC, que lo había apoyado hasta entonces, cambió sus alianzas a la espera de mayores recompensas, y pactó con el PSC. La conclusión fue que Miguel Ángel Revilla fue nombrado presidente de Cantabria.

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¡Chocho-baby, con mi picha tracatrá!

(M.)

En la madrugada del 31 al 1 de junio de 2015, M. estuvo viendo por la tele (en La 1, para más detalles) una de esas “típicas” películas españolas de alto contenido erótico, una de esas películas, como dice él mismo “de folleteo”, y M. ha tenido de nuevo la deferencia de compartir con nosotros el que, al menos aparentemente, era su complicado argumento.

M., como le sucedía al resto de los asistentes que escuchaban su relato y habían visto la película, no recordaba el título; pero, en todo caso, creo que con los datos que ofrecemos aquí, cualquiera que esté interesado seguro que podrá recabar más información.

Sin embargo, lo que nos interesa en este blog -más allá del título de la película o de quién era su director- es el relato que nos hizo M. del argumento, un relato sazonado frecuentemente con algunos de sus personales comentarios. Y es de todo ello, una vez más, de lo que queremos dejar aquí literal testimonio, especialmente para todos los aficionados a las historias de M., que, como bien sabemos, son ya muchos.

Amigos, les dejo con M.

La película de M

[La película que vi ayer por la noche] era de una chica que estaba liada con uno que era profesor de Literatura. Se iba a casar con él y tal. Y de jaleo en un “paf” de ésos, había un gallo -sadomasoquista de ésos- y le dio tres o cuatro hostias a uno y le espatarró allí y le morreó a la otra, y le metió la mano, bien metida la mano.

Había uno que hacía como de alcahuete y cogió unas pastillas de ésas -como tranquimacines- e iba con el Víctor este a un gimnasio , y en el gimnasio había otro colgao, otro “acérrimo” de ésos, otro sádico, y amenazó al Víctor este, al “literario” este, pero de una manera muy loca: “¡Que te voy a meter de hostias, que te voy a reventar!”, y luego le decía: “¡No te lo creas; que es broma!”, y el otro se lo creía. Se comía las pastillas del otro a puñaos, y luego trago de cerveza, y se le caían por la boca las pastillas -¡como una locura tenía!-.

Después fueron a no sé dónde. Fueron al “paf” donde estaba la otra, y se lió de hostias con el otro y le dejó KO, y le dio con una botella de cerveza en la cabeza, y se dieron de puñetazos y patadas bien. Y cogió una máquina de tabaco y se la tiró a la cabeza al otro y el otro cogió un taburete. Y al otro le dejó y cogió a la tía de antes y se la llevó a un sitio abandonado detrás del “paf” y allí se la folló bien follada: la puso contra un coche y se la metió por atrás, con las manos apoyadas contra el coche, y ella daba unos berridos de la hostia.

Después le llama por el móvil a él una alcahueta y la deja a la otra abandonada y la otra decía: “¿Y me dejas ahora así, como estoy, en lo mejor?”. Y yo estaba viendo la película y me la meneaba.

La alcahueta era una rubia que estaba muy buena -preciosa; era la que mejor estaba-. Y luego había también otra que quería también hacer el amor con el Víctor -“La Caterina” de Sin tetas no hay paraíso (Amaya Salamanca)-. Mostró algo… ¡Unas piernas…! ¡Se me puso a mí la gaita! [gesto masturbatorio de M.]. Y se puso el Víctor a follar con la Amaya Salamanca, y le llama por el móvil la rubia esa, la alcahueta, y la deja por la rubia que estaba con el otro gilipollas (con el loco del gimnasio), y que, como el loco no la quería a ella, quería volver con el “literario”, con el Víctor. Y le dice él a ella: “¡Déjalo! ¡No quiero follar!”, y va (la Amaya Salamanca) y se viste. Y vuelve a llamar la otra, y un rollo de la hostia, y dice ésta: “”Bueno, pues ya me quito la ropa otra vez (la Amaya Salamanca)”, y llama la otra, y un rollo de la hostia.

Luego están a punto de casarse o no sé qué hostias. Y se van a casar, y se casan, y se están en la comida y se besan y no sé qué, y la otra le encuentra con los dos garrulos esos, que se estaban dando por culo -se estaban peleando y luego se liaron (se dieron cuenta de que a los dos les gustaban los hombres)-, y la otra -la novia de Víctor- les pescó dándose por culo, dándose tralla. Y la otra quiso volver con Víctor cuando ya se había casado, cuando ya era tarde. Entonces el alcahuete -que salía en la serie de Física o Química– se quería enrollar con la rubia, pero ella quería a Víctor, y los novios, que estaban casándose…, y se vuelven atrás. Y el Víctor, con la rubia alcahueta, y la novia de Víctor se enrolla con… Me parece que la dejan tirada y no se enrolla con ninguno, ni con él ni con ninguno.

Yo creo que uno de los garrulos aquellos se enrolla con la que era novia de Víctor… Yo creo que así quedó; ¡no sé qué jaleo es!

Una iba con unas medias negras, de dibujo, de encaje, que a mí me puso… ¡¡¡buahha…!!!

Se ve bastante; a mí me puso, me puso a tope, a tope con la COPE, COPE… Tendrían que poner películas de ésas…; más cantidubidubidá.

Estaba de comentarista -acabó la tragicomedia de mala manera- Pepe Navarro, hablando de la película con una, con una gallina que estaba también buena, con unas pintas de quinqui de la Virgen.

Es tan erótica que la tuvieron que echar a la una y pico de la noche, a las dos.

Un día de éstos, cuando tenga dinero, voy a ir a torar, a saltar, como dicen aquí, a torar. ¡Deja a ver! A putas, donde pueda, con una buena gallina.

¡No veas cuántas revistas tengo yo en casa de Penthose y de Playboy! ¡Como 50 revistas!

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Queridos lectores, cuando todos pensábamos que nuestro compañero M. ya no nos ofrecería nuevos relatos de sus estrambóticas peripecias, una tarde como otra cualquiera nos volvió a sorprender, y nos contó que esa misma mañana se había “echao el pantalón”. Y es gracias a su particular amabilidad por lo que podemos traerles una nueva aventura suya al blog. Como siempre, la transcribiré literalmente.

Les dejo de nuevo con M.

Esta mañana me tuve que bajar el pantalón. Me levanté pa´ ir… pa´ hacer…, pa´ ir a eso [al cursillo que M. está haciendo].

Lo había hecho [cagar] en casa bien, y subí ahí, a la Plaza de la Constitución arriba, y me hice un “chiri”. Después, iba ahí fumando y tosiendo y tal…, y dije: “¡Mecagüendiós! ¡Qué ganas tengo [de cagar]! Si llego allí, igual…, ¡no sé qué…! ¡Me lo hago allí!”.

Me metí allí donde las vías, donde la FEVE, yendo allá pa´ donde los gitanos, yendo pa´ Eroski, allí donde las vías. Allí, entre las hierbas, entre los plumeros, metí el culo entre las hierbas y allí lo hice [cagar], y salía todo agua, todo líquido. Y cuando me levanté se me quedó una hierba de plumero trabada en el culo, y pensé que me cortaba. Me subí el pantalón y me marché. No me limpié porque como había allí hierba…, ¡por si me corto!

Pasaba algún coche, pero yo estaba a lo mío. ¡Si me ven, que me vean! ¡Lo que hago es lógico! ¡No me estaba haciendo allí una paja! ¡Estaba cagando! ¡Lo pide el cuerpo!

Para mí que fue la naranja que comí anoche. Por la mañana lo había hecho [cagar] antes. La naranja me la comí después [de cagar -en casa-]. Eran naranjas buenas. ¡No me he comido naranjas mejores que ésas!

Después fui al baño del cursillo, y pa´ limpiarme gasté como un metro de papel o más, ¡mucho más! ¡Y venga a sacar papel mancha´o!

No atasqué el baño: ¡tenía buen sifón; buena cisterna!

M. ECHA PANTALÓN

Gracias de nuevo, M.

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Fue durante mis años de colegio cuando tuve la fortuna de tener a quien fue ciertamente una buena profesora de Lengua y Literatura. Se llamaba (y llama, por lo que sé) Cristina, y la recuerdo ahora con lejano cariño y sincera admiración.

Admiración porque con ella aprendí mucho, mucho más de lo que pude aprender después sobre los rudimentos y entresijos de la lengua española y sobre el arte de la Literatura.

Sería en octavo curso, si es que no fue el séptimo, cuando Cristina nos mandó aprender un poema, un poema que era de Neruda y que, pienso, fue el primer poema que aprendí de memoria y que fui capaz de recitar -tal vez- en público.

Quizá porque aquella época de la vida marca en gran medida lo que somos hoy, y también porque son francamente hermosos, tanto por este poema como por aquel otro de Machado, ya reproducido en el blog y en el que el autor “sueña caminos de la tarde”, siempre he sentido un cariño y una nostalgía muy especiales.

Y es porque quiero dejar constancia escrita del mismo y compartirlo con todos ustedes, queridos lectores, por lo traigo hoy a este modesto espacio de la Red aquel poema de Neruda, aquel poema que, consciente e insconscientemente, siempre ha estado ahí.

Disfrútenlo, pues, como todavía, pasados ya tantos años, lo disfruto yo.

Para que tú me oigas…

Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.

Collar, cascabel ebrio
para tus manos suaves como las uvas.

Y las miro lejanas mis palabras.
Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.

Ellas trepan así por las paredes húmedas.
Eres tú la culpable de este juego sangriento.

Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú, todo lo llenas.

Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.

Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
para que tú las oigas como quiero que me oigas.

El viento de la angustia aún las suele arrastrar.
Huracanes de sueños aún a veces las tumban.
Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.

Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.

Voy haciendo de todas un collar infinito
para tus blancas manos, suaves como las uvas.

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