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Empate que supo a muy poco en la capital maragata. El partido de ayer fue un choque sin un dominador claro, de los que son muy atractivos para el espectador imparcial pero que tienen con el corazón en un puño a los que somos incapaces de ser plenamente objetivos, pues el Racing es uno de los que se mide en duelo. Tras una primera parte en la que hubo fases de dominio evidente del Racing, aunque con ocasiones claras para ambas escuadras, la oportunidad de los verdiblancos para ponerse por delante, llegaría cuando tan solo restaba un minuto para la conclusión del primer acto. Dioni intenta un recorte dentro del área, el defensa le caza y… penalti. Riguroso, muy riguroso, pero penalti. Disparó el propio delantero andaluz pero el cancerbero maragato, adivinó la trayectoria del balón, evitando el gol en un primer instante pero repeliéndola, de manera que Coulibaly, raudo y atento, pudo hacerse con el rechace y anotar el primer gol de la tarde.

Pi, pi, piiiiiiiii. ¡A la caseta! Coincidiendo con la puesta de sol, que ninguno de los presentes queríamos que llegase pues nos imaginábamos la que nos esperaba tras ello en la más que fría capital astorgana, el Racing se iba al descanso ganando 0-1 y momentaneamente situado en segunda posición de la tabla. Los más de 300 seguidores desplazados, pudieron tomarse una caña y charlar un rato en el ayer más concurrido que nunca, bar del Complejo Municipal de “La Eragudina”. Un ambiente acogedor en un estadio que ayer se quedó pequeño y en el que pudimos comprobar lo bien que el Atlético Astorga F.C. cuida a sus socios, entregándoles mantas verdes, como el color oficial del equipo y encendiendo unos pequeños calefactores situados en la cubierta de la única tribuna con la que cuenta el estadio… Sin duda, todo un lujazo, más propio de estadios como el Bernabéu pero que los presentes, también agradecimos enormemente. 

La segunda mitad fue más de lo mismo, salvo en los primeros minutos en los que esta vez, fue al Astorga a quien le toco llevar la iniciativa del encuentro, con unas cuantas buenas ocasiones, que a punto estuvieron de costarle un disgusto al portero de un Racing que pareció salir destemplado pero que, afortunadamente para los intereses santanderinos, pronto volvió a entrar en calor. Justo cuando el Racing mejor parecía estar y disponía de las ocasiones más claras, David Bandera, el “killer” por excelencia del conjunto leonés, (que fue quien llevó la iniciativa en ataque durante todo el encuentro, disponiendo de ocasiones muy claras), recogió en el borde del área un despeje de la defensa del Racing y se inventó un fuerte disparo ante el que nada pudo hacer Óscar Santiago. Empate a 1 y desde ahí, poco más pudimos ver, salvo algún intento tibio en ambas áreas por terminar de llevarse el encuentro. 

Pitido final y reparto de puntos. El portero local fue manteado por sus compañeros, pues ayer jugó su último partido como profesional, debido a una lesión en el hombro que le impide continuar. La afición racinguista desplazada, también se sumó al homenaje, aplaudiendo al experimentado guardameta. El propio club, como tal, ya se había sumado previamente al hacerle entrega “Tuto” Sañudo (Presidente de Honor de la entidad), de la primera indumentaria verdiblanca para esta temporada.

 

FICHA TÉCNICA:

Atlético Astorga 1: Javi, Cristian, Juanra, Antonio, Víctor, Víctor Andrés, Diego, Ivi Vales, Roberto Puente, David Bandera y Lago (Marcos, min. 65).
Racing 1: Óscar Santiago, Fede San Emeterio, César Caneda, Jon García, Mikel Santamaría, Álvaro Peña, Borja Granero, Óscar Fernández, Dani Rodríguez (Migue García, min. 87), Couibaly (Francis, min. 57) y Dioni.
 
Goles: 0-1, min. 45: Coulibaly. 1-1, min. 74: David Bandera.
 
Árbitro: Villa Maestre (Colegio Extremeño). Amonestó al local Juanra y a los visitantes Jon García, Álvaro Peña, Borja Granero, Migue García y Fede San Emeterio.
 
Incidencias: Unos mil aficionados, más de 300 del Racing. Día soleado en La Eragudina. 

Este año me lo he perdido. Las variadas ocupaciones que tengo no me han dejado personarme -como a mí me gusta- para dar testimonio de primera mano, para efectuar el pertinente estudio antropológico, pero presupongo que el ritual se ha repetido, similar, un año más, y que decenas de jóvenes habrán acudido al Parque de la Teja de Santander para su anual e inconsciente homenaje al dios Dioniso, en su advocación más juvenil.

Hoy ha sido La Champanada, esa conmemoración pagana, también inconsciente, del solsticio de invierno en la que los adolescentes, en la confusa edad del instituto, se reúnen en el citado parque santanderino para beber en compañía y amistad, “hasta que el cuerpo aguante, y, si no aguanta, pues habrá que hacer que aguante”, tal como decía mi amigo Jayo en aquellas fiestas de Ampuero.

Me los imagino un año más, pertrechados con sus bolsas de Lupa para hacer allí sus mezclas, su calimochito de baja estofa, y con sus bebidas espirituosas. Bebiendo, riendo, vomitando y meando a discreción en los portales de las comunidades adyacentes y en las zonas ajardinadas, calzoncillo abajo, braga de lado, dejando ahí sus regatos y los tropezones de sus entrañas.

Sí, amigos, habrá habido multas, porritos, comas etílicos y luces de ambulancia y de coches patrulla; habrá habido filetazos, peleas y algunos corazones rotos, seguro, pero todos cumplieron con el ritual y la vida sigue…, porque kingdoms rise and kingdoms fall, but we go on.

Me acuerdo ahora de cuando mi amigo Gonzalo, hoy policía nacional, chupó aquella farola y le echamos una botella de agua fresca por encima, para ver si recuperaba.

¡Qué tiempos aquellos, madre!

Aquí dejo constancia de este acontecimiento, un año más, otro año que, como todos, se lo llevará el tiempo.

¡Mañana todo amanecerá tan tranquilo!

Feliz Navidad a todos.

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Hemos de decir que salimos algo decepcionados debido a las expectativas generadas por la anterior película.

El hecho es que las risas menguaban a medida que transcurría la película.

Al margen de la eterna polémica en la que se centra la película, que muestra las relaciones establecidas entres españoles, vascos y catalanes, su visionado nos resultó denso y soso.

Su principal virtud era obtener una risa espontánea, de la cual adolece durante la proyección, salvo en algunas escenas donde la risa resulta obligada.

La exagerada interpretación por parte del actor Karra Elejalde, basada en mostrar todos los mitos de las personas euskaldunas (utilización de palabras grotescas y verbalizadas con gritos), no permite distinguir la veracidad de dicho personaje, artificio de una elocuencia poco clara.

Los actores principales Clara Lago y Dani Rovira realizan una interpretación pobre de sus personajes, sin producir la gracia que supieron trasmitir al público durante el anterior filme. ¿Dónde está el espíritu de la primera película?

Destacar la interpretación femenina de Carmen Machi, quien, una vez más, no duda en ofrecernos parte del repertorio de interpretaciones que caracteriza a esta actriz camaleónica, de quien nos creemos que haya nacido en el País Vasco o Cataluña o en resto del Estado español, en función del acento que adopte.

En cuanto a las nuevas incorporaciones, Rosa María Sardá, interpretando a una catalana con una ideología bien parecida a la de Artur Mas, y Berto Romero, un homosexual atrapado en un cuerpo de hipster por los sueños de su abuela, cumplen su función.

Comparándola con películas españolas de reciente proyección, es mucho mejor que Rey Gitano, en cuanto al guion y escenografía.

Es indudable el valisoso patrimonio que tienen los catalanes, tanto por sus masías como el pueblo en el que se desarrolla la película.

Recomendamos verla para una tarde de domingo palomitera, aunque creo que previsiblemente será  olvidada.

Tristemente la película nos ha hecho pensar que, una vez más, el pueblo castellano vuelve a ser denostado y agacha la cerviz sin protestar. Recuperando las palabras del gran historiador y político don Claudio Sánchez Albornoz: “Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla”, que quedan reflejadas en la película cuando los actores y actrices que interpretan a vascos o catalanes no quieren “pisar” Castilla ni España.

Un saludo corazones.

[Crítica realizada por Olga y Alfonso.]

El pasado verano cayeron muchas películas, de desigual calidad, y de las que no dejé en su momento testimonio crítico, por lo que éstas se han ido acumulando. Citaré sólo, casi a la manera de un listado y sin posibilidad ya de ser exahustivo, las que recuerdo.

Cayeron San Andrés (con “The Rock” especialista en el manejo de cualquier tipo de vehículo para poder salvar a su familia de un cataclismo sísmico que acaba con la ciudad de Los Ángeles); Asesinos inocentes (donde Cabano, el de Física y Química, tendrá que ayudar a uno de sus profesor a cometer un “suicidio”); La visita (en la que unos niños pasan un semana con sus siniestros abuelos en una casa aislada); una pésima Rey Gitano (de ella sólo destacaría la conferencia sobre drogas que imparte Manquiña y la pegadiza canción de Toni Lomba); Anacleto (comedia insulsa, basada en este personaje del cómic español interpretado para la ocasión por ¡Imanol Arias!,y que  viene con hijo incluido); Una semana en Córcega (un par de amigos acuden con sus respectivas hijas a pasar unas vacaciones a esa isla mediterránea y una de ellas se enamora del padre de la otra); y ya no me acuerdo de qué más he visto, pero ha sido bastante.

Dicho esto, voy a retomar esta sección de crítica cinematográfica con la segunda parte de El corredor del laberinto, titulada en este caso Las pruebas. Hay que recordar que en la anterior entrega los protagonistas, que habían conseguido salir del laberinto, eran rescatados y trasladados a unas supuestas instalaciones de seguridad. Ahora, en este segundo capítulo los supervivientes, dirigidos por Thomas, terminan por darse cuenta de que esa pretendida seguridad encubre un asunto muy turbio. Los jóvenes consiguen escapar y partir de ahí todo deriva hacia una película de zombies en la que los chicos, perseguidos por los malos, tienen la clave para sacar a la Humanidad de una epidemia.

Película curiosa, especialmente en el principio, el final termina derivando hacia lo convencional. Habrá que ver qué nos depara la tercera entrega.

Everest, basada en una historia real (y supongo que en muchas) es la historia de uno de esas expediciones de gente adinerada que contrata una subida al Techo del Mundo con un guía y unos porteadores, pero en la que gran parte de la misma se” queda” por el camino. En este caso las buenas condiciones climatológicas para alcanzar la cima terminan por torcerse bruscamente y una monumental tormenta hace que los grupos que en ese momento acababan de hacer cumbre se las vean y se las deseen para poder descender. Pueden imaginar que muchos de ellos pasarán a engrosar el cementerio de escaladores que se ha cobrado, otras montañas, el Everest, y cuyos cadáveres, momificados, todavía pueden contemplar en ocasiones los alpinistas.

Película es entretenida, con buenos efectos, es -lo imaginarán también- previsible en su desarrollo y desenlace.

Entretenida (y olvidable) resulta El Desconocido. El punto de partida de su argumento es la venganza de un particular contra un alto cargo de uno de tantas entidades bancarias s que, antes de la crisis, endilgaban sin remordimientos y a sabiendas productos tóxicos a sus clientes, que podía llegar a perder todo su dinero.

En este caso concreto, el antiguo cliente de la entidad decide vengarse de Carlos (Luis Tosar), colocando bombas debajo de los asientos de su coche el día en que lleva a sus hijos a la escuela. A partir de ahí la película se convierte en una carrera contra el tiempo por las calles de La Coruña, que llevará a Carlos y su familia una situación límite.

Había leído, antes de verla, alguna crítica que no dejaba demasiado bien a la última película de Alejandro Amenábar: Regresión. Me bastaba además que Telecinco, en una de esas insistentes campañas con que promociona sus “productos”, te la intentase meter hasta en la sopa para que desconfiase todavía más de ella.

Podrán imaginarse, pues, y pese a que no siempre hago caso de lo que dicen los críticos, que iba al cine con la idea de ver una película que iba a fallar por algún lado. Y así fue, pues, pese a que parte de una idea argumental buenísima, ésta -desde mi punto de vista- se desaprovecha.

El argumento se centra en la ola de supuestos cultos y rituales satánicos que se difundió por los Estados Unidos a partir de 1980. Y en este contexto, la película nos traslada a un pueblo, en el que, al parecer, una adolescente ha sufrido abusos sexuales por parte de su padre en la celebración de rituales satánicos en los que da la impresión de que, en última instancia, está involucrado más de medio pueblo.

El agente Bruce se encargará del caso, ayudado por un psicólogo especialista en regresiones con el que intenta sacar más información de los supuestos implicados en el caso. Paralelamente, asistimos a la evolución psicológica del propio agente encargado de la investigación, que se ve inmerso en esas terribles sugestiones. Y ahora… ¡ojo, que vienen los SPOILERS!: al final, resulta que toda la historia de los abusos, de los rituales y de los crímenes satánicos se la había inventado la chica y, por sugestión, y también gracias a las ideas del párroco del pueblo que metía miedo a los fieles, todos se la estaban empezando a creer.

Aquí Amenábar no deja un final abierto a varias interpretaciones, un remate que, creo, habría convenido ciertamente a la película; ni tan siquiera da cabida a la sobrenatural o bizarro, porque, si bien alguna vez esto llega a sugerirse (las escenas del granero, los sueños, los paisajes siempre lluviosos y neblinosos…), el final termina por descartarlo. Y es ahí donde yo, personalmente, me llevé el chasco, porque creo que se podría haber sacado mucho más partido a toda la historia. Eso sí: es un alegato contra cómo lo irracional y la sugestión colectiva nos pueden llevar a levantar los pies del suelo.

Woody Allen nos ofrece en los últimos tiempos, al menos, una película al año, y en este caso nos presenta la curiosa Irrational man, la historia de un profesor universitario de Filosofía alcohólico, seguidor de los postulados del existencialismo y que atraviesa una etapa de declive en su vida. Sin embargo, cuenta con seguidores entre sus alumnos, y de él se termina enamorando una joven estudiante que se siente fascinada por su trabajo y por su figura. Y entonces,  cuando la desesperación del profesor parece total, escucha casualmente una conversación en una cafetería que dota de súbito de pleno sentido su vida: descubre de pronto que el objeto de su vida es asesinar a un despiadado juez. Desde ese momento, la película se torna más disparatada, y nuestro profesor termina por perder completamente la cabeza.

Relaciones personales y situaciones estrafalarias recorren, como es habitual en Allen, esta nueva película.

La comedia española Los miércoles no existen nos ofrece un conjunto de historias de pareja que transcurren un mismo día. Bueno, en realidad, en diferentes miércoles comprendidos entre los años 2010 y 2014. Una joven que le es infiel a su prometido en una fiesta de despedida, un novio infiel que termina convirtiéndose en putero a domicilio, un par de amigos con formas antagónicas de ver a las mujeres (uno que busca la mujer de su vida; el otro, ególatra, que solo pretende satisfacer con ellas sus instintos más primarios)… En un principio todas las historias parecen deshilachadas, pero al final todas están conectadas.

Destacaría algunos momentos bastante cómicos, especialmente, los protagonizados por la mencionada pareja de amigos y, sobre todo, por uno de ellos: un pintor sin talento, de risa estúpida, que va de tío bueno y al que, dice, le gusta darles a las mujeres “lo suyo”.

La película me pareció en general entretenida, aunque yo, particularmente, le habría quitado algo de duración. En su parte más negativa citaría la presencia de un insípido Eduardo Noriega, actor que a mí, particularmente, no me gusta y que, además de mostrar en el film que sus dotes de canto son bastante limitadas, resulta con frecuencia absolutamente inexpresivo y pone una voz que no encaja bien con las situaciones. Eso sí: como siempre, luce melenita.

Marte (The Martian) es la historia de Mark Watney, un astronauta de misión en Marte que, tras una tormenta (he oído en algún sitio que ese tipo de tormenta sería en realidad imposible por las condiciones atmosféricas de Marte, aunque es indispensable para que exista la película), se queda aislado en el Planeta Rojo y con la tesitura de tener que buscarse la vida si desea sobrevivir. Mark tendrá que recurrir a la ciencia montar su propio invernadero, para cultivar patatas, para obtener agua y para comunicarse con la Tierra. Su futuro entonces dependerá de la siguiente misión que acuda al planeta, a no ser que sus compañeros puedan dar la vuelta y regresar a por él.

La película es también un alegato a favor de la ciencia, de los conocimientos científicos como medio que permite la supervivencia en las situaciones más que adversas.

En cuanto a mi opinión, lo primero que tengo que reconocer es que la película está bien hecha, pero el desarrollo se me hizo pesado: la idea de mostrar la supervivencia de un hombre solo en Marte y las posibilidades de su rescate desde la Tierra es buena pero el alargarlo hasta las dos horas y media la convierte en algo tediosa. Pese a todo, la película fue exactamente lo que esperaba de ella después de ver anteriormente el correspondiente tráiler.

En la última película que vi de Álex de la Iglesia, Las brujas de Zugarramurdi, ya percibí que a este director de grandes joyas como El Día de la Bestia se le habían agotado las ideas a la par que se le había ido la olla, algo que refrenda el caos sin sentido de su última película, Mi gran noche.

El interminable rodaje de un especial de Año Nuevo para recibir 2016, durante unos día de huelgas, protestas y constantes enfrentamientos con la policía en el exterior del set de grabación, es el escenario elegido para que Álex de la Iglesia nos presente a sus “amiguetes” interpretando a un conjunto de personajes que no me aportaron nada: una chica guapa con fama de gafe que encuentra el amor en un figurante del set que debería estar ocupándose de su madre; un joven cantante de moda (Adanne) al que una fan le roba el semen en su boca; un matrimonio de presentadores en guerra constante; un cantante ególatra y despótico al que quiere asesinar su propio hijo, dos empleadas del equipo técnico lesbianas y fumadoras empedernidas…,  y otros estrafalarios individuos que terminar por materializar un nuevo despropósito de este director que parece haber perdido el rumbo. Caótica, absurda y mala pienso que son términos adecuados para definirla.

La Cumbre Escarlata es una película de miedo (o, si prefieren ustedes, de horror o terror) de estilo gótico y ambiente fin de siècle, con mansiones encantadas, criptas ocultas, linajes nobiliarios en plena decadencia y amores imposibles.

Todo parte del encuentro de dos hermanos de origen británico (un hermano y una hermana, para ser exactos) con un rico neoyorkino al que pretenden venderle un ingenio mecánico con el que extraer arcilla del suelo para fabricar ladrillos. El hermano, además, pretende a la hija de aquél y, pese a las sospechas de que la pareja esconde algún asunto turbio, consigue casarse con ella y llevarla a su imponente y aislada mansión en una zona, un terreno de arcilla roja, a la que llaman “La Cumbre Escarlata”. Y allí, poco a poco, la joven va descubriendo que todo no era tan idílico como pensaba y que los dos hermanos (su nuevo marido y la hermana de éste) tienen para ella planes bastante siniestros. Hasta aquí puedo contar, por si alguno de nuestros lectores piensa verla.

A mí, sin ser maravillosa, me ha gustado.

Black Mass nos cuenta, con carácter retrospectivo, la historia de un delincuente estadounidense: el desconfiado psicópata Jimmy “Whitey” Bulger, quien se convirtió en líder del crimen organizado en el sur de Boston a finales de los años 70 y principio de los 80 del siglo pasado.

Asistimos a los oscuros negocios de este infame criminal -hermano del que en aquel entonces era un senador de los Estados Unidos- que, siempre acompañado por su camarilla de fieles sicarios, frecuentó el asesinato y estableció una siniestra alianza con el FBI: Whitey, a cambio de suministrar información, por lo general de escaso o sencillamente nulo valor a la agencia, recibía a cambio impunidad por sus actos, lo que permitió extender una red criminal que incluía el envío de armas al IRA.

Carente de cualquier escrúpulo moral, Jimmy Whitey no duda nunca en eliminar a sangre fría cualquier oposición y a todos aquéllos que, con razón o sin ella, considere traidores a su causa, sean éstos amigos de la infancia o, directamente, personas inocentes.

Debemos al actor Johnny Depp el darle vida en la ficción a este criminall; pero, a pesar de la buena interpretación, en el film la apariencia de Jimmy resulta demasiado artificial debido a los excesos del maquillaje. Por otro lado, la película se termina haciendo demasiado lenta, y, como sucede en muchas otras ocasiones, bien podría haberse contado lo mismo en menos tiempo.

Como conclusión, diré que se puede ver, pero, ciertamente, no tiene nada memorable.

Una de la peores película que recuerdo haber visto en mi vida (si no, la peor) es El último cazador de brujas. Es tan mala en todo, es tal despropósito y es tan ilógica,  que he estado a punto de no comentarla siquiera en esta entrada, pero, bueno, como ya he cometido la imprudencia de haber ido a verla, pues dejaré unas líneas para recuerdo.

La película es la historia de un cazador de brujas que mata a las brujas que hacen la magia negra y que quieren traer el la peste y la destrucción al mundo Este personaje, interpretado por un Vin Diesel en plan a Todo Gas)  es inmortal porque fue maldecido por una bruja a la que dio muerte hace 800 años en Dios sabe dónde.

Ya en el presente, él sigue cazando bruja acompañado de un cura de no sé qué lamentable orden. Este cura-ayudante aparecerá, calculo, 5 minutos en total en toda la película, porque, supuestamente, le mata un brujo. Y digo “supuestamente”, porque pronto descubrimos que en realidad lo que está es como dormido. En ese momento aparece” Frodo”, que se convierte en el nuevo ayudante del cazabrujas (“Frodo”, en total, saldrá otros 5 minutos), y Vin Diesel, que suele llevar un espadón que echa llamaradas de fuego, acude donde una bruja buena que le ayude con unos filtros mágicos con los que puede recordar el pasado. Al final este matón de discoteca reconvertido en exterminador de malvadas brujas acaba con un perverso brujo y con la Bruja Reina, y ya se acabó esta puta basura de película.

¡Vaya manera de despilfarrar millones haciendo estos auténticos bodrios! Pero lo peor de todo no es esto, no, si no que ¡¡¡amenaza segunda parte!!! Eso sí: ésa segunda parte ya va a ir a verla su p… mad…

La última entrega de James Bond -y, por lo que he oído, quizá la última protagonizada por Daniel Craig interpretando este papel- es Spectre. Larga (más de dos horas de duración), la nueva entrega cuenta como las anteriores con momentos de acción trepidante, muy del estilo, más agresivo, que le ha dado al Agente 007 en las últimas películas este fornido actor. Y, sin duda, hay unos buenos efectos especiales.

Spectre nos muestra a James Bond tirando del hilo hasta destapar la existencia de una organización criminal extendida por todo el mundo llamada Espectra, algunos de cuyos dirigente el Agente del Servicio de Su Majestad eliminó en anteriores episodios. Finalmente, dará con el líder de la organización, que tiene incluso agentes infiltrados en el Servicio Secreto británico y que están intentando acceder a información privilegiada sobre los servicios secretos de todo el mundo. Dos mujeres-Bond aparece en esta película que en ocasiones se me hizo lenta. Una de ellas, Monica Belucci, aparece sólo unos cinco minutos.

Película con buenos momentos de acción; se me hizo en varias ocasiones algo plomiza.

Una larga y poco interesante película -y eso que el tráiler prometía- es Sicario, a la que no salva el que considero un nuevo buen papel del actor Benicio del Toro.

En ella, una unidad especial que trabaja para el gobierno de Estados Unidos “recluta” a una policía de los cuerpos especiales especializada en secuestros. La idea de la unidad es desarticular uno de los grandes cárteles de la droga que operan en la frontera entre México y Estados Unidos.

Al final, la chica, que desconoce al principio en qué proyecto se está embarcando, terminará por descubrir que el motivo real de su fichaje no es otro que el de dar carácter legar a las operaciones “extraoficiales” contra el narcotráfico que realiza ese comando. Pero también averiguará que el equipo cuenta entre sus componentes con un sicario colombiano que tiene una vieja cuenta pendiente con un líder del narcotráfico mexicano y oscuros intereses de futuro en el tráfico de drogas.

La idea, que podría resultar interesante, no termina de funcionar en esta película, en la que, de hecho, la misma protagonista, no hace, en realidad, nada interesante en todo su desarrollo: siempre sale compungida, siempre en camiseta y siempre como mera comparsa de la escasa acción.

Así, lenta hasta conseguir aburrir al respetable, y con unos momentos de acción muy contados y que en ningún momento amenazan seriamente a los protagonistas, Sicario es ciertamente prescindible.

(Manifestación a favor de la independencia de Cataluña.)

Queridos lectores, nuestro compañero Antonio Martín, que en otras ocasiones nos ha asombrado con sus exigentes rutas de montaña y sus espectaculares fotos de ominosos paisajes, nos regala esta vez un interesantísimo artículo de opinión sobre el tan de moda “asunto catalán”. En su exposición, Antonio nos desglosa las claves de una situación -“problema”, dirán algunos-, que ha derivado actualmente en un auténtico esperpento que tiene como actores principales a los dirigentes de muchos de los partidos políticos con representación parlamentaria en aquella comunidad autónoma.

Lo verdad es que, a mí, todo este asunto de los catalanes ya me aburre: todos los días dándole que te pego al tema en la radio, en la televisión, en la prensa, en la sopa… Curiosamente, me pasa como con la Guerra Civil: que me interesaba (y me interesa desde un punto de vista histórico), pero ya estoy bastante harto de escuchar siempre las mismas diatribas de muchos rojillos de baja estofa.

Si traigo al blog este artículo, lo hago por varias razones: primero, porque comparto lo que sostiene; segundo, porque puede ser de interés para aquellos que estudian el fenómeno nacionalista; tercero, porque es claro y está muy bien escrito.

A su autor, sólo puedo agradecerle, una vez más, esta colaboración.

En fin, señoras y caballeros, les dejo con Antonio Martín y con su  estupendo análisis de “El esperpento catalán”.

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(Independentistas catalanes quemando la bandera española.)

Después de martirizarme cada día ocupando los medios de comunicación, el llamado “problema catalán” ha conseguido dos cosas que hace poco parecían imposibles: que me siente a escribir y que me hayan entrado ganas de ponerme a su altura y gritar: ¡Salud y viva la monarquía española!

El “problema catalán” muestra de manera descarnada las disparatadas alianzas que produce la fusión entre lucha de poder, ideología nacionalista y sueños revolucionarios.

Si reparamos en la CUP, resulta esperpéntico ver a supuestos defensores del anarquismo colaborando en la construcción de un Estado-nación. Si son anarquistas coherentes, ¿se van a dedicar a subvertir la República catalana después de ayudar a la burguesía de CDC/Esquerra a construirla? Como su admirado Durruti, ¿formarán columnas republicanas para liberar acto seguido Aragón? ¿Creen en serio que podrán autodestruirla y convertirla en una federación de comunas autogestionarias? ¿Acaso creen que la “desconexión” del Estado español vendrá seguida de la desconexión de las instituciones supra-estatales europeas y de los poderes económicos a los que sirven? Su postura de “primero desconectamos los anarcos o anticapitalistas catalanes y después desconectáis los demás”, recuerda demasiado las retorcidas explicaciones de los supuestos marxistas vascos para justificar la violencia etarra en Euskadi [i]. Aquellos oprimidos abertzales de entonces decían a otros oprimidos de España que “ellos les estaban enseñando el camino”. Lo que pasó entonces ya lo sabemos: que la razón marxista se disolvió en el mito nacionalista y ETA militar siguió matando sin necesidad de razonamientos supuestamente científicos. Años atrás, los cientos de miles de anarquistas del 36 creyeron que podían alcanzar el todo de golpe: destruir la II República española al mismo tiempo que la Dictadura fascista. Aunque les reconozcamos mesiánicas intenciones, a lo que contribuyeron ya lo sabemos por 40 años de dictatorial experiencia. En la España de hoy no hay guerra civil en el horizonte, pero si se formara la República catalana lo más probable es que sus beneficiarios fueran las grandes familias burguesas que prosperaron al abrigo de la Dictadura, llámense Pujol o  Sumarroca. Como tanto repiten Mas y Junqueras, la joven República se mantendría perfectamente conectada a las redes europeas y mundiales de poder para impedir cualquier forma de rebelión social. Tras su proclamación, a la CUP le darían las gracias por el servicio prestado: contribuir a que los capitalistas corruptos de Cataluña escapen de la “caza mayor” convirtiendo en Estado, y por lo tanto, en paraíso político, lo que hasta ahora ha sido su paraíso fiscal.

(Jordi Pujol, Artur Mas y sus respectivas señoras.)

Si reparamos en Convergencia y Esquerra, es esperpéntico ver a los representantes y beneficiarios del capitalismo de amiguetes quitándose la corbata y arrugándose la camisa para mimetizarse con radicales anticapitalistas y sostenerse en el poder jugando juntos a la rebeldía contra el Estado. Si consiguieran su objetivo, quizá culminasen la metamorfosis poniéndose un pendiente en la oreja en la ceremonia de proclamación. Pero si realmente se trata, como le gusta jactarse al astuto Mas, de un ardid estratégico, ¿acaso creen que la rebelión contra un Estado es ciertamente una “partida democrática” que se culmina celebrando con los adversarios la firma de un nuevo chanchullo financiero en una bodega de El Penedés? La postura de Carmen Forcadell, que sin duda se cree la nueva Macià que recibirá homenajes florales en la futura república catalana, recuerda demasiado a la de su mentor. El señor Macià, como luego el señor Companys, también pensaron que Cataluña estaba primero y debía “mostrar el camino republicano a los demás”. Por eso no dudaron en hacer la guerra por su cuenta en el 31 y en el 34 sin hacer ascos a ninguna forma de extraño aliado: Macià sondeando a Stalin y Companys auxiliado por los paramilitares de su consejero Dencás (los escamots, de ideología y funcionamiento netamente fascista). A lo que contribuyó el “todo sea por Cataluña” ya lo sabemos por cuarenta años de Dictadura. En la España “desmilitarizada” de hoy, a lo que pretenden contribuir resulta demasiado evidente: poner a buen recaudo su riqueza mientras los miserables del resto de España se aprietan el cinturón de la austeridad. O sea, la aplicación burguesa catalana del “sálvese primero quien pueda”.

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(Francesc Macià.)

Este proyecto rupturista compartido por partidos burgueses y antisistema se fundamenta en un principio investido de sacralidad democrática: el derecho a decidir. Para regocijo de los rupturistas, la condición sagrada del principio es aceptada por los partidos y votantes de izquierda de ámbito estatal, como IU, Podemos y parte del PSOE, que de este modo dan plena legitimidad a sus aspiraciones. Por lo general, la aceptación se hace sin ninguna clase de matices, como si para una persona de izquierda, el verbo “decidir” tuviera por sí solo, al margen de toda forma de sujeto o complemento, la capacidad mágica de hacer demócrata a quien lo invoca. Al buen progresista no le inquieta que la aplicación sagrada de ese principio pueda servir a Rato o a Pujol para invocar su derecho a decidir de dónde sacan y a dónde llevan su dinero.

No obstante, como la realidad impone los matices, sabemos que los rupturistas no reclaman el derecho a decidir sobre el destino de los fondos de rescate, el recorte del dinero público, las ayudas a los bancos, la financiación de la seguridad social, la intervención militar en conflictos bélicos, el régimen fiscal, la financiación pública de la Iglesia, la religión en la escuela, etc.; derechos que podríamos compartir todos los españoles y éstos con otros europeos. ¡No! Se trata del derecho a alterar un Estado en el que ejercen otros muchos derechos 47 millones de personas para segregar una parte correspondiente a 1/7 de la población. Es decir, del “derecho de autodeterminación política”, que en este caso implica el “derecho a crear un nuevo Estado dentro de otro”.

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(Lluis Companys.)

Pero, en este caso, ¿quién es el sujeto de la decisión? Los rupturistas responden que “el pueblo catalán”.  Con ello (aunque la CUP lo disimule) se refieren a una comunidad cultural y lingüística que ya dispuso en tiempos pretéritos de instituciones propias y se autorreconoce como “nación”. Pero, en tal caso, tendrían que ejercer el derecho quienes se sienten parte de dicho pueblo o nación y ligados directamente a ese pasado. Es decir, los que se sienten parte del pueblo catalán viviendo en el Rosellón, en Mallorca o en Bastia. Sin embargo, como la reconstrucción política de la comunidad cultural “histórica” resulta imposible, los rupturistas utilizan entonces la circunscripción correspondiente del Estado español, que incluye a individuos que no se sienten parte de esa comunidad. Y como tal, ni reclaman el derecho a la autodeterminación ni desean ejercerlo. De este modo, la parte que se dice “pueblo o nación catalana” y vive en el Estado español, obliga a otra parte del Estado español que vive en Cataluña, pero no se siente parte de dicho pueblo o nación, a votar sobre algo que no desea.

Para salvar este escollo, la convocatoria de un referéndum o un plebiscito de autodeterminación se presenta a quienes lo rechazan (los ciudadanos “españoles” de Cataluña) como una oportunidad para llevar su capacidad de decisión a un territorio hasta ahora vedado. Este es el planteamiento preferido de Esquerra y sobre todo la CUP para enmascarar el trasfondo nacionalista de su posición. Como tanto repite Junqueras, las elecciones que interesan a los rupturistas para avanzar hacia la autodeterminación, se presentan a los refractarios como un avance en el ejercicio de la democracia. ¿Cómo puede un demócrata, y máxime si es “progresista”, rechazar semejante oportunidad para elevar su capacidad de “decidir”? Pero los hechos que vemos cada día son tozudos y el “subconsciente” traiciona a los líderes. La verdad subyacente la dejó clara Carmen Forcadell cuando se refirió a los votantes del PP y Ciudadanos como esos “adversarios” que “no forman parte del pueblo de Cataluña”. Esas palabras ponen de manifiesto cuál es la verdadera lógica del proceso rupturista: a todos se les invita a votar, pero el voto de unos no cuenta lo mismo que el de los otros. Es decir, lo que deciden los miembros del pueblo catalán no vale lo mismo que lo que deciden los miembros del pueblo español, pues sólo a los primeros se les reconoce autenticidad. Las consecuencias políticas que los nacionalistas han ido sacando de la sucesión de manifestaciones, procesos participativos y supuestos plebiscitos muestran de forma inequívoca esta lógica de actuación: nos da igual lo que los adversarios hagáis o votéis; me paso por la piedra a quién deberían representar el ejecutivo y el legislativo catalán, nosotros hemos decidido que el único proceso legítimo es el que lleva a la independencia y lo refrendamos al grito de ¡Visca la República Catalana!

Independentistas celebran la Diada. | Antonio Moreno

(Independentistas catalanes en plena celebración.)

Como bien saben los nacionalistas por el peso de la historia, los Estados nación no se construyen mediante recuento de votos del mismo valor, sino por la fuerza. Pero puesto que no tienen el coraje ni son tiempos para tomar las armas de fuego, utilizan las otras armas que tienen a su alcance y de las que les ha dotado el propio Estado español; es decir, todo el aparato de armas mediáticas, educativas y jurídicas que permiten forzar la voluntad de los vulnerables o doblegar la voluntad de los adversarios.

En suma, lo que vemos en Cataluña es otro episodio más de la contradicción inherente entre el nacionalismo y la democracia. El nacionalismo y el utopismo revolucionario son formas de religión política que apuntan a un fin necesario. Para el nacionalista, la afirmación de una nación es una necesidad metafísica, pues ninguna nación podría renunciar a su afirmación final como Estado. Y lo mismo puede decirse para el revolucionario de clase. Por el contrario, la democracia no apunta a ningún final de la historia, es un conjunto de procedimientos para encauzar pacíficamente los conflictos en un Estado de derecho. Por lo tanto, la única forma de conjugar la democracia con el nacionalismo o el utopismo, es  convirtiendo los procedimientos democráticos en un ardid estratégico que debe acomodarse a un final escrito de antemano. Esto es, justamente, lo que están haciendo los rupturistas.

En definitiva, los nacionalistas se sirven de los instrumentos del Estado español para segregar una parte de su territorio y convertirlo en su propio Estado nación. Con ello, toman a los ciudadanos del Estado español en Cataluña como rehenes y, votando en referéndum, les obligan a ser agentes de la segregación (algo así como colaboracionistas democráticos). Al mismo tiempo, excluyen al resto de los españoles de su “derecho a decidir” sobre un territorio que les incumbe. Para semejante operación, los nacionalistas sacan a colación la historia de confrontación entre España y Cataluña, que puede darse por cierta si se refiere a los episodios de confrontación violenta entre determinadas instituciones y élites de una parte y de otra [ii]. Pero obvian que, frente a esa certidumbre, existe otra de relevancia mayor, que es la historia de colaboración ininterrumpida entre los diversos entes hispánicos o ibéricos desde al menos el siglo XII [iii]. Esa larguísima historia es la que ha permitido tejer una red inconmensurable de lazos entre los diversos “pueblos” integrados en el Estado español. Más aún, la propia existencia de comunidades culturales tan singulares como la catalana y la vasca, y su fuerte proyección política, no habrían sido posibles si no hubieran sido parte del Estado español. Para corroborarlo, solo hace falta apreciar lo que ha sido de la parte correspondiente de esas comunidades dentro del Estado francés. En este sentido, la conversión de Cataluña y Euskadi en Estados sería un golpe irreparable a su propia convivencia, que ha sido posible dentro de España y, en buena parte, gracias a la debilidad histórica del Estado español. Desgraciadamente, lejos de congratularse por ello, siguen empeñados en aprovechar cualquier nuevo signo de debilidad (en estos tiempos la crisis económica) para desvincularse del compromiso colectivo con sus camaradas de historia.

(Oriol Junqueras.)

En definitiva, lo que están haciendo Convergencia, Esquerra y la CUP es una prueba de su manifiesta insolidaridad con el resto de los españoles. En el plazo inmediato, su empecinamiento habrá conseguido que, en las próximas elecciones, el conflicto territorial provocado por su desafección, se ponga en primer plano frente al conflicto social provocado por la crisis. En un marco espacio temporal más amplio, la posición de estos partidos es lo que hace inviable forjar formas supraestatales de lucha social frente a los grandes poderes económicos.

Por buscar un símil sencillo, lo que pretenden los nacionalistas catalanes sería lo mismo que hiciese yo si, justificándome en algunas discusiones del pasado, le presentase a mi mujer una declaración de independencia sin contar con su opinión, incluyese en ella lo que me llevo de nuestro patrimonio compartido y anunciase al final mi intención de venir a comer a casa cuando se me antoje y a mesa puesta. En el caso catalán, se trataría, sin duda, de jugar la Liga contra el Madrid.

Santander, 2-11-2015.

(Viñeta alusiva a cómo se limpian los trapos sucios en Cataluña.)

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[i] Beltza, Emilio López Adán: El nacionalismo vasco de 1876 a 1936 y El nacionalismo vasco en el exilio. Txalaparta.

[ii] La sublevación de 1640-1652 o la Guerra de Sucesión entre 1701 y 1715.

[iii] Aunque es absurdo buscar un origen preciso al proceso de interconexión entre los entes políticos hispánicos, podemos recordar que con Ramón Berenguer IV, en 1137, ya se produjo una integración efectiva entre Aragón y Barcelona. No obstante, será a partir de la doble revolución industrial y liberal de principios del siglo XIX cuando el proceso de fusión se haga especialmente intenso y afecte a todas las capas sociales. Desde entonces hasta hoy, catalanes y demás españoles no hemos hecho otra cosa que compartir historia. De tal modo que, si fuese ciertamente posible –como pretenden los nacionalistas- pesar la historia, podría retarse a los segregacionistas a comparar el peso de los Claris o Prat de la Riba con el peso de los Prim, Pi i Margall, García Oliver o Josep Pla.

(Independentistas catalanes de “nueva generación”.)

Tenía guardado desde hace tiempo el testimonio que les presento hoy, queridos lectores. Procede de las “confidencias” que hizo en su día a un grupo “selecto” de oyentes un profesor de Educación Física de un instituto de Secundaria de Cantabria, cuyo nombre, así como otros datos, la prudencia me lleva a omitir. Tan sólo añadiré que ocurrió hace ya unos cuantos años, pero no tantos como para que haya perdido actualidad, pues la zona de Santander que se referencia sigue siendo, por lo que sé, “foco” de surgencias de pestilente origen y lugar habitual de la práctica del surf y el bodyboarding. El testimonio es, una vez más, fiel a la realidad de lo sucedido.

Ahí va…

Tenemos una actividad de “iniciación al surf”, y vamos con los chavales al Chiqui. Vamos al Chiqui y nos metemos en el agua, y ahí olía mal. Allí, en el agua, queríamos dar la teoría, pero empezaron a salir residuos de todo tipo.

Éste es un ejemplo de que uno puede tener en principio todo en cuenta, pero luego hay variables que se escapan.

Nos vamos más allá, pero como ese día había algo de oleaje, sigue viniendo “todo”, y es todavía peor.

Vamos al instituto y presentamos una denuncia.

Al día siguiente, de 18 alumnos que fueron, 7 de ellos están con gastroenteritis.

El ayuntamiento nos manda  luego la analítica, ¡pero de 15 días antes del baño!, y, claro, estaba perfecto. Y cuando nos bañamos fueron los días en que se rompió la tubería.

Surf fecal en El Chiqui de Santander

Y ahora unas observaciones sobre este breve testimonio (éstas son ya de mi propia cosecha):

  • Nadie está exento de darse alguna vez un buen baño de fecales, ahí, donde está todo lo rico.
  • Tanto “saneamiento” y tanta historia, y estoy seguro de que en Cantabria la mayor parte de la “sustancia” termina, de una u otra manera, en el mar.
  • Propongo, no sólo ya por los escapes sino también por los frecuentes olores, declarar la zona del Chiqui “Zona de Riesgo Biológico de Nivel 1”.
  • El ayuntamiento de Santander, en un proceder que debe de ser bastante más habitual de lo que nos pensamos, falseó/falsea los resultados de una importante negligencia, en la que, ¡oye!, ¡al final resulta que ahí no ha pasado nada!

Según lo dicho en este último punto, para el ayuntamiento, sería todo entonces una invención o una imaginación de unos chavales que, al día siguiente, se estaban todos yendo por las patas bien idos. Eso sí, sucedió con estos pobres chicos que “lo que salió del mar volvió finalmente al mar”.

Señalización de la prohibición del baño

[Espacio patrocinado por Cascarria Infinita y CACICÁN -Agrupación de Caciques de Cantabria-.]