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El pasado verano cayeron muchas películas, de desigual calidad, y de las que no dejé en su momento testimonio crítico, por lo que éstas se han ido acumulando. Citaré sólo, casi a la manera de un listado y sin posibilidad ya de ser exahustivo, las que recuerdo.

Cayeron San Andrés (con “The Rock” especialista en el manejo de cualquier tipo de vehículo para poder salvar a su familia de un cataclismo sísmico que acaba con la ciudad de Los Ángeles); Asesinos inocentes (donde Cabano, el de Física y Química, tendrá que ayudar a uno de sus profesor a cometer un “suicidio”); La visita (en la que unos niños pasan un semana con sus siniestros abuelos en una casa aislada); una pésima Rey Gitano (de ella sólo destacaría la conferencia sobre drogas que imparte Manquiña y la pegadiza canción de Toni Lomba); Anacleto (comedia insulsa, basada en este personaje del cómic español interpretado para la ocasión por ¡Imanol Arias!,y que  viene con hijo incluido); Una semana en Córcega (un par de amigos acuden con sus respectivas hijas a pasar unas vacaciones a esa isla mediterránea y una de ellas se enamora del padre de la otra); y ya no me acuerdo de qué más he visto, pero ha sido bastante.

Dicho esto, voy a retomar esta sección de crítica cinematográfica con la segunda parte de El corredor del laberinto, titulada en este caso Las pruebas. Hay que recordar que en la anterior entrega los protagonistas, que habían conseguido salir del laberinto, eran rescatados y trasladados a unas supuestas instalaciones de seguridad. Ahora, en este segundo capítulo los supervivientes, dirigidos por Thomas, terminan por darse cuenta de que esa pretendida seguridad encubre un asunto muy turbio. Los jóvenes consiguen escapar y partir de ahí todo deriva hacia una película de zombies en la que los chicos, perseguidos por los malos, tienen la clave para sacar a la Humanidad de una epidemia.

Película curiosa, especialmente en el principio, el final termina derivando hacia lo convencional. Habrá que ver qué nos depara la tercera entrega.

Everest, basada en una historia real (y supongo que en muchas) es la historia de uno de esas expediciones de gente adinerada que contrata una subida al Techo del Mundo con un guía y unos porteadores, pero en la que gran parte de la misma se” queda” por el camino. En este caso las buenas condiciones climatológicas para alcanzar la cima terminan por torcerse bruscamente y una monumental tormenta hace que los grupos que en ese momento acababan de hacer cumbre se las vean y se las deseen para poder descender. Pueden imaginar que muchos de ellos pasarán a engrosar el cementerio de escaladores que se ha cobrado, otras montañas, el Everest, y cuyos cadáveres, momificados, todavía pueden contemplar en ocasiones los alpinistas.

Película es entretenida, con buenos efectos, es -lo imaginarán también- previsible en su desarrollo y desenlace.

Entretenida (y olvidable) resulta El Desconocido. El punto de partida de su argumento es la venganza de un particular contra un alto cargo de uno de tantas entidades bancarias s que, antes de la crisis, endilgaban sin remordimientos y a sabiendas productos tóxicos a sus clientes, que podía llegar a perder todo su dinero.

En este caso concreto, el antiguo cliente de la entidad decide vengarse de Carlos (Luis Tosar), colocando bombas debajo de los asientos de su coche el día en que lleva a sus hijos a la escuela. A partir de ahí la película se convierte en una carrera contra el tiempo por las calles de La Coruña, que llevará a Carlos y su familia una situación límite.

Había leído, antes de verla, alguna crítica que no dejaba demasiado bien a la última película de Alejandro Amenábar: Regresión. Me bastaba además que Telecinco, en una de esas insistentes campañas con que promociona sus “productos”, te la intentase meter hasta en la sopa para que desconfiase todavía más de ella.

Podrán imaginarse, pues, y pese a que no siempre hago caso de lo que dicen los críticos, que iba al cine con la idea de ver una película que iba a fallar por algún lado. Y así fue, pues, pese a que parte de una idea argumental buenísima, ésta -desde mi punto de vista- se desaprovecha.

El argumento se centra en la ola de supuestos cultos y rituales satánicos que se difundió por los Estados Unidos a partir de 1980. Y en este contexto, la película nos traslada a un pueblo, en el que, al parecer, una adolescente ha sufrido abusos sexuales por parte de su padre en la celebración de rituales satánicos en los que da la impresión de que, en última instancia, está involucrado más de medio pueblo.

El agente Bruce se encargará del caso, ayudado por un psicólogo especialista en regresiones con el que intenta sacar más información de los supuestos implicados en el caso. Paralelamente, asistimos a la evolución psicológica del propio agente encargado de la investigación, que se ve inmerso en esas terribles sugestiones. Y ahora… ¡ojo, que vienen los SPOILERS!: al final, resulta que toda la historia de los abusos, de los rituales y de los crímenes satánicos se la había inventado la chica y, por sugestión, y también gracias a las ideas del párroco del pueblo que metía miedo a los fieles, todos se la estaban empezando a creer.

Aquí Amenábar no deja un final abierto a varias interpretaciones, un remate que, creo, habría convenido ciertamente a la película; ni tan siquiera da cabida a la sobrenatural o bizarro, porque, si bien alguna vez esto llega a sugerirse (las escenas del granero, los sueños, los paisajes siempre lluviosos y neblinosos…), el final termina por descartarlo. Y es ahí donde yo, personalmente, me llevé el chasco, porque creo que se podría haber sacado mucho más partido a toda la historia. Eso sí: es un alegato contra cómo lo irracional y la sugestión colectiva nos pueden llevar a levantar los pies del suelo.

Woody Allen nos ofrece en los últimos tiempos, al menos, una película al año, y en este caso nos presenta la curiosa Irrational man, la historia de un profesor universitario de Filosofía alcohólico, seguidor de los postulados del existencialismo y que atraviesa una etapa de declive en su vida. Sin embargo, cuenta con seguidores entre sus alumnos, y de él se termina enamorando una joven estudiante que se siente fascinada por su trabajo y por su figura. Y entonces,  cuando la desesperación del profesor parece total, escucha casualmente una conversación en una cafetería que dota de súbito de pleno sentido su vida: descubre de pronto que el objeto de su vida es asesinar a un despiadado juez. Desde ese momento, la película se torna más disparatada, y nuestro profesor termina por perder completamente la cabeza.

Relaciones personales y situaciones estrafalarias recorren, como es habitual en Allen, esta nueva película.

La comedia española Los miércoles no existen nos ofrece un conjunto de historias de pareja que transcurren un mismo día. Bueno, en realidad, en diferentes miércoles comprendidos entre los años 2010 y 2014. Una joven que le es infiel a su prometido en una fiesta de despedida, un novio infiel que termina convirtiéndose en putero a domicilio, un par de amigos con formas antagónicas de ver a las mujeres (uno que busca la mujer de su vida; el otro, ególatra, que solo pretende satisfacer con ellas sus instintos más primarios)… En un principio todas las historias parecen deshilachadas, pero al final todas están conectadas.

Destacaría algunos momentos bastante cómicos, especialmente, los protagonizados por la mencionada pareja de amigos y, sobre todo, por uno de ellos: un pintor sin talento, de risa estúpida, que va de tío bueno y al que, dice, le gusta darles a las mujeres “lo suyo”.

La película me pareció en general entretenida, aunque yo, particularmente, le habría quitado algo de duración. En su parte más negativa citaría la presencia de un insípido Eduardo Noriega, actor que a mí, particularmente, no me gusta y que, además de mostrar en el film que sus dotes de canto son bastante limitadas, resulta con frecuencia absolutamente inexpresivo y pone una voz que no encaja bien con las situaciones. Eso sí: como siempre, luce melenita.

Marte (The Martian) es la historia de Mark Watney, un astronauta de misión en Marte que, tras una tormenta (he oído en algún sitio que ese tipo de tormenta sería en realidad imposible por las condiciones atmosféricas de Marte, aunque es indispensable para que exista la película), se queda aislado en el Planeta Rojo y con la tesitura de tener que buscarse la vida si desea sobrevivir. Mark tendrá que recurrir a la ciencia montar su propio invernadero, para cultivar patatas, para obtener agua y para comunicarse con la Tierra. Su futuro entonces dependerá de la siguiente misión que acuda al planeta, a no ser que sus compañeros puedan dar la vuelta y regresar a por él.

La película es también un alegato a favor de la ciencia, de los conocimientos científicos como medio que permite la supervivencia en las situaciones más que adversas.

En cuanto a mi opinión, lo primero que tengo que reconocer es que la película está bien hecha, pero el desarrollo se me hizo pesado: la idea de mostrar la supervivencia de un hombre solo en Marte y las posibilidades de su rescate desde la Tierra es buena pero el alargarlo hasta las dos horas y media la convierte en algo tediosa. Pese a todo, la película fue exactamente lo que esperaba de ella después de ver anteriormente el correspondiente tráiler.

En la última película que vi de Álex de la Iglesia, Las brujas de Zugarramurdi, ya percibí que a este director de grandes joyas como El Día de la Bestia se le habían agotado las ideas a la par que se le había ido la olla, algo que refrenda el caos sin sentido de su última película, Mi gran noche.

El interminable rodaje de un especial de Año Nuevo para recibir 2016, durante unos día de huelgas, protestas y constantes enfrentamientos con la policía en el exterior del set de grabación, es el escenario elegido para que Álex de la Iglesia nos presente a sus “amiguetes” interpretando a un conjunto de personajes que no me aportaron nada: una chica guapa con fama de gafe que encuentra el amor en un figurante del set que debería estar ocupándose de su madre; un joven cantante de moda (Adanne) al que una fan le roba el semen en su boca; un matrimonio de presentadores en guerra constante; un cantante ególatra y despótico al que quiere asesinar su propio hijo, dos empleadas del equipo técnico lesbianas y fumadoras empedernidas…,  y otros estrafalarios individuos que terminar por materializar un nuevo despropósito de este director que parece haber perdido el rumbo. Caótica, absurda y mala pienso que son términos adecuados para definirla.

La Cumbre Escarlata es una película de miedo (o, si prefieren ustedes, de horror o terror) de estilo gótico y ambiente fin de siècle, con mansiones encantadas, criptas ocultas, linajes nobiliarios en plena decadencia y amores imposibles.

Todo parte del encuentro de dos hermanos de origen británico (un hermano y una hermana, para ser exactos) con un rico neoyorkino al que pretenden venderle un ingenio mecánico con el que extraer arcilla del suelo para fabricar ladrillos. El hermano, además, pretende a la hija de aquél y, pese a las sospechas de que la pareja esconde algún asunto turbio, consigue casarse con ella y llevarla a su imponente y aislada mansión en una zona, un terreno de arcilla roja, a la que llaman “La Cumbre Escarlata”. Y allí, poco a poco, la joven va descubriendo que todo no era tan idílico como pensaba y que los dos hermanos (su nuevo marido y la hermana de éste) tienen para ella planes bastante siniestros. Hasta aquí puedo contar, por si alguno de nuestros lectores piensa verla.

A mí, sin ser maravillosa, me ha gustado.

Black Mass nos cuenta, con carácter retrospectivo, la historia de un delincuente estadounidense: el desconfiado psicópata Jimmy “Whitey” Bulger, quien se convirtió en líder del crimen organizado en el sur de Boston a finales de los años 70 y principio de los 80 del siglo pasado.

Asistimos a los oscuros negocios de este infame criminal -hermano del que en aquel entonces era un senador de los Estados Unidos- que, siempre acompañado por su camarilla de fieles sicarios, frecuentó el asesinato y estableció una siniestra alianza con el FBI: Whitey, a cambio de suministrar información, por lo general de escaso o sencillamente nulo valor a la agencia, recibía a cambio impunidad por sus actos, lo que permitió extender una red criminal que incluía el envío de armas al IRA.

Carente de cualquier escrúpulo moral, Jimmy Whitey no duda nunca en eliminar a sangre fría cualquier oposición y a todos aquéllos que, con razón o sin ella, considere traidores a su causa, sean éstos amigos de la infancia o, directamente, personas inocentes.

Debemos al actor Johnny Depp el darle vida en la ficción a este criminall; pero, a pesar de la buena interpretación, en el film la apariencia de Jimmy resulta demasiado artificial debido a los excesos del maquillaje. Por otro lado, la película se termina haciendo demasiado lenta, y, como sucede en muchas otras ocasiones, bien podría haberse contado lo mismo en menos tiempo.

Como conclusión, diré que se puede ver, pero, ciertamente, no tiene nada memorable.

Una de la peores película que recuerdo haber visto en mi vida (si no, la peor) es El último cazador de brujas. Es tan mala en todo, es tal despropósito y es tan ilógica,  que he estado a punto de no comentarla siquiera en esta entrada, pero, bueno, como ya he cometido la imprudencia de haber ido a verla, pues dejaré unas líneas para recuerdo.

La película es la historia de un cazador de brujas que mata a las brujas que hacen la magia negra y que quieren traer el la peste y la destrucción al mundo Este personaje, interpretado por un Vin Diesel en plan a Todo Gas)  es inmortal porque fue maldecido por una bruja a la que dio muerte hace 800 años en Dios sabe dónde.

Ya en el presente, él sigue cazando bruja acompañado de un cura de no sé qué lamentable orden. Este cura-ayudante aparecerá, calculo, 5 minutos en total en toda la película, porque, supuestamente, le mata un brujo. Y digo “supuestamente”, porque pronto descubrimos que en realidad lo que está es como dormido. En ese momento aparece” Frodo”, que se convierte en el nuevo ayudante del cazabrujas (“Frodo”, en total, saldrá otros 5 minutos), y Vin Diesel, que suele llevar un espadón que echa llamaradas de fuego, acude donde una bruja buena que le ayude con unos filtros mágicos con los que puede recordar el pasado. Al final este matón de discoteca reconvertido en exterminador de malvadas brujas acaba con un perverso brujo y con la Bruja Reina, y ya se acabó esta puta basura de película.

¡Vaya manera de despilfarrar millones haciendo estos auténticos bodrios! Pero lo peor de todo no es esto, no, si no que ¡¡¡amenaza segunda parte!!! Eso sí: ésa segunda parte ya va a ir a verla su p… mad…

La última entrega de James Bond -y, por lo que he oído, quizá la última protagonizada por Daniel Craig interpretando este papel- es Spectre. Larga (más de dos horas de duración), la nueva entrega cuenta como las anteriores con momentos de acción trepidante, muy del estilo, más agresivo, que le ha dado al Agente 007 en las últimas películas este fornido actor. Y, sin duda, hay unos buenos efectos especiales.

Spectre nos muestra a James Bond tirando del hilo hasta destapar la existencia de una organización criminal extendida por todo el mundo llamada Espectra, algunos de cuyos dirigente el Agente del Servicio de Su Majestad eliminó en anteriores episodios. Finalmente, dará con el líder de la organización, que tiene incluso agentes infiltrados en el Servicio Secreto británico y que están intentando acceder a información privilegiada sobre los servicios secretos de todo el mundo. Dos mujeres-Bond aparece en esta película que en ocasiones se me hizo lenta. Una de ellas, Monica Belucci, aparece sólo unos cinco minutos.

Película con buenos momentos de acción; se me hizo en varias ocasiones algo plomiza.

Una larga y poco interesante película -y eso que el tráiler prometía- es Sicario, a la que no salva el que considero un nuevo buen papel del actor Benicio del Toro.

En ella, una unidad especial que trabaja para el gobierno de Estados Unidos “recluta” a una policía de los cuerpos especiales especializada en secuestros. La idea de la unidad es desarticular uno de los grandes cárteles de la droga que operan en la frontera entre México y Estados Unidos.

Al final, la chica, que desconoce al principio en qué proyecto se está embarcando, terminará por descubrir que el motivo real de su fichaje no es otro que el de dar carácter legar a las operaciones “extraoficiales” contra el narcotráfico que realiza ese comando. Pero también averiguará que el equipo cuenta entre sus componentes con un sicario colombiano que tiene una vieja cuenta pendiente con un líder del narcotráfico mexicano y oscuros intereses de futuro en el tráfico de drogas.

La idea, que podría resultar interesante, no termina de funcionar en esta película, en la que, de hecho, la misma protagonista, no hace, en realidad, nada interesante en todo su desarrollo: siempre sale compungida, siempre en camiseta y siempre como mera comparsa de la escasa acción.

Así, lenta hasta conseguir aburrir al respetable, y con unos momentos de acción muy contados y que en ningún momento amenazan seriamente a los protagonistas, Sicario es ciertamente prescindible.

(Manifestación a favor de la independencia de Cataluña.)

Queridos lectores, nuestro compañero Antonio Martín, que en otras ocasiones nos ha asombrado con sus exigentes rutas de montaña y sus espectaculares fotos de ominosos paisajes, nos regala esta vez un interesantísimo artículo de opinión sobre el tan de moda “asunto catalán”. En su exposición, Antonio nos desglosa las claves de una situación -“problema”, dirán algunos-, que ha derivado actualmente en un auténtico esperpento que tiene como actores principales a los dirigentes de muchos de los partidos políticos con representación parlamentaria en aquella comunidad autónoma.

Lo verdad es que, a mí, todo este asunto de los catalanes ya me aburre: todos los días dándole que te pego al tema en la radio, en la televisión, en la prensa, en la sopa… Curiosamente, me pasa como con la Guerra Civil: que me interesaba (y me interesa desde un punto de vista histórico), pero ya estoy bastante harto de escuchar siempre las mismas diatribas de muchos rojillos de baja estofa.

Si traigo al blog este artículo, lo hago por varias razones: primero, porque comparto lo que sostiene; segundo, porque puede ser de interés para aquellos que estudian el fenómeno nacionalista; tercero, porque es claro y está muy bien escrito.

A su autor, sólo puedo agradecerle, una vez más, esta colaboración.

En fin, señoras y caballeros, les dejo con Antonio Martín y con su  estupendo análisis de “El esperpento catalán”.

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(Independentistas catalanes quemando la bandera española.)

Después de martirizarme cada día ocupando los medios de comunicación, el llamado “problema catalán” ha conseguido dos cosas que hace poco parecían imposibles: que me siente a escribir y que me hayan entrado ganas de ponerme a su altura y gritar: ¡Salud y viva la monarquía española!

El “problema catalán” muestra de manera descarnada las disparatadas alianzas que produce la fusión entre lucha de poder, ideología nacionalista y sueños revolucionarios.

Si reparamos en la CUP, resulta esperpéntico ver a supuestos defensores del anarquismo colaborando en la construcción de un Estado-nación. Si son anarquistas coherentes, ¿se van a dedicar a subvertir la República catalana después de ayudar a la burguesía de CDC/Esquerra a construirla? Como su admirado Durruti, ¿formarán columnas republicanas para liberar acto seguido Aragón? ¿Creen en serio que podrán autodestruirla y convertirla en una federación de comunas autogestionarias? ¿Acaso creen que la “desconexión” del Estado español vendrá seguida de la desconexión de las instituciones supra-estatales europeas y de los poderes económicos a los que sirven? Su postura de “primero desconectamos los anarcos o anticapitalistas catalanes y después desconectáis los demás”, recuerda demasiado las retorcidas explicaciones de los supuestos marxistas vascos para justificar la violencia etarra en Euskadi [i]. Aquellos oprimidos abertzales de entonces decían a otros oprimidos de España que “ellos les estaban enseñando el camino”. Lo que pasó entonces ya lo sabemos: que la razón marxista se disolvió en el mito nacionalista y ETA militar siguió matando sin necesidad de razonamientos supuestamente científicos. Años atrás, los cientos de miles de anarquistas del 36 creyeron que podían alcanzar el todo de golpe: destruir la II República española al mismo tiempo que la Dictadura fascista. Aunque les reconozcamos mesiánicas intenciones, a lo que contribuyeron ya lo sabemos por 40 años de dictatorial experiencia. En la España de hoy no hay guerra civil en el horizonte, pero si se formara la República catalana lo más probable es que sus beneficiarios fueran las grandes familias burguesas que prosperaron al abrigo de la Dictadura, llámense Pujol o  Sumarroca. Como tanto repiten Mas y Junqueras, la joven República se mantendría perfectamente conectada a las redes europeas y mundiales de poder para impedir cualquier forma de rebelión social. Tras su proclamación, a la CUP le darían las gracias por el servicio prestado: contribuir a que los capitalistas corruptos de Cataluña escapen de la “caza mayor” convirtiendo en Estado, y por lo tanto, en paraíso político, lo que hasta ahora ha sido su paraíso fiscal.

(Jordi Pujol, Artur Mas y sus respectivas señoras.)

Si reparamos en Convergencia y Esquerra, es esperpéntico ver a los representantes y beneficiarios del capitalismo de amiguetes quitándose la corbata y arrugándose la camisa para mimetizarse con radicales anticapitalistas y sostenerse en el poder jugando juntos a la rebeldía contra el Estado. Si consiguieran su objetivo, quizá culminasen la metamorfosis poniéndose un pendiente en la oreja en la ceremonia de proclamación. Pero si realmente se trata, como le gusta jactarse al astuto Mas, de un ardid estratégico, ¿acaso creen que la rebelión contra un Estado es ciertamente una “partida democrática” que se culmina celebrando con los adversarios la firma de un nuevo chanchullo financiero en una bodega de El Penedés? La postura de Carmen Forcadell, que sin duda se cree la nueva Macià que recibirá homenajes florales en la futura república catalana, recuerda demasiado a la de su mentor. El señor Macià, como luego el señor Companys, también pensaron que Cataluña estaba primero y debía “mostrar el camino republicano a los demás”. Por eso no dudaron en hacer la guerra por su cuenta en el 31 y en el 34 sin hacer ascos a ninguna forma de extraño aliado: Macià sondeando a Stalin y Companys auxiliado por los paramilitares de su consejero Dencás (los escamots, de ideología y funcionamiento netamente fascista). A lo que contribuyó el “todo sea por Cataluña” ya lo sabemos por cuarenta años de Dictadura. En la España “desmilitarizada” de hoy, a lo que pretenden contribuir resulta demasiado evidente: poner a buen recaudo su riqueza mientras los miserables del resto de España se aprietan el cinturón de la austeridad. O sea, la aplicación burguesa catalana del “sálvese primero quien pueda”.

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(Francesc Macià.)

Este proyecto rupturista compartido por partidos burgueses y antisistema se fundamenta en un principio investido de sacralidad democrática: el derecho a decidir. Para regocijo de los rupturistas, la condición sagrada del principio es aceptada por los partidos y votantes de izquierda de ámbito estatal, como IU, Podemos y parte del PSOE, que de este modo dan plena legitimidad a sus aspiraciones. Por lo general, la aceptación se hace sin ninguna clase de matices, como si para una persona de izquierda, el verbo “decidir” tuviera por sí solo, al margen de toda forma de sujeto o complemento, la capacidad mágica de hacer demócrata a quien lo invoca. Al buen progresista no le inquieta que la aplicación sagrada de ese principio pueda servir a Rato o a Pujol para invocar su derecho a decidir de dónde sacan y a dónde llevan su dinero.

No obstante, como la realidad impone los matices, sabemos que los rupturistas no reclaman el derecho a decidir sobre el destino de los fondos de rescate, el recorte del dinero público, las ayudas a los bancos, la financiación de la seguridad social, la intervención militar en conflictos bélicos, el régimen fiscal, la financiación pública de la Iglesia, la religión en la escuela, etc.; derechos que podríamos compartir todos los españoles y éstos con otros europeos. ¡No! Se trata del derecho a alterar un Estado en el que ejercen otros muchos derechos 47 millones de personas para segregar una parte correspondiente a 1/7 de la población. Es decir, del “derecho de autodeterminación política”, que en este caso implica el “derecho a crear un nuevo Estado dentro de otro”.

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(Lluis Companys.)

Pero, en este caso, ¿quién es el sujeto de la decisión? Los rupturistas responden que “el pueblo catalán”.  Con ello (aunque la CUP lo disimule) se refieren a una comunidad cultural y lingüística que ya dispuso en tiempos pretéritos de instituciones propias y se autorreconoce como “nación”. Pero, en tal caso, tendrían que ejercer el derecho quienes se sienten parte de dicho pueblo o nación y ligados directamente a ese pasado. Es decir, los que se sienten parte del pueblo catalán viviendo en el Rosellón, en Mallorca o en Bastia. Sin embargo, como la reconstrucción política de la comunidad cultural “histórica” resulta imposible, los rupturistas utilizan entonces la circunscripción correspondiente del Estado español, que incluye a individuos que no se sienten parte de esa comunidad. Y como tal, ni reclaman el derecho a la autodeterminación ni desean ejercerlo. De este modo, la parte que se dice “pueblo o nación catalana” y vive en el Estado español, obliga a otra parte del Estado español que vive en Cataluña, pero no se siente parte de dicho pueblo o nación, a votar sobre algo que no desea.

Para salvar este escollo, la convocatoria de un referéndum o un plebiscito de autodeterminación se presenta a quienes lo rechazan (los ciudadanos “españoles” de Cataluña) como una oportunidad para llevar su capacidad de decisión a un territorio hasta ahora vedado. Este es el planteamiento preferido de Esquerra y sobre todo la CUP para enmascarar el trasfondo nacionalista de su posición. Como tanto repite Junqueras, las elecciones que interesan a los rupturistas para avanzar hacia la autodeterminación, se presentan a los refractarios como un avance en el ejercicio de la democracia. ¿Cómo puede un demócrata, y máxime si es “progresista”, rechazar semejante oportunidad para elevar su capacidad de “decidir”? Pero los hechos que vemos cada día son tozudos y el “subconsciente” traiciona a los líderes. La verdad subyacente la dejó clara Carmen Forcadell cuando se refirió a los votantes del PP y Ciudadanos como esos “adversarios” que “no forman parte del pueblo de Cataluña”. Esas palabras ponen de manifiesto cuál es la verdadera lógica del proceso rupturista: a todos se les invita a votar, pero el voto de unos no cuenta lo mismo que el de los otros. Es decir, lo que deciden los miembros del pueblo catalán no vale lo mismo que lo que deciden los miembros del pueblo español, pues sólo a los primeros se les reconoce autenticidad. Las consecuencias políticas que los nacionalistas han ido sacando de la sucesión de manifestaciones, procesos participativos y supuestos plebiscitos muestran de forma inequívoca esta lógica de actuación: nos da igual lo que los adversarios hagáis o votéis; me paso por la piedra a quién deberían representar el ejecutivo y el legislativo catalán, nosotros hemos decidido que el único proceso legítimo es el que lleva a la independencia y lo refrendamos al grito de ¡Visca la República Catalana!

Independentistas celebran la Diada. | Antonio Moreno

(Independentistas catalanes en plena celebración.)

Como bien saben los nacionalistas por el peso de la historia, los Estados nación no se construyen mediante recuento de votos del mismo valor, sino por la fuerza. Pero puesto que no tienen el coraje ni son tiempos para tomar las armas de fuego, utilizan las otras armas que tienen a su alcance y de las que les ha dotado el propio Estado español; es decir, todo el aparato de armas mediáticas, educativas y jurídicas que permiten forzar la voluntad de los vulnerables o doblegar la voluntad de los adversarios.

En suma, lo que vemos en Cataluña es otro episodio más de la contradicción inherente entre el nacionalismo y la democracia. El nacionalismo y el utopismo revolucionario son formas de religión política que apuntan a un fin necesario. Para el nacionalista, la afirmación de una nación es una necesidad metafísica, pues ninguna nación podría renunciar a su afirmación final como Estado. Y lo mismo puede decirse para el revolucionario de clase. Por el contrario, la democracia no apunta a ningún final de la historia, es un conjunto de procedimientos para encauzar pacíficamente los conflictos en un Estado de derecho. Por lo tanto, la única forma de conjugar la democracia con el nacionalismo o el utopismo, es  convirtiendo los procedimientos democráticos en un ardid estratégico que debe acomodarse a un final escrito de antemano. Esto es, justamente, lo que están haciendo los rupturistas.

En definitiva, los nacionalistas se sirven de los instrumentos del Estado español para segregar una parte de su territorio y convertirlo en su propio Estado nación. Con ello, toman a los ciudadanos del Estado español en Cataluña como rehenes y, votando en referéndum, les obligan a ser agentes de la segregación (algo así como colaboracionistas democráticos). Al mismo tiempo, excluyen al resto de los españoles de su “derecho a decidir” sobre un territorio que les incumbe. Para semejante operación, los nacionalistas sacan a colación la historia de confrontación entre España y Cataluña, que puede darse por cierta si se refiere a los episodios de confrontación violenta entre determinadas instituciones y élites de una parte y de otra [ii]. Pero obvian que, frente a esa certidumbre, existe otra de relevancia mayor, que es la historia de colaboración ininterrumpida entre los diversos entes hispánicos o ibéricos desde al menos el siglo XII [iii]. Esa larguísima historia es la que ha permitido tejer una red inconmensurable de lazos entre los diversos “pueblos” integrados en el Estado español. Más aún, la propia existencia de comunidades culturales tan singulares como la catalana y la vasca, y su fuerte proyección política, no habrían sido posibles si no hubieran sido parte del Estado español. Para corroborarlo, solo hace falta apreciar lo que ha sido de la parte correspondiente de esas comunidades dentro del Estado francés. En este sentido, la conversión de Cataluña y Euskadi en Estados sería un golpe irreparable a su propia convivencia, que ha sido posible dentro de España y, en buena parte, gracias a la debilidad histórica del Estado español. Desgraciadamente, lejos de congratularse por ello, siguen empeñados en aprovechar cualquier nuevo signo de debilidad (en estos tiempos la crisis económica) para desvincularse del compromiso colectivo con sus camaradas de historia.

(Oriol Junqueras.)

En definitiva, lo que están haciendo Convergencia, Esquerra y la CUP es una prueba de su manifiesta insolidaridad con el resto de los españoles. En el plazo inmediato, su empecinamiento habrá conseguido que, en las próximas elecciones, el conflicto territorial provocado por su desafección, se ponga en primer plano frente al conflicto social provocado por la crisis. En un marco espacio temporal más amplio, la posición de estos partidos es lo que hace inviable forjar formas supraestatales de lucha social frente a los grandes poderes económicos.

Por buscar un símil sencillo, lo que pretenden los nacionalistas catalanes sería lo mismo que hiciese yo si, justificándome en algunas discusiones del pasado, le presentase a mi mujer una declaración de independencia sin contar con su opinión, incluyese en ella lo que me llevo de nuestro patrimonio compartido y anunciase al final mi intención de venir a comer a casa cuando se me antoje y a mesa puesta. En el caso catalán, se trataría, sin duda, de jugar la Liga contra el Madrid.

Santander, 2-11-2015.

(Viñeta alusiva a cómo se limpian los trapos sucios en Cataluña.)

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[i] Beltza, Emilio López Adán: El nacionalismo vasco de 1876 a 1936 y El nacionalismo vasco en el exilio. Txalaparta.

[ii] La sublevación de 1640-1652 o la Guerra de Sucesión entre 1701 y 1715.

[iii] Aunque es absurdo buscar un origen preciso al proceso de interconexión entre los entes políticos hispánicos, podemos recordar que con Ramón Berenguer IV, en 1137, ya se produjo una integración efectiva entre Aragón y Barcelona. No obstante, será a partir de la doble revolución industrial y liberal de principios del siglo XIX cuando el proceso de fusión se haga especialmente intenso y afecte a todas las capas sociales. Desde entonces hasta hoy, catalanes y demás españoles no hemos hecho otra cosa que compartir historia. De tal modo que, si fuese ciertamente posible –como pretenden los nacionalistas- pesar la historia, podría retarse a los segregacionistas a comparar el peso de los Claris o Prat de la Riba con el peso de los Prim, Pi i Margall, García Oliver o Josep Pla.

(Independentistas catalanes de “nueva generación”.)

Tenía guardado desde hace tiempo el testimonio que les presento hoy, queridos lectores. Procede de las “confidencias” que hizo en su día a un grupo “selecto” de oyentes un profesor de Educación Física de un instituto de Secundaria de Cantabria, cuyo nombre, así como otros datos, la prudencia me lleva a omitir. Tan sólo añadiré que ocurrió hace ya unos cuantos años, pero no tantos como para que haya perdido actualidad, pues la zona de Santander que se referencia sigue siendo, por lo que sé, “foco” de surgencias de pestilente origen y lugar habitual de la práctica del surf y el bodyboarding. El testimonio es, una vez más, fiel a la realidad de lo sucedido.

Ahí va…

Tenemos una actividad de “iniciación al surf”, y vamos con los chavales al Chiqui. Vamos al Chiqui y nos metemos en el agua, y ahí olía mal. Allí, en el agua, queríamos dar la teoría, pero empezaron a salir residuos de todo tipo.

Éste es un ejemplo de que uno puede tener en principio todo en cuenta, pero luego hay variables que se escapan.

Nos vamos más allá, pero como ese día había algo de oleaje, sigue viniendo “todo”, y es todavía peor.

Vamos al instituto y presentamos una denuncia.

Al día siguiente, de 18 alumnos que fueron, 7 de ellos están con gastroenteritis.

El ayuntamiento nos manda  luego la analítica, ¡pero de 15 días antes del baño!, y, claro, estaba perfecto. Y cuando nos bañamos fueron los días en que se rompió la tubería.

Surf fecal en El Chiqui de Santander

Y ahora unas observaciones sobre este breve testimonio (éstas son ya de mi propia cosecha):

  • Nadie está exento de darse alguna vez un buen baño de fecales, ahí, donde está todo lo rico.
  • Tanto “saneamiento” y tanta historia, y estoy seguro de que en Cantabria la mayor parte de la “sustancia” termina, de una u otra manera, en el mar.
  • Propongo, no sólo ya por los escapes sino también por los frecuentes olores, declarar la zona del Chiqui “Zona de Riesgo Biológico de Nivel 1”.
  • El ayuntamiento de Santander, en un proceder que debe de ser bastante más habitual de lo que nos pensamos, falseó/falsea los resultados de una importante negligencia, en la que, ¡oye!, ¡al final resulta que ahí no ha pasado nada!

Según lo dicho en este último punto, para el ayuntamiento, sería todo entonces una invención o una imaginación de unos chavales que, al día siguiente, se estaban todos yendo por las patas bien idos. Eso sí, sucedió con estos pobres chicos que “lo que salió del mar volvió finalmente al mar”.

Señalización de la prohibición del baño

[Espacio patrocinado por Cascarria Infinita y CACICÁN -Agrupación de Caciques de Cantabria-.]

“A land not mine, still”

by Anna Akhmatova 

(English version by Jane Kenyon.
Original Language: Russian.)

A land not mine, still
forever memorable,
the waters of its ocean
chill and fresh.

Sand on the bottom whiter than chalk,
and the air drunk, like wine,
late sun lays* bare
the rosy limbs of the pinetrees.

Sunset in the ethereal waves:
I cannot tell if the day
is ending, or the world, or if
the secret of secrets is inside me again.

——————

“Una región que no es mía, tranquila”,

por Anna Akhmatova

Una región que no es mía, tranquila,

por siempre memorable,

las aguas de su océano, calmas y frescas.

Al fondo arena más blanca que la creta,

y el aire embriagado, como el vino,

el sol tardío se extiende* desnudo

las ramas sonrosadas de los pinos.

La puesta de sol en las etéreas olas:

no puedo decir si el día

está terminando, o el mundo, o si

el secreto de los secretos está dentro de mí otra vez.

————

(Traducción del inglés al español, por Bogomilo.)

————-

*No he podido encontrar la versión original del poema en ruso para tratar de confirmar que esta palabra es realmente lays, tal como aparece en esta traducción al inglés que he empleado y que, por lo que se ve, es la única disponible en Internet. Sin embargo, pienso que bien podría tratarse, en realidad, de la palabra rays en el original, con la cual los versos podrían tener algo más de sentido: “Los rayos del sol tardío / descubren la ramas sonrosadas de los pinos”.

MARIO

Mario abundaba últimamente en soledades. Hacía un año; un año y pocos días, si soy preciso, que no lo veía. No crean que alguna vez me olvidé de él: en ese tiempo siempre traté de enterarme de sus andanzas, siempre mantuve su recuerdo y siempre procuré guardar la memoria de todas las peripecias que pasamos juntos, que no fueron pocas. Siempre tuve en mente conseguir en algún momento un medio de contacto con el que restablecer la comunicación, tener al menos un contacto en la distancia que siempre parecía tan difícil, pues solía cambiar de móvil, estropearlo y perderlo; no debía de disponer de teléfono en casa; dudo que tuviese ordenador, y sé que no manejaba con soltura las nuevas tecnologías. Lo cierto es que pospuse retomar nuestro contacto demasiado tiempo. Hoy sé -y me cuesta todavía aceptarlo- que nunca más lo veré, que nunca más volveremos a estar juntos. Como pasa tantas veces, uno nunca cree que tales cosas, la muerte, le puedan pasar de manera tan repentina a la gente que conocemos, a nuestros seres queridos.

Si empiezo por el principio, debo decir primero que lo conocí el año que me incorporé, creo que al mismo tiempo que él, a uno de los muchos institutos de Secundaria que hay en Cantabria. Supe luego, por propia boca de él, que anteriormente había estado en los institutos de Reinosa y de Muriedas, y creo que también en el Santa Clara y en el Torres Quevedo. Llevaba ya años en la docencia y, además, frecuentaba en la hora de comer la compañía ocasional del secretario del instituto que estaba al lado del nuestro. Fue a partir de mi segundo año cuando mi relación con él se volvió más íntima, casi diaria, hasta el punto de llegar a relatarme algunos de sus sueños, de compartir conmigo algo de su íntimo mundo onírico.

Por los datos de que dispongo, Mario Rolando Puente Ramón nació en Buenos Aires, hará algo más de medio siglo. Al parecer, una de sus abuelas era indígena (de hecho, creo que me llegó a enseñar una foto de la misma). En Argentina, donde estaban sus padres y su hermana (de los que me habló muchas veces), llegó a conducir durante su juventud su propio coche, un Seat 600, y aquí, en Cantabria, yo lo conocí manejando un Renault Scenic de color marrón, con el que debía de sufrir frecuentes accidentes circulatorios. Algo excéntrico, despistado, algo pesimista, se definía como trotskista y no se cansaba de repetir que “Gamonal es el camino, sí”, especialmente en los días más caldentes de aquel conflicto callejero burgalés. Siempre fue un rebelde. Con causa o sin ella.

Había llegado a España hacia finales de los años 70, previo paso por Estados Unidos, junto a una compañera de aventuras revolucionarias, y tras conseguir escapar ambos de la dictadura militar de Videla, de la que fue preso y en la que llegó a perder a varios compañeros, se instaló primero en Madrid, donde estudió Bellas Artes, y donde montó con unos amigos un local de éxito en los años 80, El Barberillo de Lavapiés, hoy ya desaparecido, pero cuya ubicación tuve ocasión de localizar en una de mis últimas visitas a Madrid. Y es que, preguntando, la gente todavía se acordaba de aquel Barberillo que existió un día en una transversal de Lavapiés. Mario me confesó que lo vendió en cierto momento, a pesar de que le funcionaba muy bien.

Me consta que por su vida debieron de pasar bastantes mujeres, y, si no recuerdo mal (y puedo perfectamente estar recordando mal), fue precisamente la relación con una de ellas la que lo trajo a Cantabria, donde él también tenía algunos parientes en Laredo. Tras su estancia en Reinosa, había comprado junto a su pareja francesa de entonces una casa en Hoz de Anero, lugar que no debía de gustarle demasiado y donde su carácter independiente (algunos dirán que difícil y hasta autodestructivo), debió conducirlo, ya lo dije al principio, a abundar últimamente en soledades.

Porque, sin duda, Mario tenía sus defectos, pero yo me quedé y me quedaré siempre con sus virtudes: gozaba de buen sentido del humor y era inteligente, ingenioso, culto, buen conversador, buen dibujante y presupongo, buen pintor, porque lo cierto es que nunca me quiso enseñar su producción artística, pero tuve la suerte de comprobar, en una especie de despiste por su parte, su habilidad para el dibujo. Muchas veces me prometió uno de sus cuadros.

En sus últimos años él mismo reconocía que sus pinturas le salían “negras”, “oscuras”, “lúgubres”, “tétricas”. Pintaba por las noches, y no dormía bien (“¡No dormí nada en toda la noche!”, o “¡No pegué ojo en toda la noche!”, le escuché varias veces). En esas horas sin sol debía de ser cuando cogía con más ganas esos cigarrillos marca Nobel que fumaba (aunque no tenía costumbre de hacerlo ni por la mañana ni al mediodía). Le gustaban la cerveza, el orujo de hierbas y llenarse las copas de vino hasta cerca del borde cuando llegaba la hora de la comida. Según él mismo me confesaba, le agradaba “conversar con gente inteligente”.

En alguna ocasión me propuso ir de viaje con él a Argentina, pero, a excepción de una única vez en que lo vi sujetando una pancarta en una manifestación por la Educación Pública en Santander, nunca coincidimos fuera de Camargo. En aquella manifestación en que lo vi estaba como pez en el agua, como si recordara sus años mozos más contestatarios, y miraba y sonreía con cierta picardía a una joven desconocida que, a su izquierda, mantenía también la pancarta.

En el bar de Begoña solía tomarse durante sus descansos unos croissants con relleno salado (¿de jamón y queso?, ¿vegetal?), y no era nada extraño ver por allí, en diferentes momentos de la mañana, pegado a la barra, a un joven emisario suyo pidiendo una Coca-Cola para subírsela a Mario, porque “le ha bajado la tensión”.

Gustaba igualmente de ir a comer a Las Portillonas (yo siempre sentí que prefería este restaurante al, también estupendo, Señor del Jamón, al que, asimismo, acudimos en numerosas ocasiones y en el que después de la comida apurábamos un chupito de licor antes de salir por la puerta.

Mario no era realmente de comer mucho, y el apetitito solía pasársele frecuentemente, pero recuerdo que en Las Portillonas me invitó a un riquísimo chuletón, y allí pude contemplarle -repetidas veces- “destripando” un plato de sulas, de las que decía que no sabía comerlas bien.

Por dos ocasiones al menos fuimos a comer al restaurante italiano junto a las vías del tren de Maliaño. En él hablábamos con el dueño, napolitano o, más probablemente, siciliano, que era muy agradable y atento. En ese mismo pueblo con aspecto de urbe, otro día Fernando y yo estuvimos esperando, ansiosos y finalmente desesperados, a que Mario nos contase, en la mesa de la terraza del bar La Estela, cómo terminaban los personajes de una interesante historia que había leído o visto por televisión. Nunca sabremos ese final.

Y luego, por supuesto, estaba el Villa María, con su magnífica terraza, local con el que siempre lo asociaré, donde hacía sus escapadas mañaneras y donde llegamos a pasar en numerosas ocasiones el mediodía y buena parte de la tarde, tomando algo junto a la barra o en la terraza, y hablando con las camareras, y con Clemente, el jefe, que ofrecía en su carta buena carne (Mario, que de carne de ternera sabía, lo había constatado), pero que en sus confusas operaciones matemáticas mentales para calcular el resultado de la cuenta nos daba la sensación de que tendía a cobrarnos lo que le venía en gana.

En el Villa María, Mario conocía ya a varios de los clientes habituales; y fue en la terraza del bar, junto a la puerta, donde un joven uruguayo cuyo nombre ahora ignoro y con el que coincidimos en un par de ocasiones (¿tal vez era profesor de Educación Física en un colegio?) nos citaba frases de Mario Benedetti. También fue en la barra de ese bar donde una joven camarera rumana, que terminó desapareciendo de allí un buen día sin dejar rastro, negó varias veces a Mario, y donde aquella otra camarera, esta vez paraguaya (sí, la de la surrealista ensalada de sobao), trataba de vacilarnos a ambos y se metía con nosotros. ¡Mira que te costó, Mario, sacarme allí esa foto con la cantante de Azúcar Moreno, que iba aquella noche a dar un concierto en Maliaño! Y luego estaba aquel otro cliente, ya algo mayor, que nos enseñó que tenía, si no me equivoco al recordar, la foto de Franco metida en la cartera.

Mario me contó tantas anécdotas…, anécdotas que es mejor no revelar. Ellas tienen que quedar en mi memoria y en la de quienes lo conocimos, permanecer en mi cabeza, y modificarse, falsearse y desaparecer en ocasiones, a medida que pasa el tiempo. Le tengo que agradecer, además, el que me enseñase algunas expresiones argentinas, desde “trolo”, hasta “cornelio (estrada)” o “feca con chele” (“porque los argentinos suelen darle la vuelta a las palabras”), y tantas otras que ya he olvidado (me viene ahora “lunfardo”, que puede que también él me enseñase).

Un día le dio por cambiar de aires, por escapar de esta región y trasladarse lejos, a Ceuta o Melilla. Pero sólo fue una idea que se le cruzó por la cabeza y que terminó por abandonar, entre otras cosas, porque siempre se le pasaban los plazos para solicitar en la administración los correspondientes traslados.

Me confesó en alguna ocasión la gran ayuda que para él había supuesto la Literatura: “La Literatura me salvó en un momento de mi vida”, creo que fue la expresión exacta que utilizó. Sin duda, Mario había sido un buen lector. Sé que le gustaban Horacio Quiroga (de cuyo relato “La gallina degollada” llegó a hablar a sus alumnos en clase); Alejo Carpentier (es memorable la narración que Mario me hizo de uno de sus sueños nocturnos, que versaba sobre el 2 de mayo en Madrid y que estaba inspirado precisamente en un relato de este autor); Chéjov… Yo le hablaba en ocasiones de Borges y de Macedonio Fernández. Y también me viene a cabeza ahora aquel libro, ya algo antiguo y cerrado con unas simples gomas, que llevó un día al trabajo y me enseñó con tanto cariño. Creo que eran los Caligramas de Apollinaire.

En Música le debo La Bersuit y a su cantante, El Pelado Cordera. Pienso que prefería, en todo caso, la música con letra en español a la música anglosajona.

Un día tuvo la intención de hacer una salida extraescolar a Bilbao para ver el Guggenheim, con los chavales y conmigo como acompañante; pero las circunstancias del momento no se lo permitieron. También me comentó que contaba conmigo para hacer una exposición de arte en el centro en la que participarían los alumnos, y para que fuese un día a su clase a dar una charla sobre el mundo del cómic. Pero todas estas ideas se quedaron finalmente en el tintero.

En lo ideológico, Mario seguía una particular línea combativa, de tintes algo antisistema: hacía todas las huelgas que se convocaban y seguía definiéndose como hombre de izquierdas y rebelde. La idea de llevar a cabo la revolución, el tipo de revolución que fuera, por poco definida u organizada que estuviera, siempre le resultó atrayente. Eso, la revolución, y su querido Trotski.

Ahora no recuerdo haber hablado nunca con él en profundad sobre asuntos de religión o sobre sus creencias personales, más allá de comentar que el nuevo papa Francisco, que había resultado elegido, era argentino. Tal vez podía percibirse en él cierta tendencia al ateísmo y, al mismo tiempo y de manera curiosa, un atisbo de creencia en Algo.

Puedo decir que fue un amigo con el que siempre tuve afinidad, con el que siempre disfruté conversar, con el que pasé muchísimos gratos momentos. Mario era especial, en muchos sentidos, y no gustaba de la compañía de cualquiera. A mí, quiero decirlo, sé que me tenía aprecio.

Mario Puente Ramón falleció a mediados de septiembre de este 2015. El último día que pasé con él, hace poco más de un año, me dijo que ése “era el último día que nos vemos”, y, lamentablemente, no se equivocó. Mario murió hace escasos días, y algo que pensé que no pasaría -que no volvería a verle- se ha convertido en una triste certeza.

Se van los grandes, y, con ello, el mundo que queda, el que éstos dejan atrás, me resulta cada día un poco más insulso, más ordinario y anodino, más mediocre.

Siempre te recordaré, amigo mío.

Descansa ahora en paz.

Buenas noches, rinconetes.

Desde que hemos iniciado el mes de septiembre una ola de mal tiempo se ha adueñado de nuestra querida bahía santanderina. Muchos de nosotros, aún estupefactos por el cambio brusco en las temperaturas y precipitaciones, miramos al cielo, pidiendo de nuevo que vuelva el estío, en forma de viento sur, aunque nos vuelva locos.

Éste, sin embargo, amigos míos, no volverá… hasta el próximo año. Por ello, es tiempo de reflexionar y realizar una serie de propósitos que hemos de cumplir de forma escrupulosa ante la llegada de la nueva estación, que se producirá de forma inmediata.

No temáis, puesto que ahora viene una sucesión de estaciones cuya característica predominante es la oscuridad. Renovemos la ilusión recordando aquellos buenos acontecimientos que dejamos en el estío y que siempre permanecerán en nuestra memoria.

Por todo ello, quiero dejar constancia de este final en dos canciones, que espero que les gusten.

No quisiera terminar esta entrada sin un mensaje positivista ante la llegada el otoño. Dicho mensaje viene en forma de poema de Mario Benedetti, cuyo nombre me hace recordar el de otro Mario, que en otro lugar estará, quizás mejor comprendido y mejor valorado.

Aprovechamos el otoño
antes de que el invierno nos escombre
entremos a codazos en la franja del sol
y admiremos a los pájaros que emigran.

Ahora que calienta el corazón
aunque sea de a ratos y de a poco
pensemos y sintamos todavía
con el viejo cariño que nos queda.

Aprovechamos el otoño
antes de que el futuro se congele
y no haya sitio para la belleza
porque el futuro se nos vuelve escarcha.

Un abrazo.

[WARNING: FOR ADULTS ONLY!]

Matt, Andy… I still miss you.

Once upon a time two people met in a disco at midnight.

The disco was packed and they were really plastered, but they finally met, and then, suddenly, they liked and blinked each other. So, they started to talk and after a while decided to go to the bog to get some fun, to get some`results´ from the situation.

But when everything was getting hotter, the man noticed there was something strange in the area where vegetables shouldn´t grow on a girl´s body.

There was something that shouldn´t be there, and when he felt it with his fingers, he felt confused.

`Turnips were on sale!´, he thought, but he didn´t run away from there, y allí se comió to´l nabo del otro, rico.

They finished that night talking in the toilet, and they became good friends.

Meanwhile, in the other toilet rooms, cumshots crossed the sky.