Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Personajes de ayer y hoy’ Category

Resultado de imagen de strongbow

(Espacio patrocinado por sidra Strongbow.)

—————————————-

¿Quién sabe dónde estará hoy Richie?

En la última etapa de la Celtic´s Tavern de Santander conocí a Richie. Esa última etapa sería, para mí, la comprendida entre los años 2007 y 2009, aproximadamente, cuando ya muchos de los extranjeros que solían parar ya no iban y cuando lo que fue el frenético ritmo de vida del local se había ralentizado hasta  convertirse en una especie de pálido reflejo de sus años de esplendor inmediatamente anteriores.

Como digo, fue en esa etapa de la Celtic´s Tavern cuando conocí a Richie, un inglés bastante convencional, con el aspecto de un gran oso pardo asilvestrado, en lo alto como en lo ancho. Llevaba muy corto su pelo castaño -casi rapado-, y su hocico estaba decorado con una perilla también castaña y bien cuidada. En ambos brazos sendos tatuajes completaban la estampa: en uno, un gran escudo del Middlesborough (su equipo de fútbol), y, en el otro, la Cruz de San Jorge (emblema de Inglaterra).

No era extraño encontrarse en ocasiones a este tipo de personajes en aquel bar, del que Richie, durante algunos meses, se convirtió en cliente habitual.

Pues bien, cierto día, al que podríamos llamar el “Día de Autos”, yo  había acudido  por la tarde-noche a la Celtic´s Tavern, y me había encontrado  allí con Esteban, un amigo argentino con el que habitualmente coincidía en ese local cierto día de la semana.

Mi amigo y yo nos situamos junto a la barra, perpendicularmente a Richie, que, cuando llegué, se encontraba cerca de la puerta.

Richie nos había llamado la atención, y sobre él conseguimos recabar del camarero algunos datos que el lector deberá tener por importantes para la adecuada comprensión de lo que viene a continuación.

  • ¡Se ha tomado ya quince pintas de sidra!, nos dijo el camarero, dejándonos a mi amigo y a mí con una evidente cara de sorpresa.

No recuerdo cómo, pero lo siguiente que sucedió fue que nuestro amigo Richie se nos unió y continuó a nuestra vera “dándole que te pego”. Mi amigo argentino se decidió al poco por pedir un Fernet, y, claro, Richie, como buen castaña inglés que era, lo quiso probar.

Hasta ahí todo marchaba bien, pero todo se empezó torcer  desde el instante en que Richie quiso continuar su particular fiesta tomándose un par de “whiskolas”, porque desde ahí se empezaron a manifestarse ciertos “efectos” que presagiaban lo peor.

Richie primero se motivó – hecho ya un auténtico Cristo, como estaba-  a echarle un pulso al compañero argentino. El inglés haría fuerza, algo de fuerza -no lo dudo-, pero ya antes de empezar el duelo parecía claro que él no iba a ser el ganador.

Las condiciones físicas, y me atrevería a decir que hasta síquicas, de Richie empeoraban por momentos, sobre todo cuando comenzó a bailar, balanceándose pa´lante y pa´trás, con cierto descontrol de sus extremidades.

Y ahí, justo en ese momento, se produjo el punto de inflexión: Richie ya no era el Richie que conocíamos; era “otra cosa”. Todos los vapores le habían subido de golpe, y, cuando me quise dar cuenta, estaba ya en caída libre de espaldas hacia el duro suelo, en todo su esplendor de oso británico, hasta terminar aterrizando.

Ayudar a levantarle me deparó una trágica visión, porque, al alzarle, apareció por sorpresa debajo de Richie una pobre chica sobre la que todo aquel mazacote se había desplomado hasta hacerla desaparecer.

RICHIE

A esas alturas la mente de Richie ya estaba ausente: lo que quedaba de su cerebro racional era tal vez un residuo que le permitía únicamente ejecutar algunos movimientos simples y emitir  escasos sonidos semi-desarticulados en una lengua que se parecía al inglés.

La situación planteada era compleja para él, por lo que decidí acompañarle entonces a buscar un taxi que lo llevase a casa, Sin embargo, esta tarea no estuvo exenta de grandes dificultades: ya nada más salir del local, Richie se lanzó a correr sin sentido  para perderse en lo profundo de la noche santanderina. Cuando por fin conseguí dar con él, lo agarré y lo conduje a una de las paradas de taxi del Paseo Pereda, donde, por fortuna,  había alguno que estaba disponible.

Pero los problemas fueron en aumento. Yo mismo abrí la puerta del taxi, metí dentro al inglés como buenamente pude y le pregunté a Richie por la dirección a la que debían llevarle. Traté realizar esta operación con un poco de celeridad, para que el conductor no se diese cuenta del lamentable estado en que se encontraba. Pero cometí, al tiempo, un error estratégico al decirle al taxista que lo llevase a casa porque “mi amigo no se encuentra bien”. Entonces, Richie balbució algo (¿quizá la dirección de su casa?), y ahí el taxista, que se dio cuenta del percal, reaccionó…

  • ¡No le llevo! ¡Dile que no le llevo!, dijo el taxista.

NO tuve más remedio que traducirle aquellas indicaciones al pasajero, que, totalmente ebrio, no parecía estar dispuesto a hacer caso, y se mantenía sin levantarse del asiento, manifestando así que quería que le llevasen.

En ese momento, el taxista se volvió a dirigir a mí con mucho más énfasis -se notaba que ya empezaba a estar cabreado y, diría, hasta temeroso de la situación-.

  • ¡¡¡Que no le llevo!!! ¡¡¡Dile que no llevo, mecagüendiós!!! ¡¡¡Que no le llevo!!!

Y Richie permanecía allí apoltronado, sin hacer ademán de salir.

  • ¡¡¡¡¡Que no te llevo, mecagüendiós!!!!! ¡¡¡¡¡Que no te llevo!!!!! ¡¡¡¡¡Que se baje!!!!!

Aquello tenía toda la pinta de que iba prolongarse, pero, de pronto, el taxista abrió su puerta, salió del coche y se dirigió a la puerta trasera, la abrió y le invitó de salir.

Yo trataba mientras de convencer al inglés, hasta que, al final, pareció entender que ese taxi no iba a salir para ningún lado y se bajó del coche. A continuación se encaró con el taxista, y pude distinguir en su balbucir algunas palabras malsonantes en inglés y una actitud por su parte ya bastante agresiva. El taxista, por su parte, regresó al coche, cerró la puerta y se marchó.

RICHIE 2

Le dije entonces a Richie que deberíamos buscar otro taxi. Pero, de nuevo, Richie volvió a escaparse corriendo por las calles de Santander, y yo salí detrás de él. No recuerdo exactamente el recorrido que hicimos en esa “persecución”, pero nunca olvidaré verle delante de mí, desplazándose como un enorme orangután que acabara de escaparse de un zoológico. Y recuerdo también que finalmente terminamos en otro local, hoy desaparecido: La Taberna del Duende Zahorí. Richie entró en ella, se desplomó hasta conseguir sentarse en un banco que había en el lateral derecho. Y, pese a que sus ojos estaban casi cerrados, desde su posición sedente comenzó ahora a mover sus brazos y sus manos intentando alcanzar alguno de los culos de las chicas que se encontraban a su alrededor.

En defensa de las chicas -bastante mosqueadas- acudieron entonces los que supongo que eran sus maromos, que estaban todavía más mosqueados si cabe, y fue uno de ellos el que se encaró con Richie, que, aunque sentado y sosegado en ese instante, al ver que alguien se le ponía delante y le increpaba, se levantó de pronto como un resorte, para cargar a continuación su brazo. Richie iba a comenzar a repartir. Yo intenté poner freno a aquel asunto que se estaba descontrolando por segundo. Me preguntaron si era mi amigo, y yo me disculpé en nombre del inglés por lo sucedido, lo cogí del brazo y lo saqué de allí.

Y entonces, y ya por tercera vez, Richie volvió a lanzarse a correr, sin rumbo aparente, por las calles de Santander, y fue ahí cuando perdí ya toda esperanza.

Hasta aquí el relato comprende lo que yo mismo viví en primera persona; sin embargo, lo que viene a partir de aquí, el final de la historia, me contaron otros testigos, y yo ya no lo presencié.

Estos testigos, absolutamente fidedignos, me dijeron que Richie volvió a la Celtic´s Tavern, se metió al baño (donde, lógicamente, debió de potarlo todo), y se tumbó en el suelo del local, y sobre el mismo se quedó dormido.

Cuando echaron el cierre, RIchie todavía permanecía allí tendido. Pero llegó la hora despertarlo, y los encargados del bar procedieron a ello frotándole unos hielos por la cara. Al “recuperar la conciencia”, continuó balbuciendo, y, cuando se procedió a preguntarle por la dirección de su casa para que lo llevase un taxi (aquí se puede apreciar cómo la historia el tiene cierto carácter circular), él solo atinó a sacar una tarjeta de alguno de sus bolsillos en la que se leía “NORWAY” (Noruega).

A Richie creo que solo volví a verlo una vez más. Le pregunté cómo estaba después de lo acontecido, pero se limitó a decirme que estaba bien.

Tal vez para él todo aquello fue, simplemente, una borrachera más de las muchas que se pillaba.

Read Full Post »

Resultado de imagen de enrique iglesias santander  concierto

Vaya por delante que no soy seguidor de Enrique Iglesias. Sí conozco algunas de sus canciones y, bueno, ni me van ni me vienen demasiado pero, en cualquier caso, acudí al único concierto que el “cantante” daba en 2017 en España, en los Campos de Sport del Sardinero de Santander.

Añadiré también que soy de los que en su día escucharon aquellas grabaciones salidas a la luz pública en las que Enrique Iglesias cantaba algunos de sus propios temas  a base de auténticos berridos de cabra. Además, ya había oído a algún  tertuliano de televisión decir que, como cantante, “era lo que era,” y hasta el comentario de su hermano Julio José (el de “Me encanta la velocidad”) en que decía -eso sí, cariñosamente- que su hermano era un “sinvergüenza”.

Con todo esto quiero señalar que al ir a su concierto en Santander ya “sabía a lo que iba”, pero no puedo dejar de hacer algunos comentarios y reflexiones al respecto.

Lo primero es que Enrique Iglesias va acompañado en sus actuaciones de un equipo de cantantes, músicos y técnicos de primer nivel y que le permiten convertir el evento en un gran espectáculo de sonido, luces, pantallas y hasta pirotecnia. Lo segundo es dejar constancia de que Enrique Iglesias no sabe cantar o que, si sabe, directamente, no canta: en sus canciones no termina las pocas frases que empieza, no consigue hilvanar en un todo coherente la letra; no llega a las partes altas y, con toda tranquilidad, pasa habitualmente el micrófono al público durante gran parte de la canción mientras “su voz” la ponen los cantantes profesionales que lo acompañan, o bien va incluida en los pregrabados (muchas canciones sonaban como si estuviesen poniendo un disco).

Y mientras esto sucede, Enrique Iglesias se dedica únicamente a poner caras de chulito-panoli con la boca entreabierta, a dar carreras por el escenario, a chocar las manos con músicos y público y -en lo que aparenta ser casi una experiencia religiosa- a hacer auténticos “cristos” con los brazos extendidos.

Resultado de imagen de enrique iglesias santander

Evidentemente, todo ello no pasó desapercibido para una parte del público, que ya, al poco de iniciado el concierto, pronunciaba la palabra “tongo” y, algo después, un “manos arriba, que esto es un atraco” salía de las mismas gradas. Lógico, porque, como digo, mucha gente esperaba verle cantar -bien o mal, pero cantar-, y el supuesto artista no cantaba prácticamente nada.

En el concierto, Enrique Iglesias tardó en saludar, habló poco (aunque, para lo que dijo, casi que mejor), y, tras aproximadamente una hora y media de actuación, se fue sin despedirse. Ni bises, ni puñetas.

Su salida del escenario -mientras se ponían azules las pantallas y sonaba el What a wonderful world, de Louis Armstrong- fue interpretado por el público como el inicio de un descanso, y se esperaba que Enrique Iglesias y los suyos volvieran a salir para algunos temas más…; pero eso nunca sucedió. Tras varios minutos, y viendo que los técnicos  empezaban a desmontar el escenario, la gente se fue percatando de que el espectáculo no iba a continuar, y fue entonces cuando la mayor parte del estadio comenzó a corear el ya mencionado “manos arriba, que esto es un atraco”. Supongo que el hijo de Julio escucharía las protestas desde su camerino, pero ya no volvió a hacer acto de presencia.

Al parecer, en el repertorio de la noche estaba incluida una canción más, una que, como digo, no se llegó a tocar. Pero, en todo caso, creo que es más que razonable, y más si las entradas son caras, que el público exija en los conciertos de los “artistas” reconocidos, al menos, un par de horas de actuación, y que los artistas se despidan como corresponde. Había allí unos 25.000 espectadores venidos, incluso, desde lejos para ver al “cantante” en el único concierto que daba en España.

Imagen relacionada

La cara alucinada de una señora francesa sentada entre el público cerca de mí, y que había venido  desde su país para ver el concierto, resumía el sentir de muchos. La mujer, extrañada,  me preguntaba si se había acabado ya y, tras confirmarle que así era, señaló que lo que le parecía peor de todo es que ni siquiera se hubiese despedido. No podía dejar de comparar el evento con un concierto de Madonna al que había asistido y del que decía que había durado tres horas. Esta francesa había pagado 250 euros por las entradas de Enrique Iglesias.

A la salida del estadio pude comprobar cómo esa sensación de desazón o hasta de extrañeza por lo ocurrido era compartida por muchos, y había, incluso, hasta quienes se quejaban amargamente.

Conclusión: Enrique Iglesias no sabe, no quiere, no puede -o las tres cosas al tiempo- cantar. Es, en realidad, una marca registrada que ha tenido la fortuna de poderse rodear de unos profesionales (asesores, productores, técnicos, músicos…) de primera  categoría, y son ellos los que hacen realmente todo el trabajo, porque él, básicamente, sólo pone “la cara”. Eso sí: la fórmula le ha hecho multimillonario. Pero él, en lo musical, vale bien poco. Es un puro humo que engancha a muchos y que con frecuencia toma la forma de la canción del verano.

P. D.: Algunos de los comentarios que pueden leerse hoy en Internet a raíz de la noticia del concierto no tienen desperdicio.

Read Full Post »

Estimados lectores de “Mi Rincón de la Bahía”, es un placer retornar al blog para transmitirles una buena noticia referente al trabajo de un buen amigo.

Han sido varios los meses de ausencia bloguera tras “recoger las velas de este impredecible barco” que, pese a todo, siguió flotando sin rumbo fijo por los océanos internáuticos. Y, como digo, da gusto volver así, con la última publicación de nuestro querido amigo el historiador Jesús Gutiérrez Flores: Vida y muerte en Reinosa y Campoo durante la Guerra Civil y la posguerra (1936-1950), editada por la Asociación de Investigadores e Historiadores de la Guerra Civil y el Franquismo, y que está disponible en Estvdio y en librerías de Reinosa.

Jesús en Parador de Lerma

De la labor investigadora de su autor ya hablamos en este blog en numerosas ocasiones. Jesús Gutiérrez Flores es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Cantabria. Lleva 30 años dedicado a la investigación de la Guerra Civil en Cantabria y provincias colindantes de Castilla-León, habiendo publicado varios libros monográficos y numerosos artículos: Crónicas de la Segunda República y de la Guerra Civil en Reinosa y Campoo (1993); Guerra Civil en una comarca de Cantabria: Campoo (2000); Guerra Civil en Cantabria y pueblos de Castilla (2006); La Represión del Magisterio en Palencia (2010); y, en colaboración con Enrique Gudín, Cuatro derroteros militares de la guerra civil en Cantabria (2005); y, con Enrique Gudín, Fernando Obregón y Enrique Menéndez, Entre la espada y la pared. La represión del profesorado cántabro (2011). Además, está a punto de sacar a la luz otro título, con resonancias parecidas al que aquí reseñamos, para las comarcas limítrofes con Cantabria: Vida y muerte en la comarca minera de Palencia y Norte de Burgos (1936-1950).

Resultado de imagen de campoo guerra civil

La publicación que ahora nos ocupa, Vida y muerte en Reinosa y Campoo en guerra civil y posguerra (1936-1950), es un laborioso estudio centrado en un área concreta: la comarca de Campoo, a la que el autor ha dedicado ya otras dos publicaciones agotadas: Crónicas de la Segunda República y de la Guerra Civil en Reinosa y Campoo, y Guerra Civil en una comarca de Cantabria: Campoo. Así, su última obra se trataría de una tercera edición que sigue a las dos anteriores, enriquecida con nuevos datos y menos inhibiciones que las que existían entonces (en un momento que la Guerra Civil era todavía a esas alturas un tema tabú no ya en el ambiente local, sino también regional).

 

A Jesús Gutiérrez Flores le unen lazos familiares y de amistad con la comarca de Campoo, y es por ello, por ser el espacio físico y humano que conocía desde dentro, por lo que se ha permitido la confianza de escribir sobre esta región y acerca de un tema difícil y delicado, teniendo siempre en cuenta que la dinámica, el análisis y las causas de la violencia bien pudieran ser los de cualquier otro pueblo, comarca, región o, incluso, los de la totalidad de España.

Resultado de imagen de reinosa guerra civil

Es también un ejemplo de microhistoria, porque en el interior de un tejido social delimitado por unas costumbres y tradiciones propias, por una proximidad espacial y espiritual, surgen tensiones que derivan en hechos de violencia.

La publicación combina el tratamiento científico del tema con la anécdota significativa de los hechos, explica las motivaciones de la gente para militar en una de las dos Españas y nos recuerda la vida cotidiana de los diferentes municipios de Campoo desde los años 30 a los 50, intercalando los datos fríos de la Historia con la humanidad del relato, en un texto ameno y de fácil lectura.

Además de la lista de víctimas de la retaguardia, se añaden las que murieron en combate por ambos bandos. Ponemos así nombre a todos los que dieron su vida por las terribles circunstancias de la guerra. Para ello, junto a la bibliografía ya existente, el autor ha utilizado los testimonios de testigos y de familiares de víctimas (cuya lista se reproduce al final de la obra), a los que el autor reconoce su dedicación, sus aportaciones y su esfuerzo a la hora de rememorar recuerdos que, en muchas ocasiones, son dolorosos.

La obra reproduce, además, algunos párrafos significativos de las memorias de José Sainz González (“Pepe el Policía”) publicadas por sus hijos Bernabé e Ignacio, a los que el autor tuvo el placer de conocer y a los que agradece los testimonios sobre los episodios vividos por su padre en la guerra y posguerra, en que desempeñó altos cargos como policía.

Recoge también las vivencias de otros testigos sufrientes de esa época tan trágica, como las de Arturo Alonso Palacios. Sobre este caso y otros, nos dice Gutiérrez Flores: ” Un día recibo inesperadamente en mi casa un CD que contenía la narración escrita de todas las vicisitudes que sufrió la familia de este hombre, cuyo padre murió en la cárcel de Oviedo, tras perderle la pista en Infiesto cuando todos huían hacia Asturias. Ahí no acabaron las cosas. La abuela desapareció en la huida desde Lérida a tierras francesas. Cuando volvieron desde Gerona a Reinosa se encontraron con la casa ocupada en una noche nevada de invierno, cerrándose así el círculo del horror. También tuve el honor de conocer a otro hijo de un vecino de Reinosa muerto en el bombardeo de Revillagigedo en Gijón, de nombre Julio, delineante en la fábrica `La Naval´. Con lágrimas en los ojos me contó su trayectoria en el Franquismo por ser hijo de `rojo´. Se llama Julio Bárcena Postigo, y me hizo llegar sus memorias para que yo dispusiera de ellas como creyera conveniente. Mi ilusión habría sido que hubieran visto la luz en una publicación, algo que me ha resultado obstinadamente imposible. Julio escribió en 2006 Consecuencias de una guerra estúpida. Huérfano para toda la vida, y el título ya refleja el cúmulo de penalidades que le tocó vivir y que hoy pueden parecer inimaginables”.

Desde el lado de la represión que sufrieron los derechistas por parte de los republicanos, el libro incluye las memorias de Jesús de Hoyos, contándonos sus experiencias traumáticas en la localidad palentina de Villanueva de Henares cuando era un niño y vio cómo sacaban de su casa y mataban a su abuelo.

Y es que, según Gutiérrez Flores, “no podía dejar de reflejar algunos párrafos de estas memorias vividas desde ángulos diferentes”.

Resultado de imagen de reinosa guerra civil

Para la realización de la obra, la recogida de datos se completó con la inmersión en los Archivos de Ferrol, Salamanca y de Alcalá de Henares; registros civiles, y libros de actas de los diferentes ayuntamientos. Se incluyen también las operaciones militares en los frentes, que regaron con sangre las tierras de estas comarcas, cuyos habitantes jamás pensaron en una guerra hasta que no la vivieron.

Fotografía antigua: 1937- GUERRA CIVIL ESPAÑA. FRANCO EN REINOSA.SANTANDER.GENERAL DÁVILA. FOTO ORIGINAL. 21,5x16,5 cm - Foto 1 - 30163637

Un trauma que sumergió a España en una dolorosa y larga convalecencia durante los años posteriores.

Read Full Post »

Una botella de vino blanco,

dos copas de cristal sin usar,

la compañía de la luna,

y la brisa del mar.

Read Full Post »

Here I sit in silent caper

waiting for the bogroll paper.

How much more must I linger

before I have to use my finger?

————————————————

Read Full Post »

MARIO

Mario abundaba últimamente en soledades. Hacía un año; un año y pocos días, si soy preciso, que no lo veía. No crean que alguna vez me olvidé de él: en ese tiempo siempre traté de enterarme de sus andanzas, siempre mantuve su recuerdo y siempre procuré guardar la memoria de todas las peripecias que pasamos juntos, que no fueron pocas. Siempre tuve en mente conseguir en algún momento un medio de contacto con el que restablecer la comunicación, tener al menos un contacto en la distancia que siempre parecía tan difícil, pues solía cambiar de móvil, estropearlo y perderlo; no debía de disponer de teléfono en casa; dudo que tuviese ordenador, y sé que no manejaba con soltura las nuevas tecnologías. Lo cierto es que pospuse retomar nuestro contacto demasiado tiempo. Hoy sé -y me cuesta todavía aceptarlo- que nunca más lo veré, que nunca más volveremos a estar juntos. Como pasa tantas veces, uno nunca cree que tales cosas, la muerte, le puedan pasar de manera tan repentina a la gente que conocemos, a nuestros seres queridos.

Si empiezo por el principio, debo decir primero que lo conocí el año que me incorporé, creo que al mismo tiempo que él, a uno de los muchos institutos de Secundaria que hay en Cantabria. Supe luego, por propia boca de él, que anteriormente había estado en los institutos de Reinosa y de Muriedas, y creo que también en el Santa Clara y en el Torres Quevedo. Llevaba ya años en la docencia y, además, frecuentaba en la hora de comer la compañía ocasional del secretario del instituto que estaba al lado del nuestro. Fue a partir de mi segundo año cuando mi relación con él se volvió más íntima, casi diaria, hasta el punto de llegar a relatarme algunos de sus sueños, de compartir conmigo algo de su íntimo mundo onírico.

Por los datos de que dispongo, Mario Rolando Puente Ramón nació en Buenos Aires, hará algo más de medio siglo. Al parecer, una de sus abuelas era indígena (de hecho, creo que me llegó a enseñar una foto de la misma). En Argentina, donde estaban sus padres y su hermana (de los que me habló muchas veces), llegó a conducir durante su juventud su propio coche, un Seat 600, y aquí, en Cantabria, yo lo conocí manejando un Renault Scenic de color marrón, con el que debía de sufrir frecuentes accidentes circulatorios. Algo excéntrico, despistado, algo pesimista, se definía como trotskista y no se cansaba de repetir que “Gamonal es el camino, sí”, especialmente en los días más caldentes de aquel conflicto callejero burgalés. Siempre fue un rebelde. Con causa o sin ella.

Había llegado a España hacia finales de los años 70, previo paso por Estados Unidos, junto a una compañera de aventuras revolucionarias, y tras conseguir escapar ambos de la dictadura militar de Videla, de la que fue preso y en la que llegó a perder a varios compañeros, se instaló primero en Madrid, donde estudió Bellas Artes, y donde montó con unos amigos un local de éxito en los años 80, El Barberillo de Lavapiés, hoy ya desaparecido, pero cuya ubicación tuve ocasión de localizar en una de mis últimas visitas a Madrid. Y es que, preguntando, la gente todavía se acordaba de aquel Barberillo que existió un día en una transversal de Lavapiés. Mario me confesó que lo vendió en cierto momento, a pesar de que le funcionaba muy bien.

Me consta que por su vida debieron de pasar bastantes mujeres, y, si no recuerdo mal (y puedo perfectamente estar recordando mal), fue precisamente la relación con una de ellas la que lo trajo a Cantabria, donde él también tenía algunos parientes en Laredo. Tras su estancia en Reinosa, había comprado junto a su pareja francesa de entonces una casa en Hoz de Anero, lugar que no debía de gustarle demasiado y donde su carácter independiente (algunos dirán que difícil y hasta autodestructivo), debió conducirlo, ya lo dije al principio, a abundar últimamente en soledades.

Porque, sin duda, Mario tenía sus defectos, pero yo me quedé y me quedaré siempre con sus virtudes: gozaba de buen sentido del humor y era inteligente, ingenioso, culto, buen conversador, buen dibujante y presupongo, buen pintor, porque lo cierto es que nunca me quiso enseñar su producción artística, pero tuve la suerte de comprobar, en una especie de despiste por su parte, su habilidad para el dibujo. Muchas veces me prometió uno de sus cuadros.

En sus últimos años él mismo reconocía que sus pinturas le salían “negras”, “oscuras”, “lúgubres”, “tétricas”. Pintaba por las noches, y no dormía bien (“¡No dormí nada en toda la noche!”, o “¡No pegué ojo en toda la noche!”, le escuché varias veces). En esas horas sin sol debía de ser cuando cogía con más ganas esos cigarrillos marca Nobel que fumaba (aunque no tenía costumbre de hacerlo ni por la mañana ni al mediodía). Le gustaban la cerveza, el orujo de hierbas y llenarse las copas de vino hasta cerca del borde cuando llegaba la hora de la comida. Según él mismo me confesaba, le agradaba “conversar con gente inteligente”.

En alguna ocasión me propuso ir de viaje con él a Argentina, pero, a excepción de una única vez en que lo vi sujetando una pancarta en una manifestación por la Educación Pública en Santander, nunca coincidimos fuera de Camargo. En aquella manifestación en que lo vi estaba como pez en el agua, como si recordara sus años mozos más contestatarios, y miraba y sonreía con cierta picardía a una joven desconocida que, a su izquierda, mantenía también la pancarta.

En el bar de Begoña solía tomarse durante sus descansos unos croissants con relleno salado (¿de jamón y queso?, ¿vegetal?), y no era nada extraño ver por allí, en diferentes momentos de la mañana, pegado a la barra, a un joven emisario suyo pidiendo una Coca-Cola para subírsela a Mario, porque “le ha bajado la tensión”.

Gustaba igualmente de ir a comer a Las Portillonas (yo siempre sentí que prefería este restaurante al, también estupendo, Señor del Jamón, al que, asimismo, acudimos en numerosas ocasiones y en el que después de la comida apurábamos un chupito de licor antes de salir por la puerta.

Mario no era realmente de comer mucho, y el apetitito solía pasársele frecuentemente, pero recuerdo que en Las Portillonas me invitó a un riquísimo chuletón, y allí pude contemplarle -repetidas veces- “destripando” un plato de sulas, de las que decía que no sabía comerlas bien.

Por dos ocasiones al menos fuimos a comer al restaurante italiano junto a las vías del tren de Maliaño. En él hablábamos con el dueño, napolitano o, más probablemente, siciliano, que era muy agradable y atento. En ese mismo pueblo con aspecto de urbe, otro día Fernando y yo estuvimos esperando, ansiosos y finalmente desesperados, a que Mario nos contase, en la mesa de la terraza del bar La Estela, cómo terminaban los personajes de una interesante historia que había leído o visto por televisión. Nunca sabremos ese final.

Y luego, por supuesto, estaba el Villa María, con su magnífica terraza, local con el que siempre lo asociaré, donde hacía sus escapadas mañaneras y donde llegamos a pasar en numerosas ocasiones el mediodía y buena parte de la tarde, tomando algo junto a la barra o en la terraza, y hablando con las camareras, y con Clemente, el jefe, que ofrecía en su carta buena carne (Mario, que de carne de ternera sabía, lo había constatado), pero que en sus confusas operaciones matemáticas mentales para calcular el resultado de la cuenta nos daba la sensación de que tendía a cobrarnos lo que le venía en gana.

En el Villa María, Mario conocía ya a varios de los clientes habituales; y fue en la terraza del bar, junto a la puerta, donde un joven uruguayo cuyo nombre ahora ignoro y con el que coincidimos en un par de ocasiones (¿tal vez era profesor de Educación Física en un colegio?) nos citaba frases de Mario Benedetti. También fue en la barra de ese bar donde una joven camarera rumana, que terminó desapareciendo de allí un buen día sin dejar rastro, negó varias veces a Mario, y donde aquella otra camarera, esta vez paraguaya (sí, la de la surrealista ensalada de sobao), trataba de vacilarnos a ambos y se metía con nosotros. ¡Mira que te costó, Mario, sacarme allí esa foto con la cantante de Azúcar Moreno, que iba aquella noche a dar un concierto en Maliaño! Y luego estaba aquel otro cliente, ya algo mayor, que nos enseñó que tenía, si no me equivoco al recordar, la foto de Franco metida en la cartera.

Mario me contó tantas anécdotas…, anécdotas que es mejor no revelar. Ellas tienen que quedar en mi memoria y en la de quienes lo conocimos, permanecer en mi cabeza, y modificarse, falsearse y desaparecer en ocasiones, a medida que pasa el tiempo. Le tengo que agradecer, además, el que me enseñase algunas expresiones argentinas, desde “trolo”, hasta “cornelio (estrada)” o “feca con chele” (“porque los argentinos suelen darle la vuelta a las palabras”), y tantas otras que ya he olvidado (me viene ahora “lunfardo”, que puede que también él me enseñase).

Un día le dio por cambiar de aires, por escapar de esta región y trasladarse lejos, a Ceuta o Melilla. Pero sólo fue una idea que se le cruzó por la cabeza y que terminó por abandonar, entre otras cosas, porque siempre se le pasaban los plazos para solicitar en la administración los correspondientes traslados.

Me confesó en alguna ocasión la gran ayuda que para él había supuesto la Literatura: “La Literatura me salvó en un momento de mi vida”, creo que fue la expresión exacta que utilizó. Sin duda, Mario había sido un buen lector. Sé que le gustaban Horacio Quiroga (de cuyo relato “La gallina degollada” llegó a hablar a sus alumnos en clase); Alejo Carpentier (es memorable la narración que Mario me hizo de uno de sus sueños nocturnos, que versaba sobre el 2 de mayo en Madrid y que estaba inspirado precisamente en un relato de este autor); Chéjov… Yo le hablaba en ocasiones de Borges y de Macedonio Fernández. Y también me viene a cabeza ahora aquel libro, ya algo antiguo y cerrado con unas simples gomas, que llevó un día al trabajo y me enseñó con tanto cariño. Creo que eran los Caligramas de Apollinaire.

En Música le debo La Bersuit y a su cantante, El Pelado Cordera. Pienso que prefería, en todo caso, la música con letra en español a la música anglosajona.

Un día tuvo la intención de hacer una salida extraescolar a Bilbao para ver el Guggenheim, con los chavales y conmigo como acompañante; pero las circunstancias del momento no se lo permitieron. También me comentó que contaba conmigo para hacer una exposición de arte en el centro en la que participarían los alumnos, y para que fuese un día a su clase a dar una charla sobre el mundo del cómic. Pero todas estas ideas se quedaron finalmente en el tintero.

En lo ideológico, Mario seguía una particular línea combativa, de tintes algo antisistema: hacía todas las huelgas que se convocaban y seguía definiéndose como hombre de izquierdas y rebelde. La idea de llevar a cabo la revolución, el tipo de revolución que fuera, por poco definida u organizada que estuviera, siempre le resultó atrayente. Eso, la revolución, y su querido Trotski.

Ahora no recuerdo haber hablado nunca con él en profundad sobre asuntos de religión o sobre sus creencias personales, más allá de comentar que el nuevo papa Francisco, que había resultado elegido, era argentino. Tal vez podía percibirse en él cierta tendencia al ateísmo y, al mismo tiempo y de manera curiosa, un atisbo de creencia en Algo.

Puedo decir que fue un amigo con el que siempre tuve afinidad, con el que siempre disfruté conversar, con el que pasé muchísimos gratos momentos. Mario era especial, en muchos sentidos, y no gustaba de la compañía de cualquiera. A mí, quiero decirlo, sé que me tenía aprecio.

Mario Puente Ramón falleció a mediados de septiembre de este 2015. El último día que pasé con él, hace poco más de un año, me dijo que ése “era el último día que nos vemos”, y, lamentablemente, no se equivocó. Mario murió hace escasos días, y algo que pensé que no pasaría -que no volvería a verle- se ha convertido en una triste certeza.

Se van los grandes, y, con ello, el mundo que queda, el que éstos dejan atrás, me resulta cada día un poco más insulso, más ordinario y anodino, más mediocre.

Siempre te recordaré, amigo mío.

Descansa ahora en paz.

Read Full Post »

Un amigo me recordó hace algunos meses el caso de lo que llamaré “El bisonte de Sieso”, y de él quiero tratar precisamente en esta entrada del blog.

Ejemplos de publicidad subliminal podrán encontrar a miles en todas las partes del mundo y desde hace muchas décadas. Y Cantabria no ha sido en ello la excepción, aunque cierto es que desconozco si se han dado en esta pequeña región más episodios como el que vamos a presentar a continuación.

Sí, amigos, muchos recordaréis aquel “famoso” caso; lo que muchos creen que fue la utilización de una imagen tomada de la propia Prehistoria regional para inculcar, más o menos subrepticiamente, una tendencia política determinada. Pero que nadie se confunda ni quiera ver un sesgo político concreto en esta entrada, porque todos los partidos políticos, de todo signo, recurrieron, recurren y recurrirán a la manipulación, si con ello pueden asegurarse un puñado de electores. Pero en este caso -una vez más- le ha tocado al PP.

En su día (hace ya algo más de 15 años) se hablaba en Cantabria del supuesto secuestro de un número de la revista Interviú en el que se hablaba en uno de sus reportajes del “lado más oscuro” del que entonces era alcalde de Santander, Gonzalo Piñeiro (PP), el mismo que habría organizado el preciso día de salir a la luz la revista un “comando” encargado de “saquear” los kioscos de Santander con el fin de evitar que los ciudadanos de la ciudad pudieran adquirirla y enterarse de sus chanchuchos.

Y fue también por aquellas fechas en que José Joaquín Martínez Sieso (PP) era presidente de Cantabria, cuando comenzó a circular entre la población un logotipo publicitario muy particular. Éste consistía en un dibujo de un bisonte -claramente se reproducía de una forma un tanto esquemática el motivo del “bisonte acurrucado” de la cueva de Altamira-. Hasta aquí todo natural, pero es que la peculiaridad del mencionado logotipo recaía en el hecho de que, de manera supuestamente premeditada, algunos de los trazos que conformaban la figura habían sido resaltados. ¿Con qué finalidad? Pues creo que, una vez más, una imagen vale más que mil palabras:

https://amsterdam08.files.wordpress.com/2011/11/sieso.jpg?w=500

La siguiente pregunta, en pura lógica, sería “¿Sirvió para algo a los políticos interesados esta estrategia de publicidad subliminal?”. Pues parece que no para demasiado, pues en las elecciones de 2003 el PP tampoco consiguió -como ya le había ocurrido en las elecciones previas- la mayoría absoluta, y el PRC, que lo había apoyado hasta entonces, cambió sus alianzas a la espera de mayores recompensas, y pactó con el PSC. La conclusión fue que Miguel Ángel Revilla fue nombrado presidente de Cantabria.

Read Full Post »

Older Posts »